Carta editorial

Qué va a cosechar lo que queda de este país si desde siempre lo que más ha sabido producir es duelos mal encarados.
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Somos un país sin consuelo. Las imágenes que abren esta edición son una ínfima parte de todo el dolor que se desparrama a diario en este territorio. Es sangre, despedidas abruptas, familias rotas. No se puede pedir resignación ante tanta y tanta desesperanza, ante tanto vacío. Y, sin embargo, nada se detiene. La maquinaria sigue y sigue como si no viviéramos en el mismo país de los deudos, de las víctimas, como si ese que se desangra no es El Salvador de nuestras postales.

Solo de vez en cuando, hechos en los que se les arranca la vida a varias personas al mismo tiempo nos sacan de donde sea que nos escondamos, así nos ponemos a lamentarnos, para darnos cuenta de lo mal que está todo. Pero esto no deja de ser como una mera visita. Regresamos al escondite y a las dos semanas, o antes en la mayoría de casos, esa congoja está superada. Los que no lo superan jamás son los familiares directos, los que tienen que dejar en el cementerio a la persona que esperaban ver regresar a casa.

Y en eso de arreglarse con la ausencia están solos. En eso de agarrar lo que les queda y reconstruirse están solos. En lo de tener que, por obligación, repararse sus heridas más hondas para evitar convertirse en reproductores de la misma violencia que los marcó, sin que nadie tratara al menos de evitarlo, también están solos. Qué va a cosechar lo que queda de este país si desde siempre lo que más ha sabido producir es duelos mal encarados. Después de repasar estas imágenes, no es difícil pensar en los niños que se quedan gritándole a un cadáver todo el dolor que sienten, toda esa angustia. Cómo sería encarar a las madres y los padres que tienen que reconocer el cuerpo de esos a los que querían ver crecer. A las parejas separadas, a los amigos, a los colegas. Nos sobra dolor, pero nos cuesta tantísimo verlo en los ojos del que tenemos a la par.

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