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¿Por qué alguien que corre para ser electo en un cargo público no se prepara o se capacita en los aspectos que se encaminan a la transparencia?
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La política sigue siendo ese lugar cómodo lleno de arbitrariedades. Es improvisado y lo importante parece estar más ligado a que sea un cuento llamativo que a una cuestión seria e institucional. A quienes buscan el poder por medio del voto se les hace infinitamente más fácil vender una imagen de novela; que comprobar honorabilidad, respeto a las normas establecidas y transparencia. Por eso son populistas, por eso buscan conmover. El objetivo es identificarse con aquellos que ven y no con los que analizan o preguntan.

Los políticos más cercanos a las comunidades son los alcaldes. Y la lógica manda a pensar que, sobre todo en los casos de las ciudades pequeñas, un alcalde debería tener características socieconómicas similares a las de la población a la que gobierna y representa. Pero hay casos en los que esta distancia alcanza los millones, millones de dólares.

De este artículo escrito por la periodista Jimena Aguilar no llaman la atención solo las cantidades de dinero, sino también la forma en la que se elaboran los informes en los que se da cuenta de esas cifras. Se trata de declaraciones elaboradas a grosso modo, como indica uno de los alcaldes.

¿Por qué alguien que corre para ser electo en un cargo público no se prepara o se capacita en los aspectos que se encaminan a la transparencia? ¿Por qué las declaraciones de Probidad son todavía algo que un funcionario entrega a terceras persona o que, de última, hace a grosso modo? ¿Por qué ser una persona de comprobada honradez sigue siendo tan arbitrario, tan poco valioso? ¿Por qué la Sección de Probidad sigue dependiendo de lo que llama “el clamor del pueblo” para realizar las investigaciones? Seguimos siendo una masa de votantes que repara más en la popularidad de un candidato que en su capacidad para probar que su objetivo es el bien común y no solamente el propio.

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  • carta editorial
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