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Debería haber acá una constante intención no solo de rescate, sino que también de promoción y educación acerca de lo que estas edificaciones simbolizan.
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Lo usual es que se hable acerca de los bienes culturales, del patrimonio con valor histórico, solo cuando se caen o los botan. Así han saltado a la fama efímera iglesias católicas como la de Nahulingo, tumbada en 2008 y que abrió un larga discusión entre la entidad cultural y la católica que llevó a una dura advertencia: “El próximo sacerdote que lo haga va preso”.

El texto de Valeria Guzmán arranca en un eco de esta advertencia. La posibilidad de ser procesado por modificar un bien cultural, una edificación con valor histórico sin obtener antes los permisos sigue vigente. Sin embargo, una amenaza nunca es una solución integral a los problemas. Como muestra, el argumento que abrazó la comunidad de Nahulingo para respaldar la decisión de botar la iglesia fue que estaba deteriorada y se había convertido en un riesgo. Las iglesias, siete años más tarde, se siguen deteriorando sin que haya un mecanismo efectivo para evitar que se caigan o que las acaben botando.

Este es el caso de la iglesia de Candelaria, que fue construida en el siglo XIX y a la que se considera un monumento nacional. En sus pisos deteriorados, en las columnas que van quedando cada vez con menos madera, en los techos que cada vez protegen menos, en todos estos lugares muere la ley que la protege. Porque de nada sirve la letra si no hay nadie dispuesto a satisfacer la necesidad de la que nació. Hay una clara necesidad de proteger lo que queda.

El reto no involucra ni solo a la iglesia ni solo a las instituciones culturales. Debería haber acá una constante intención no solo de rescate, sino que también de promoción y educación acerca de lo que estas edificaciones simbolizan. No se trata del valor de Candelaria solo como templo, sino que también como testigo, como mojón, como ventana a un pasado en el que las formas importaban en una medida dife

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