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Armonía cuscatleca se nos ahoga en la falta de algo tan burdo como el dinero. Sobran ganas, disciplina y talento. Y nos viene faltando lo material.
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De fondo suena una melodía. “Qué música tan bonita, ¿es lo que escuchás en la clase? La respuesta llega pausada, pero llena de seguridad: “No solo la escucho, la toco”. Quien contesta es un niño de siete años que asiste a clases de violín desde hace algún tiempo. Sus palabras hablan con elocuencia de empoderamiento, de sensibilidad artística, de tiempo bien invertido, de constante práctica y de apropiación de conocimientos. Todo, a través de la música.

El Salvador es un país desigual. Una de las brechas más terribles y dañinas es la que hay en educación. Para quien puede pagarlas, hay oportunidades. Para quien no, las posibilidades se limitan al extremo. El país se ha negado históricamente a colocar dinero para ejecutar proyectos que incentiven cualquier rama artística entre la población. No mencionemos acá lo que tenga que ver con prevención de violencia. Y es que no necesitamos una justificación. Tenemos que tener claro que todos tenemos derecho a desenvolvernos en arte por el simple hecho de hacerlo. La educación artística en cualquiera de sus presentaciones es un derecho. La música es una necesidad básica. Y, de hecho, en respetar el cumplimiento de estos derechos están implícitos un mejor desarrollo y una consecuente reducción de la violencia.

Esta relación tan lógica no se ve reflejada en los centros escolares públicos. No en forma masiva. Por ahí quedarán un par de personas peleándole al sistema su necedad y falta de visión. Y de estos pocos, pero indispensables es Pablo Méndez. Este hombre de 31 años ha llegado a San Pedro Perulapán, un municipio con una tasa mensual de 16 homicidios por cada 100,000 habitantes, a fundar una academia de música. Ha repartido entre los niños no solo lecciones de forma gratuita, sino que también instrumentos como cellos y violines. Y ha logrado que ellos y sus familias hagan esfuerzos invaluables para aprovechar la oportunidad. El nombre de la orquesta es al mismo tiempo ironía y anhelo: Armonía cuscatleca.

La nota triste en esta hazaña es que Armonía cuscatleca se nos ahoga en la falta de algo tan burdo como el dinero. Sobran ganas, disciplina, y talento. Y nos viene faltando lo material. Nos viene faltando el apoyo de las instituciones que tienen como misión mejorar la vida de los salvadoreños. A los niños de San Pedro Perulapán que han aprendido a tocar violín les vendría bien que nos empezáramos a enfocar en lo importante y no en lo inmediato.

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