Candelaria, la testigo del centro

La parroquia Nuestra Señora de Candelaria es un signo de resistencia en el centro de San Salvador. Construida en el siglo XIX, es considerada un monumento nacional, pero las pocas labores de mantenimiento amenazan su conservación. La iglesia es testigo de cómo la ciudad se ha transformado desde los tiempos en que sus feligreses caminaban tranquilos de noche por el Centro histórico hasta hoy, cuando algunos temen asistir a misa por la zona en la que está ubicada.
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Nuestra Señora de Candelaria.  Vista aérea del templo construido en el siglo XIX y nombrado monumento nacional.

Nuestra Señora de Candelaria. Vista aérea del templo construido en el siglo XIX y nombrado monumento nacional.

Templo histórico.  La iglesia del barrio Candelaria ha sido testigo de los cambios de la ciudad. Se mantiene en pie después de terremotos, inundaciones y saqueos.

Templo histórico. La iglesia del barrio Candelaria ha sido testigo de los cambios de la ciudad. Se mantiene en pie después de terremotos, inundaciones y saqueos.

Detalles.   Las campanas de la iglesia yacen en la base de la torre. La viga que la sostenía se pudrió. El templo está lleno de detalles de belleza arquitectónica pero la comunidad que asiste a misa carece de medios para darle mantenimiento profesional.

Detalles. Las campanas de la iglesia yacen en la base de la torre. La viga que la sostenía se pudrió. El templo está lleno de detalles de belleza arquitectónica pero la comunidad que asiste a misa carece de medios para darle mantenimiento profesional.

Iglesia San Esteban.  En enero de 2013 un incendio la redujo a escombros. Se cree que el fuego inició con un cortocircuito.

Iglesia San Esteban. En enero de 2013 un incendio la redujo a escombros. Se cree que el fuego inició con un cortocircuito.

Nuestra Señora del Pilar.  La iglesia es una construcción del siglo XVII. En 1999 autoridades eclesiales autorizaron que se demoliera debido a daños en su infraestructura. CONCULTURA logró parar la intervención.

Nuestra Señora del Pilar. La iglesia es una construcción del siglo XVII. En 1999 autoridades eclesiales autorizaron que se demoliera debido a daños en su infraestructura. CONCULTURA logró parar la intervención.

Candelaria, la testigo del centro

Candelaria, la testigo del centro

Candelaria, la testigo del centro

Candelaria, la testigo del centro

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Candelaria, la testigo del centro

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—Padre, no se preocupe. Vamos a ir presos los dos. Usted me pasa un cigarro y yo le voy a dar de los míos– dice Matilde mientras se ríe de la frase que una vez le soltó al sacerdote de su iglesia.

Matil, como le llaman, es una de las lideresas de la feligresía de la parroquia Nuestra Señora de Candelaria. En 2011 consiguió varios galones de pintura, contrató a cuatro mozos y empezó a pintar el exterior e interior de la parroquia.

A los días llegaron técnicos de la Secretaría de Cultura (SECULTURA) para informarle a ella y al párroco que necesitaban presentar un permiso para pintar la iglesia. Que no lo tuvieran representaba una falta a la Ley Especial de Protección al Patrimonio Cultural. Se habían saltado un proceso de autorización para intervenir un monumento nacional. Matilde y el sacerdote de 80 años Fernando Díaz se enojaron. “Ustedes ni hacen ni dejan hacer”, respondieron.

La iglesia de Candelaria sobresale como una joya arquitectónica de los barrios históricos de San Salvador. Está construida con lámina y madera llena de detalles en cada rincón. Antes era un símbolo de progreso y fe. Ahora el progreso de la ciudad se ha movido hacia otros sitios y ha dejado en el barrio Candelaria casas y callejones con un sentimiento de nostalgia por lo que alguna vez fue un barrio seguro. Alrededor de la iglesia, indigentes toman alcohol y hacen sus necesidades fisiológicas.

La construcción fue declarada monumento nacional en 1978, y para restaurarla es obligatorio presentar una solicitud formal de permiso. Los permisos deben ser resueltos en 30 días hábiles, pero funcionarios de SECULTURA afirman que el personal no da abasto para la demanda de trabajo que tienen y estos pueden demorarse.

Los pintores escucharon que estaban cayendo en infracciones a la ley. Asustados por lo poco que podían entender del tema, no querían seguir pintando. Matil y el sacerdote pararon la obra. “Ya no podíamos intervenir porque ya nos habían amenazado que cárcel nos tocaba”, cuenta Matil.

El artículo 223 del Código Penal establece que “el que no acatare las medidas de protección de un bien cultural emitidas por el Ministerio de Educación será sancionado con prisión de uno a dos años”. Ahora debe entenderse a SECULTURA como el sustituto del Ministerio de Educación en la ley debido a que anteriormente el ente encargado del patrimonio cultural estaba adscrito a ese ministerio.

Desde entonces, el sacerdote no ve con buenos ojos a las personas de la Dirección de Patrimonio Cultural de SECULTURA. En los patios de la iglesia se observa un pequeño montículo de madera producto de una reparación reciente. “Lo de abajo de las puertas ya estaba todo podrido. Avisé (a la Dirección de Patrimonio) tres veces, pero solo vienen a tomar fotos”, afirma el sacerdote.

Él valoró que si dejaba perder por completo las puertas, el problema iba a ser mayor. “Ya viene el invierno. Entonces, aunque me amuelen, aquí me voy a meter”, cuenta el párroco desde su escritorio.

No es un hecho aislado que la Iglesia sea señalada por no tutelar de manera adecuada los bienes culturales. En 1999 el actual arzobispo de San Salvador, José Luis Escobar Alas era el sacerdote de la iglesia Nuestra Señora del Pilar en San Vicente, una construcción del siglo XVIII. Hace 18 años se conoció que el obispo José Óscar Barahona ordenó que la iglesia se demoliera. CONCULTURA intervino entonces y se pudo salvar el templo. Noticias locales reseñaron que algunas columnas habían sido destruidas.

Otro templo que no tuvo la suerte de ser salvado fue la iglesia Santiago Apóstol en Nahuilingo, en Sonsonate. Esta fue destruida por completo en 2008. La edificación de más de 300 años de historia quedó reducida a escombros a pesar de que había sido reconocida como bien cultural un año antes. La versión que se conoció fue que el párroco de la iglesia tomó la decisión de demolerla para construir una nueva parroquia. CONCULTURA presentó una denuncia ante la Fiscalía. A través de la prensa se conoció de la captura de tres personas, entre ellas un menor de edad, por el delito de "daños agravados" en perjuicio de CONCULTURA. .

Desde el escritorio del sacerdote Fernando Díaz es posible observar la torre de la iglesia de Candelaria. El cura supone que para hacer las reparaciones urgentes de la iglesia necesita $40,000. Cuando se le pregunta sobre el mantenimiento de esta, alude a la Dirección de Patrimonio como lanzando un reto: “A mí me toca atender la cosa de la fe. Cosas materiales, en eso se metieron ellos, pues a ellos les toca. Así que ahí va. Si se cae, que se caiga”.



***

En 1545, San Salvador estaba de mudanza. La ciudad de españoles que buscaban “pacificar” a los locales se había establecido en Cuscatlán en 1525, pero dos décadas más tarde se decidió trasladar esa alcaldía hacia el Valle de las Hamacas. El terreno que hoy se conoce como el barrio Candelaria pertenece a un sitio histórico. En esa zona se estableció el asentamiento de San Salvador.

Hace 201 años se edificó la primera parroquia Nuestra Señora de Candelaria, pero la historia de San Salvador ha sido un vaivén de destrucción y construcción tras incendios, inundaciones y terremotos. En 1873 un sismo de 7 grados sacudió el país y la iglesia de Candelaria sufrió daños severos. La construcción que se ve actualmente es el “nuevo” edificio, el de 1879.

La iglesia de 138 años de antigüedad sobrevive en el centro de San Salvador aunque la tierra no ha dejado de moverse y el río Acelhuate –que pasa frente a ella– no ha dejado de desbordarse.

El 12 de junio de 1922 llovió toda la madrugada. Al amanecer, los barrios Candelaria y La Vega se encontraron completamente inundados. El ahora monumento nacional era lo único que parecía mantenerse rígido ante el paso destructivo de las aguas del Acelhuate. “De esa laguna solo emergía la iglesia. Las casas frente al costado norte de dicha iglesia desaparecieron”, recoge Julio Castro en su libro “Estampas del viejo San Salvador”.

Décadas después, en 1950, nació Sonia de González en el mesón Santa Teresa del barrio Candelaria. En la iglesia local hizo la primera comunión. “Yo ahí fui feliz”, cuenta ahora desde otra casa que comparte con sus nietos.

Desde la sala de su hogar cuenta que las inundaciones eran comunes y hasta servían de entretenimiento para los niños. Cuando el Acelhuate crecía, ella y su hermano se acercaban a ver qué traía la correntada. A veces veían muebles, otras, hasta vacas.

La ciudad de la que Sonia habla es una distinta a la de ahora. Y no solo por los edificios. Era una ciudad en la que se podía caminar de noche y sin fronteras marcadas por la violencia. “Yo añoro esos tiempos”, dice, y relata que lo mejor de vivir en el barrio era tener los cines Modelo, Capitol, México y Regis cerca para ir a ver películas. Entonces le permitían ver hasta tres películas por cinco centavos de colón.

El mesón en el que vivió por 26 años ni siquiera tenía portón de entrada. En sus noches de juventud caminaba con su novio desde la entrada del barrio hasta el centro de San Salvador buscando comedores. Ella describe unas calles que difícilmente se pueden imaginar ahora y un silencio que desde hace años dejó de existir. “Adoro mi barrio”, dice, y luego lanza una pregunta que la devuelve a la actualidad: “Pero no se ha oído de mucha gente a la que hayan matado hoy, ¿verdad?”

***

Antes de que Matilde bromeara con el sacerdote sobre su destino en la cárcel por intentar pintar la iglesia, esta fue declarada monumento nacional en julio de 1978. El inmueble pasó al listado de bienes por los cuales el Estado debe velar, según la Ley Especial de Protección al Patrimonio Cultural de El Salvador. En la práctica esa ley poco puede hacer por los monumentos como la iglesia del barrio Candelaria que, además de sobrevivir a los desastres naturales, han sido saqueados.

Corría la década de los años ochenta y el arquitecto salvadoreño Joaquín Aguilar residía en Roma. Un día recibió una visita de monseñor Rivera y Damas, quien entonces era el arzobispo de San Salvador. Entre otros temas de conversación, el arzobispo le soltó la mala noticia a Joaquín: se están robando la madera de la iglesia de Candelaria.

—Son tan cínicos –dijo monseñor– que a la vuelta (de la iglesia) han puesto la venta de madera y la llevan para allá.

Solo unos años antes Joaquín Aguilar había dirigido la restauración de esa misma iglesia. Casi 40 años más tarde, muestra sobre el comedor de su casa tres fotos que asegura son de 1979. En ellas se observa a hombres reparando la iglesia. En una fotografía, una de las columnas de la iglesia ha sido “desvestida” para repararla y estudiar cómo fue construida. El arquitecto explica que debajo del forro de la madera es común que se encuentren horcones, pero que él encontró algo más estilizado: una columna torneada. Eso le hace pensar que la iglesia data de tiempos anteriores a los que se le adjudican. “Candelaria es una de las iglesias más bonitas que nos han quedado”, asegura.

Aguilar guarda en su computadora un registro de las casas históricas de San Salvador, casas que cualquier persona podría llamar “destruidas”. Pero en lo que la mayoría de personas ven ruinas, Aguilar observa una ciudad con arquitectura hermosa. “Todavía tenemos tanto”, dice el arquitecto mientras señala fotos de construcciones que una vez fueron elegantes pero que ahora son mesones, prostíbulos, negocios y parqueos.

“La ciudad es un conglomerado de huellas históricas que nosotros hemos violentado con mala arquitectura”, sostiene Joaquín Aguilar. Para él, la iglesia de Candelaria debe ser preservada porque pertenece a “los mojones de la ciudad, que son los puntos de referencias que te indican dónde estás. El patrimonio es la herencia tangible de nuestra cultura”.

El 10 de octubre de 1986 otro terremoto destrozó la ciudad de San Salvador. La iglesia de Candelaria también experimentó daños. El sacerdote Fernando Díaz tenía una década de haber llegado a esa iglesia. Los daños provocados por el terremoto fueron tan grandes que impulsaron al Estado a hacer reparaciones y la iglesia fue entregada a la feligresía hasta 1993. Desde entonces, sostiene el párroco, no ha habido una inversión estatal grande para salvar al monumento nacional.

Uno de los peligros más grandes a los que se enfrenta una edificación de este tipo es el fuego. El arquitecto Aguilar considera que es urgente que el Estado ayude a iglesias como esta a renovar sus instalaciones eléctricas para evitar cortocircuitos. Sumado a eso, una medida urgente sería instalar sistemas de alarma contra incendios. Pero a juicio de Aguilar, las autoridades y la población solo están viendo cómo se destruye el patrimonio nacional: “Estamos como diciendo ni modo, vamos a ver cómo se cae esta iglesia. Hoy veamos cómo se cae la siguiente”.

En 2008 la Asamblea Legislativa declaró al Centro Histórico de San Salvador como patrimonio cultural, pero la máxima autoridad de cultura de entonces no emitió ninguna medida de protección específica para sus edificios más importantes.

Una de esas edificaciones era la iglesia San Esteban, en el Centro Histórico de la capital. En enero de 2013 fue consumida por un incendio. A raíz de eso, funcionarios de SECULTURA explican que se dieron recomendaciones, iglesia por iglesia, de cómo evitar que sucediera un incendio como el de la iglesia San Esteban.

A pesar de que la ley amenace con prisión a los propietarios que no den cuido adecuado a los bienes culturales, no es posible verificar que todos los propietarios tomen las medidas necesarias para proteger los monumentos. “Hemos emitido medidas de protección. Yo le recomiendo, pero al final usted es el dueño”, explica Nolvia Ventura, jefa del Departamento de y Licencias de Bienes Culturales Inmuebles de SECULTURA.

La constancia con la que se hacen verificaciones en los monumentos nacionales depende de la apertura con la que sean recibidos por los propietarios. Ventura afirma que hay iglesias que ya no visitan. “Hay otras que tenemos más constancia, pero por la relación y la comunicación con el párroco”.

La funcionaria solo tiene conocimiento de una iglesia que los llamó para que comprobaran que sí habían cumplido las recomendaciones, la Basílica del Sagrado Corazón. Con el resto, es incierto saber si hicieron algo para evitar que un desastre como el de San Esteban se repita.



***

Una mujer habla con un técnico de la Dirección de Patrimonio Cultural. Quiere botar la fachada de su casa. “Ya se descascaró”, le dice. Su interlocutor le explica que la fachada solo puede demolerse si adentro ya no quedan paredes de adobe.

Los propietarios no solo se cansan de pedir permiso a SECULTURA por el papeleo que eso representa. Cuando se es dueño de una edificación considerada patrimonio cultural, cualquier cambio debe hacerse de la forma que SECULTURA indica y con los materiales que sugiere. Por tratarse de edificios históricos, suelen ser procedimientos más caros comparados con solo contratar a un albañil y ocupar materiales comunes.

Para incentivar a los propietarios, el artículo 53 de la Ley Especial de Protección al Patrimonio Cultural establece que “quedan exentos del impuesto sobre el patrimonio los bienes incluidos en el Tesoro Cultural” y “los gastos efectuados por el propietario en la conservación, restauración o salvaguarda de dichos bienes”.

El Departamento de Inspecciones y Licencias de Bienes Culturales Inmuebles de la Dirección de Patrimonio Cultural es la instancia encargada de conceder o denegar permisos de intervención en el patrimonio nacional, sea de propiedad estatal o privada. El problema es que esta ala de la institución está conformada solo por cinco personas.

El año pasado calculan que recibieron a escala nacional 350 solicitudes de permiso de modificaciones. Esas solicitudes implican que un técnico del departamento viaje hasta el lugar donde se realizarán las obras y verifique que el proyecto sea adecuado para preservar el patrimonio de los salvadoreños. Así lo explican los arquitectos Nolvia Ventura y Osmaro Quintanilla, quienes pertenecen al Departamento de Inspecciones y Licencias.

Los arquitectos sonríen cuando se les pregunta su opinión sobre la arquitectura de la iglesia de Candelaria. Se alejan de la figura de funcionario público y, como recordando la iglesia, achinan los ojos cuando hablan de los detalles de Candelaria.

“Fuera de lo religioso, tiene belleza arquitectónica. Es representativa de una época y es un testigo vivo de la historia y de la evolución de la ciudad”, comenta Quintanilla.

A pesar de la ilusión que la iglesia provoca en los profesionales de la arquitectura, la manera en la que trata institucionalmente SECULTURA a la iglesia se asemeja más a la indiferencia que al interés. En la práctica, SECULTURA tiene operatividad en el monumento nacional solo cuando el párroco solicita permisos para reparar una puerta o el techo.

En Candelaria el reloj de la torre de la iglesia marca las 5 desde hace años. Las cruces que adornan la torre se han empezado a caer y el barandal de madera del techo ya cedió. Las campanas ya no suenan porque la viga que las sostenía ya se pudrió. Lejos de representar el refugio que para los católicos significa la Virgen de Candelaria, esta zona de la iglesia habla de abandono.

La arquitecta Ventura sostiene que el párroco de la iglesia de Candelaria no se ha dejado acompañar de un arquitecto. “Nosotros somos facilitadores, pero debe existir una contraparte con las iglesias”, agrega.

Para que la iglesia pueda superar sus problemas, un comité de feligreses, entre ellos arquitectos (o bien feligreses que contraten a un arquitecto), debe formular proyectos para que SECULTURA los apruebe y se pongan en marcha las mejoras necesarias. Pero entre los residentes del barrio Candelaria, a pesar de la buena fe de las personas que asisten a misa, hay problemas más urgentes que reparar la iglesia.

***

Después de horas de oscuridad, la luz del sol de las 6 de la mañana entra de golpe por las ventanas del costado oeste de la iglesia de Candelaria y se posa sobre las columnas que la sostienen. Unos agujeros causados por las termitas en la madera se vislumbran. Entre el humo del incienso quemado, el sacerdote Fernando Díaz no lee el evangelio, lo canta, como se solía hacer 40 años atrás, cuando el reloj de la torre funcionaba.

Usualmente no hay misa por la mañana, pero el sacerdote y una decena de feligreses le han ofrecido una novena a la Virgen. Es una comunidad religiosa que derrocha devoción y hospitalidad con los desconocidos que se acercan al templo. A esta hora, en una bodega de la iglesia, cinco niños y su madre se despiertan y se preparan para ir a la escuela.

La tradición cuenta que la Virgen de Candelaria representa la luz que guía hacia el buen camino. Las fiestas se celebran el 2 de febrero en honor de la Virgen y conforme el día avanza, la iglesia se llena de feligreses que se acercan a ofrecer una vela, agradecer por milagros y a comer pupusas en el patio que la comunidad ha decorado. Para los creyentes, la Virgen es el símbolo de una directriz hacia un lugar mejor, un refugio después de malos pasos. Para la familia García*, la iglesia es justo eso. Casi un escondite.

Los pandilleros llegaron a la casa de los García un domingo. Golpearon al hijo mayor, de 12 años. Los acusaron de sobrepasar la autoridad de la pandilla por supuestamente amenazar a otra vecina. Ahí, los únicos autorizados para amenazar eran ellos. La madre de los García sostiene que su hijo nunca amenazó a nadie. Tres días después fueron por ella. A su esposo le colocaron una pistola en la cabeza. A ella la golpearon con un palo de madera y clavos. Salieron de su hogar esa misma noche. Ahora, a un costado de la iglesia, carga a su hijo menor en brazos y muestra las heridas cicatrizadas.

Los García huyeron de un barrio vecino. Una cosa los mantiene tranquilos: la pandilla que opera en el territorio donde está la iglesia es contraria a la que controlaba el terreno de su antigua casa. No escaparon a una zona libre de pandillas, pero consideran estar en un territorio neutro a los ataques. El sacerdote les prestó la bodega, a unos metros del monumento nacional, para vivir.

El párroco considera que la cantidad de creyentes que asisten a misa ha disminuido por la inseguridad. Frente al portón de su iglesia, dice algo que le suena a obviedad: “Pues sí, con mara aquí, mara por allá, la gente ya no viene”.

El argumento del sacerdote suena a excusa hasta que un miembro del comité de festejos cuenta otra cosa: Un sábado por la tarde del año pasado dos mujeres se dirigían a misa cuando fueron interceptadas y violadas cerca de la iglesia.

A diferencia de otros monumentos nacionales, como el Palacio y el Teatro Nacional, la iglesia de Candelaria no cuenta con seguridad perimetral. A 5 minutos caminando, en la subdelegación policial de San Jacinto, dos agentes afirman que “no hay suficiente personal” como para destacar a un agente en las inmediaciones de este monumento.

La Ley Especial de Protección al Patrimonio Cultural establece que “es necesario que el Estado de El Salvador fomente la participación comunitaria en el proceso de conservación, mantenimiento y valoración del patrimonio cultural salvadoreño”. Pero esa realidad parece estar lejos de concretarse.

“No se puede tener abierto porque acuérdese que estamos en una zona donde hay que estar ojo al Cristo”, dice una de las organizadoras de las fiestas en honor de la Virgen. La frase coloquial también puede entenderse de manera literal ya que figuras religiosas suelen ser blanco de asaltos.

La organizadora, que ha asistido a la iglesia por más de 30 años, cuenta que hace un par de años se experimentó otro problema: se metieron los ladrones. Se llevaron un órgano, unas bancas y unos cuadros del corazón de Jesús. “¿Por qué cree que pasa cerrado y la gente cree que no se da misa aquí?”, pregunta.

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