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Se forma un país desigual en el que los que la tienen más fácil están destinados a destacar y para los que más soporte necesitan solo queda la calle.
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Hace pocos meses, en alguno de esos países que tienen muy arriba sus números de desarrollo y bienestar social, un grupo de expertos anunciaba el método para ubicar en kínder a los adultos que podrían dar problema. En kínder, sí. Hablaban de un formulario, de las habilidades a medir, de los comportamientos a tomar en cuenta, y, sobre todo, de las medidas a poner en práctica para ayudar a que esos niños encontraran lo que fuera que necesitaran para desarrollarse y obtener por su cuenta acceso a oportunidades, y por oportunidades entiéndase más educación.

Es una situación lejana, para empezar, parten de que los niños en edad preescolar van al kínder. Aquí la educación parvularia no acaba de calar en todos los estratos. Sin embargo, el descubrimiento es que se puede evitar un desenlace desalentador. Se puede, si se quiere, ofrecer a todo niño, al margen de cualquier condición que lo limite o impida su aprendizaje, el suficiente apoyo para superarse. De eso se trata la equidad. Acá sobran las instituciones educativas que sistemáticamente cierran puertas a cualquier niño que no encaje en su molde. Así solo se forma un país desigual en el que los que la tienen más fácil están destinados a destacar y para los que más soporte necesitan solo queda la calle.

En este país, antes que nada, deberíamos hablar de la reinserción de los más jóvenes que ya se han involucrado en delitos. Un proceso que pasa primero por la comprensión de que ni todos tenemos las mismas habilidades ni todos hemos tenido los mismos recursos a mano. Y esto no vuelve a los menos favorecidos culpables natos. Para lograr cambios significativos en todas las esferas, el sistema entero debería volcarse a apoyar a quienes más ayuda necesitan para desarrollarse, una obviedad que históricamente se ha ignorado. El soporte a los niños, adolescentes y jóvenes en riesgo debería darse sin criminalizarlos ni victimizarlos. Debería ofrecérseles, a manos llenas, algo de lo que se habla tanto y se hace tan poco en el sentido más integral: educación.

El periodista Moisés Alvarado escribe en esta edición sobre dos de los poquísimos jóvenes que han podido salir de un centro de readaptación con las herramientas suficientes para forjarse una vida lejos del delito y la violencia. Que a estos días de tanta muerte todavía no hallamos entendido que equivocamos el camino desde el inicio es trágico. Pero que estos dos jóvenes hayan podido hacer algo distinto en el peor de los escenarios da esperanza.

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