Carta editorial

Quizá con suerte hubiera podido pasar alguna noche más, pero quién querría quedarse a averiguarlo.
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Pues imagínese eso. Agarrar alguna ropa y comida, si hay. Dinero no, porque de eso no hay, y salir. Dejar atrás casa, estabilidad, vida y al mismo tiempo la certera posibilidad de se asesinado. Si se queda en el lugar en el que vive, lo matan. Quizá con suerte hubiera podido pasar alguna noche más, pero quién querría quedarse a averiguarlo.

Veinte personas, entre ellas 10 niños, ocuparon un arriate en medio de dos calles por las que pasan carros que, sin temor a caer en una falsedad, son lujosos. Pasaba uno y otro, uno y otro. No es que allá en el San Martín que dejaron no pasaran carros. Pero en el San Martín que dejaron quizá ya estarían muertos. No cuesta imaginarlo. Otra masacre, menores involucrados y las redes sociales se inundarían de comentarios concluyentes y cerrados como “Aquí ya no se puede”, “Estamos como cuando teníamos guerra”, “Que el Gobierno haga algo” y el ya bastante conocido “Estado fallido”. O el tan peligroso “Abrámosle las puertas a la restricción de derechos civiles y constitucionales”. “Metamos a los de uno y otro bando en la misma cárcel con ánimo de que se maten y nos libren del problema”. Al mismo tiempo, hagamos campaña para llevarles arroz y frijoles a los que están en el arriate en el tan tranquilo sector de Santa Elena, cerca de la embajada americana. A ellos, que lo que más ambicionan es irse, largarse de aquí porque aquí los matan con balas o de hambre. Pero los matan. Los matamos.

Acá sobra la hipocresía. Sobra esa lástima inútil de verlos ahí, en la calle, pidiendo una ayuda que no se les da porque se enreda en burocracia. ¿Saben lo que en realidad significa que esta familia haya escogido este lugar para pedir asilo? Significa que acá se sabe muy poco de lo que se vive allá. Significa que esta inequidad y esta pésima distribución de los bienes los está matando a ellos mientras de este lado todos corren la alarma por redes sociales de cuán mal está la situación delincuencial, claro, mientras sorben un café de $4.

Ellos llegaron a Santa Elena buscando ese país en el que no viven, al que no tienen acceso. Ese país al que las autoridades y los programas sí toman en cuenta. Porque allá, de donde ellos vienen, no hay autoridad, la PNC no llega y lo único que se agolpa son los agentes de Medicina Legal cuando alguno cae y es encontrado. De lo contrario, para eso sobran los cementerios clandestinos. Ellos huyen y en su éxodo van diciendo que ya no puede haber en este país lugares en los que se niegue la crisis de muerte que nos abate.

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