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Es una estructura entera que parece enfocada en desperdiciar, desacreditar y despreciar cualquier virtud de esos a los que debe educar.
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No solo la violencia expulsa gente. También la necesidad de obtener mejores oportunidades por medio de la educación. La que presentamos hoy es la historia de una familia salvadoreña que se llevó a sus tres hijos a Estados Unidos pensando en proporcionarles justo eso: un sitio que, además de cierto grado de seguridad, les ofreciera las suficientes puertas hacia el aprovechamiento de sus talentos, es decir, un lugar en donde pudieran convertirse en la mejor versión de sí mismos.

Acá, por ejemplo, obtener una educación en inglés para tres niños habría sido, quizá, muy difícil de costear incluso para esta pareja de profesionales que en el momento en que se fueron tenían empleo. Allá, el mayor de los muchachos aprovechó lo que se le puso enfrente y ahora domina no solo el inglés y el español, sino también el francés y el italiano. Y no, esto no es una oda a la migración. Esto en realidad describe el tristísimo destino de un país que se especializa en expulsar de una manera cruel a sus más disciplinados hijos al colocar casi cualquier oportunidad bajo un candado que solo se abre con dinero.

La historia sirve también para ilustrar una tragedia si se le ve desde el punto de vista de qué pasa con los que no tienen más opción que quedarse. Qué puede esperar un país plagado de escuelas públicas en las que los niños están aprendiendo a decir 'mother' y 'father' en sexto grado, incapaz de promover la matrícula en parvularia y así alcanzar a estimular desde temprana edad, que no solo mantiene sino que favorece que la educación sea dolorosa y vergonzosamente exclusiva, que no adapta programas a las particularidades del medio, que ni siquiera considera de manera oficial las necesidades de los niños con problemas de aprendizaje. En fin, una estructura entera que parece enfocada a desperdiciar, desacreditar y despreciar cualquier virtud de esos a los que debe educar.

Ojalá las familias como la que se describe en esta historia no tuvieran que ser obligadas a desarraigarse. Ojalá que no tuvieran que depender de leyes de otros países. Ojalá que el deseo de estudiar no tuviera que depender de algo como el dinero o el estatus legal. De no ver el error ahora, el país va a seguir sacando a su gente más dedicada y va a seguir siendo gobernado por personas que, como hasta ahora, solo hablan de lo bueno que sería invertir en educación, pero que en la práctica siguen tirando el dinero en rótulos, tragos y carros.

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