Carta editorial

Uno de los espacios en los que más se agolpan las deficiencias es el único centro estatal de estudios superiores: la Universidad de El Salvador.
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La manera más efectiva de cambiar a un país es mejorando su educación. No solo para que haya una base de profesionales que tengan acceso a un salario mejor para que el Estado pueda así ampliar sus ingresos por impuestos, como propone un experto en el reportaje con el que abrimos esta edición. También para que esa población más educada, más empoderada, más consciente de sus derechos y de sus deberes sepa llevarse a sí misma y al país por un rumbo más sensato.

La inversión en educación ha sido tradicionalmente insuficiente. Uno de los espacios en los que más se agolpan las deficiencias es el único centro estatal de estudios superiores: la Universidad de El Salvador. El gran conflicto de la universidad es tener que estar al alcance de los bachilleres con deficiencias que se gradúan por miles cada año y también exigirse calidad.

En el texto de la periodista Jimena Aguilar hay suficientes escenas con las que reconocer el problema. Pero, además, se identifican las razones por las cuales este problema se ha convertido en una constante. La burocracia, el presupuesto insuficiente, la división entre los decanatos, la falta de actualización... Por empezar, no hay ni siquiera pupitres suficientes para todos los estudiantes en cada aula. Tampoco se han sistematizado procesos efectivos para hacer nivelaciones de conocimientos a los estudiantes.

La primera que pierde en este contexto es la calidad, como lo advierte una de las personas que forman la comisión que evalúa a las universidades. Los mismos docentes reconocen que uno de los grandes obstáculos que deben enfrentar es la cantidad de alumnos que atienen en cada clase. Y los alumnos se quejan de que qué tanto pueden aprender de un catedrático que no da oportunidad a preguntas o al debate y que se limita a llenar una pizarra con datos. La UES sigue en la batalla en contra de sus conflictos internos al mismo tiempo que debe seguir graduando profesionales, muchos de ellos obligados a responder por su propia cuenta ante los vacíos de su alma máter.

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