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Las cartas de la sobrina de Consuelo Suncín han sido también una razón para regresar sobre los pasos de esta mujer hasta su natal Armenia.
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El país no está acostumbrado a las buenas noticias. Tampoco está acostumbrado a enaltecer a sus figuras culturales lo suficiente como para que lleguen a la mayor cantidad de personas posible y se conviertan en ejemplo a imitar. Entonces, nos quedamos sin norte. Y aquellos que logran alcanzar la trascendencia siguen siendo unos pocos afortunados.

Uno de esos casos a los que no se les ha hecho justicia como entes transformadores es el de Consuelo Suncín. Lo primero que se dice de ella es que fue esposa de Antoine de Saint-Exupéry, escritor y aviador, quien la transformó en la rosa del principito. Consuelo Suncín fue mucho más que la inspiración. Su amor por las artes, su inquebrantable espíritu de aventura y la eterna sed de conocimiento la llevaron a hacer de su vida un recorrido intenso para los parámetros actuales y casi impensables para la época en la que ella se desarrolló.

El periodista Moisés Alvarado hace en esta edición una actualización del estado de su legado en el país a partir de una de las pocas cartas que no se conocían de ella. Es una sobrina de Consuelo Suncín quien ha decidido abrir una de esas puertas a la intimidad de esta mujer a quien el país en que nació debería conocer más.

Las cartas de la sobrina de Consuelo Suncín han sido también una razón para regresar sobre los pasos de esta mujer hasta su natal Armenia, un lugar que podría aprovechar mucho mejor ser la cuna de dos intelectuales: Consuelo y Claudia Lars.

Pero todo lo de interesante que podría tener un lugar con valor cultural radica también en crear un público al que le llame la atención este tipo de historias. Y es lo que hace falta. Falta que nuestras grandes figuras sean grandes en todo sentido y se les pueda colocar en la cima como eso que se puede lograr no solo por suerte, sino que por disciplina y constancia, que son tan difíciles de potenciar en una población tan habituada a los golpes de suerte y no al esfuerzo. Por hoy, la realidad es que de la casa de Consuelo Suncín no queda más que el piso. Y de su historia tan llena de coraje se habla muy poco en una sociedad que, a la vez, se queja tanto de que le faltan figuras que inspiren. Un círculo vicioso.

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