Carta editorial

Además del lento avance de las autoridades en la investigación, hay otro silencio, uno más profundo y difícil de romper. Es el de los vecinos.
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El silencio, la indiferencia es todo lo que queda tras la muerte violenta en la abrumadora mayoría de casos. Como muestra de ese abismo en el que acaban hundiéndose los homicidios, el periodista Moisés Alvarado ha retomado en esta edición el último hecho de este tipo registrado en 2015 y el primero de 2016.

Ambos sucesos incluyeron a más de una víctima. Uno fue la masacre de cinco personas, entre ellas un niño de 11 años, y en el otro fallecieron dos jóvenes. Ninguno de los casos ha sido judicializado.

Además del lento avance de las autoridades en la investigación, hay otro silencio, uno más profundo y difícil de romper. Es el de los vecinos. En las zonas en las que ocurrieron los hechos, cuesta hallar el rastro de las víctimas.

No hay amigos dispuestos a hablar de cómo eran o qué hacían. Salvo unos cuantos que hablan siempre entre susurros y mirando hacia todos lados, a estas víctimas nadie las evoca. Menos va alguien a exigir que se haga justicia, que se respete y siga el proceso y que se encuentre a los asesinos.

Tampoco es fácil, en estas circunstancias, encontrar a quien acceda a colaborar en la investigación. A estas víctimas, y a muchas más en todo el país, las borraron, no solo sus cuerpos, sino que también todo cuanto fueron.

Así de efectivo es el miedo. Y así de profundizado está el trabajo de los grupos delincuenciales en las comunidades. Las autoridades no pueden pretender, de la noche a la mañana o con un operativo sorpresa, romper estas dinámicas establecidas a fuego y sangre. Las autoridades no pueden crear estrategias efectivas si no parten de todo el terreno que han perdido en las comunidades. Las personas ya no son capaces de confiar. No solo les han dejado un reguero de muertos, también les han negado el derecho a honrar con su recuerdo a esos muertos.

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