Carta editorial

Arcatao, Chalatenango, hunde sus raíces en una tierra bañada por la sangre. Se repobló tras la firma de los Acuerdos de Paz, pero todo el dolor de su historia quedó por ahí, en silencio.
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Debe ser un dolor irreconciliable. Cuesta imaginar de dónde saca alguien la fortaleza para reponerse al hecho de haber tenido que abandonar a un niño con llagas en los pies, a medio camino de nada, en medio de la guerra, con gente armada al acecho. Requiere de demasiada entereza seguir abrazando la vida después de haber perdido a cinco familiares el mismo día en circunstancias violentas. ¿Cómo carga alguien con su propia historia después de haber tenido que abandonar a una niña herida de bala en afán de salvar a los demás niños? Las historias no forman parte de paraje lejano. Tuvieron lugar aquí, a 135 kilómetros de la capital. Los protagonistas no son otra cosa que salvadoreños.

Arcatao, Chalatenango, hunde sus raíces en una tierra bañada por la sangre. Se repobló tras la firma de los Acuerdos de Paz, pero todo el dolor de su historia quedó por ahí, en silencio. Resguardado solo en el corazón de quienes fueron víctimas directas, como el grupo de mujeres que sobrevivieron la “Guinda de Mayo” de 1982.

A ellas pertenece todo el mérito de haber salido vivas de esa guerra. Y también de haber sacado con vida a la mayor cantidad de personas a su cargo. No eran personas entrenadas en tácticas de guerra las que andaban escondiéndose de las balas entre las montañas y los ríos. Eran mujeres con todo en contra que salieron de sus casas con lo puesto y, quizá, con una bolsa de sal, harina o azúcar.

El país no puede pensar en resolver su violencia si antes no conoce todo su luto. Si antes no ordena todos los traumas que cada tragedia ha dejado y los enfrenta. El proceso implica callar, pero callar para escuchar a quienes poseen en sus propias historias esas partes más dolorosas de la historia nacional. Estas mujeres de Arcatao son una viva lección, pero sus testimonios no están siendo preservados. Sin acciones que pongan a las nuevas generaciones en profundo contacto con todo lo que vivieron las anteriores, no hay manera de fortalecer la identidad. El primer paso para mostrar respeto ante el dolor de las supervivientes de la “Guinda de Mayo” es preservar sus testimonios.

Tags:

  • carta editorial
  • violencia
  • guerra
  • historia

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