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Carta editorial

Todo lo que implica sobrevivir queda en anónimo. Queda para que lo entienda y se lo trague solo esa persona a la que le tocó quedar vivo después de un hecho violento.
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Somos un país de gente destrozada por dentro y por fuera. Y no es que seamos conscientes del daño. A veces ni lo reconocemos. Vamos por la vida pensando que esto de ir a medias es lo normal porque simplemente nunca hemos sabido qué es la plenitud. Vemos una noticia en la que se habla de varios muertos y varios heridos. Y casi nos alegramos de que haya heridos y no solo muertos. Porque, pues, quedan vivos, en malas condiciones, pero vivos y la vida hay que abrazarla como sea, ¿no?

Todo lo que implica sobrevivir queda en anónimo. Queda para que lo entienda y se lo trague solo esa persona a la que le tocó quedar vivo después de un hecho violento, después de un abuso, después de todo el dolor. Queda para que lo entienda solo esa persona a la que le toca aprender a caminar otra vez, solo que ahora con un cuerpo que exhibe todas las consecuencias de haber recibido ocho balazos. Porque el resto de nosotros, que así como desconocemos la plenitud también desconocemos la empatía, ¿qué le vamos a decir? Que sea valiente, que abrace la vida con todas las fuerzas, que dé gracias a Dios porque sigue respirando, y claro, aquella frase de “si me hubiera pasado a mí, capaz solo me pegan tres tiros y no ocho”. Porque en todo lo que nos falta, todavía creemos que somos los más completos.

Somos un país que desprecia sus heridas colectivas y más aún a sus heridos, porque nos hemos criado pensando que si decimos que no nos duele, somos valientes. Si decimos que no duele, no existe. Si nos convencemos de que no existe, no tenemos que pasar por el enorme trabajo de enfrentarlo. El texto de la periodista Valeria Guzmán que abre esta edición contiene demasiados aspectos que nos tienen que doler a fondo. Y es, entre todo, apenas una pequeña muestra de lo que hay ahí afuera sin nombre, sin rostro, sin que sepamos los suficientes detalles como para que pase a significarnos en todo lo que debe. Solo cuando nos duela, nos va a importar detener la fuente.

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