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Esta sociedad de impulsos violentos nunca ha hallado a quien quiera escudriñar en sus razones para arrancar de ahí una propuesta seria para entender y resolver sus conflictos.
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Un acercamiento a otra de las consecuencias de la tregua entre pandillas es lo que hace el periodista Moisés Alvarado en el texto que abre esta edición.

La construcción de la tesis que indica que durante la tregua una de las pandillas se expandió pero relajó los requisitos de ingreso viene confirmada por personal que pertenece a Inteligencia de la PNC, por alguien que estuvo en Inteligencia del Estado y también lo ratifican miembros de la pandilla.

Cada vez aparecen más detalles sobre las consecuencias que tuvo esta medida, de la que ahora nadie quiere hacerse responsable. Con cada detalle revelado se queda más asentada la idea de que la tregua nunca se encaminó a ser una solución integral, sino un mero maquillaje en el que la cantidad de homicidios se redujo a ser moneda de cambio. La vida, lejos de valorarse más, se despreció.

A esta sociedad a la que se le da bien y fácil pedir sangre cada dos por tres y que se ha insensibilizado ante la muerte y la tragedia a una escala innombrable ya no le hacía falta otra plataforma en la que denigrar personas. Y de todos modos, llegó abrazada no solo por las pandillas, sino también de forma institucional.

Proponer medidas que sí funcionen a largo plazo y que no impliquen la comisión de delitos requiere de un conocimiento profundo de todas nuestras violencias y exclusiones, algo que ningún gobierno ha estado dispuesto a hacer. Cuando hay manifestaciones impulsivas en un niño, por ejemplo, lo correcto no es criminalizar al niño, sino que poner al sistema a averiguar qué es lo que afecta a ese niño. Una vez hallada la causa, se puede trabajar en reintegrarlo. Esta sociedad de impulsos violentos nunca ha hallado a quien quiera escudriñar en sus razones para arrancar de ahí una propuesta seria para entender y resolver sus conflictos. Todas las reacciones han sido encaminadas a criminalizar. Y después de criminalizar, a empoderar a quienes cometen delitos al envolverlos en una gruesa capa de impunidad. De un proceso que no implique un profundo reconocimiento no puede salir paz. Ya deberíamos aprenderlo.

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