Carta Editorial

Glenda Girón
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No va a dejar de haber violencia si siempre tenemos los ojos colocados solo en una parte de las consecuencias de esta y casi nunca en sus causas. Los temas de sangre tienen monopolizado el interés de una población que cada vez se aleja más del ideal de paz. Cuando se habla de educación, de cultura o de salud, la convocatoria no tiene éxito en comparación con la muerte abrupta y similares. Vamos al efecto, no a lo que nos lleva ahí. Seguimos siendo una sociedad demasiado superficial como para dedicarle atención a las raíces. 

Somos un país con un territorio pequeño como para que los eventos no estén conectados. La periodista Valeria Guzmán cuenta en esta edición la sed de una comunidad. En Nueva Trinidad la lucha que se libra es la de conseguir algo tan elemental para la vida: agua. Allá, lejos de todo (cuando el lejos está marcado por las condiciones y no por la distancia), ha habido gente que abrió zanjas y metió tubos con sus manos animados por la esperanza de contar con agua. No buscaban aumentar sus cuentas de banco, ni comprar su tercera casa en la playa. Buscaban saciar la sed y tener acceso a una vida más digna. A la vida, sin más.
Que no haya para ellos apoyo institucional en esta búsqueda por sobrevivir también es violencia. Es violencia que el país le dé la espalda a miles de comunidades que están siendo directamente golpeadas por el cambio climático.

Es violento, injusto, indecente, inmoral e irrespetuoso que haya funcionarios dedicados a invertir dinero público en lujos y comodidades cuando en estas comunidades la gente abre huecos en la tierra en busca de agua. Si seguimos con la idea de que violencia es solo la cara más sangrienta de los homicidios, en realidad vamos a seguir ahuyentando la posibilidad de reducir eso que nos hace una sociedad tan en guerra siempre: la inequitativa distribución de los recursos y las oportunidades.
 

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