Carta editorial

Las opciones a las que se ven limitados son en verdad un martirio. Someter a un ser humano a este estado emocional es en sí mismo una tortura que ninguna persona merece.
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¿Cuántas veces se debe escribir sobre los afectados por la enfermedad renal crónica en San Luis Talpa? Todas las que se pueda. Este es un país con déficit de atención. Algo es importante mientras sobre ese lugar haya reflectores. Por lo general, los reflectores se van y la tragedia continúa. Y hay tantas desgracias compitiendo que a ninguna acaba colocándose la atención debida. Porque la atención –tan útil para agilizar la disponibilidad de recursos– se sostiene en razones equivocadas.

En San Luis Talpa hay gente muriendo a pausas y de una manera dolorosa y cruel. Hay gente que está pasando sus últimos días en la indignidad. Y después de tanta muerte y sufrimiento, todavía no se ha logrado establecer una causa oficial ni a los responsables de esta tragedia.

A los afectados no se les ha sabido respetar su derecho a la justicia. Y ni siquiera se les respeta su derecho a una atención médica que vaya encaminada a disminuir su sufrimiento y no solo a mantenerlos respirando.

La historia de Margarito, que ha redactado el periodista Ronald Portillo, sirve para dimensionar la cantidad de violaciones a los derechos humanos que se comenten contra la gente que padece la enfermedad renal crónica tanto en este municipio como en el resto del país.

Es la principal causa de muerte hospitalaria. Y fuera de esta aseveración quedan todos los que impulsados por el dolor que ven en sus vecinos, deciden no someterse a tratamientos como el que implica un catéter rígido. Y nadie puede culparlos de querer evitar tanto dolor. Las opciones a las que se ven limitados son en verdad un martirio. Someter a un ser humano a este estado emocional es en sí mismo una tortura que ninguna persona merece.

Cada día se diagnostican nuevos casos. La avalancha de residentes de esta zona que presentan algún grado de enfermedad renal crónica no se ha podido detener. Y el país parece no estar pendiente de lo mucho que esta su población está sufriendo. Margarito, un hombre de 57 años, está muriendo de sed y también de indiferencia, como cientos más.

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