Carta editorial

Antes de tomar esta decisión no se reforzó a todos los agentes en estrategias, en medidas de seguridad para terceros, en habilidades de tiro.
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La columna de Rosarlin Hernández que se incluye en esta edición lo define muy bien: somos un país de improvisaciones. Y la de problemas que acarrea la mala costumbre de no planificar y no pensar antes de actuar. El país entero es una cadena, en todos los aspectos, de decisiones tomadas sin calcular consecuencias y sin verificar antes la historia. Vamos a ciegas.

Uno de los aspectos en los que más se sufre esta falta de visión a largo plazo es la seguridad pública. Una de las principales misiones de los Acuerdos de Paz era, precisamente, dotar a El Salvador de lo que nunca había tenido: un organismo de seguridad civil que estuviera bien regulado y con el que se buscara garantizar las libertades sin violar derechos. La Policía Nacional Civil adolece hoy de muchos vicios tratados ya en varias ocasiones en las páginas de esta revista. El que nos ocupa en esta edición es la respuesta institucional a los ataques en los que han fallecido ya 12 agentes.

La institución optó por permitir el uso de armas de servicio cuando los agentes estuvieran de licencia, es decir, cuando no estuvieran ejecutando labores de seguridad.

Antes de tomar esta decisión no se reforzó a todos los agentes en estrategias, en medidas de seguridad para terceros, en habilidades de tiro. Algunos de los que andan en la calle con la misión de brindar protección a la población tienen tanto tiempo de no usar sus armas que se alteran con solo el sonido de las balas. Tampoco se les reforzó el apoyo psicológico. Nadie les escucha los miedos y menos les dice cómo controlar emociones. Y las armas pueden ser una mera cuestión mecánica, pero quienes las activan, no.

Si nos vamos más atrás, antes de los ataques, la corporación tampoco veló por la fragilidad de las condiciones en las que viven sus agentes. Cuando las pandillas comenzaron a ser más que una reunión de jóvenes apostados en esquinas, no revisaron qué tan expuestos, cercanos o involucrados estaban sus agentes. Nadie hizo un plan ante la cada vez más creciente necesidad de proteger a quienes tienen la misión de proteger. Y entonces, llegamos a las armas. El reportaje de Jimena Aguilar nos acerca al resultado de todo lo que se dejó de hacer.

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