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Carta editorial

El irrespeto a la individualidad es uno de los primeros escalones hacia la violencia.
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El matrimonio bien entendido debe ser ese camino que dos personas –en sus plenas facultades y con sus derechos intactos– deciden recorrer juntos, sin atropellarse, sin imponerse, sin prohibirse. Estar casado no puede ser sinónimo de sacrificio o de entrega total de las libertades que una persona tiene para desarrollarse. En lo absoluto la vida en pareja puede significar la anulación de uno de los miembros. Y aunque para muchos parezca obvio, en este país hace falta recordarlo con mucha frecuencia.

La vida en pareja tampoco puede derivar en el aislamiento. El cambio de estado civil no quiere decir la desconexión de las relaciones familiares y de amistad. El irrespeto a la individualidad es uno de los primeros escalones hacia la violencia.

En un país con poca tradición en educación en derechos, reconocer las diferentes formas de violencia es más difícil. La “normalidad” de una pareja puede caer fácilmente en una sucesión de malos tratos y hasta de delitos. Pero el pesado velo de la rutina hace que incluso los actos más atroces y denigrantes queden invisibilizados.

El texto con el que se abre esta edición desmenuza las diferentes etapas que un grupo de mujeres ha seguido para poder reconocer que fueron víctimas de diferentes formas de violencia doméstica.

La normalidad en la que estaban sumergidas incluía golpes, insultos, la negación de recursos suficientes para comer, encierro, aislamiento, entre otros.

Abandonar esta vida para decidir ir por otro camino no es fácil ni se hace en un solo paso. Todo requiere un proceso y este grupo de mujeres que se ha apoyado en la Procuraduría General de la República lo ejemplifica. En sus testimonios hay lágrimas de dolor al recordar de dónde vienen, pero también de satisfacción al relatar hasta dónde han llegado.

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