Carta Editorial

En los halagos que empiezan con “la única mujer que” se esconde un alto grado de discriminación e inequidad.
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María Isabel Rodríguez está segura de que debería haber más mujeres como ella. No lo dice para venderse como ejemplo de superación. Lo dice porque sabe que las oportunidades que ha tenido de estar al frente de la Universidad de El Salvador y de ser ministra de Salud fueron, y siguen siendo, algo inusual.
Su vida dedicada a la ciencia habla de valentía y de moldes rotos por la época en la que lo hizo; su nombre ha ido y venido por dos de las necesidades más urgentes entre esta población: salud y educación. Desde ese lugar que le ha ganado a la historia sabe que en los halagos que empiezan con “la única mujer que” se esconde un alto grado de discriminación e inequidad. 

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