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El dinero público, ese que nos cuesta tanto a todos, es sagrado y debería respetarse en todos los ámbitos.
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Hay una profesora que prefiere dar clases debajo de un árbol. Ella trabaja en un centro escolar de Nahuizalco, y dada la manera en la que funcionan más de la mitad de las instituciones educativas públicas del país, ella no debe ser la única docente que prefiere las ramas a un techo en malas condiciones.

Hay en este país al menos 3,000 centros escolares en los que el Ministerio de Educación no puede invertir ni un dólar en reparar o en adecuar la infraestructura. Así el techo esté por caerse o las paredes representen un riesgo inminente para estudiantes y docentes, la ley no permite que se invierta dinero público en bienes que no son públicos porque alguien, más tarde, puede acabar aprovechándose o utilizando esa infraestructura para fines distintos al bien común.

El dinero público, ese que nos cuesta tanto a todos, es sagrado y debería respetarse en todos los ámbitos. Así como no se construyen aulas ni muros perimetrales en centros escolares que se encuentran en terrenos privados, tampoco se debería gastar el dinero de todos en carros de lujo para un solo funcionario, no se debería gastar en hacer más lujosas oficinas que no van a ser usadas en un beneficio común. Como se ha dicho ya tantas veces, a este país le hace falta ordenar prioridades. Al ciudadano que vota debería hacérsele ver con mucho énfasis lo escandaloso que es que coexistan oficinas y carros de lujo financiados con ese dinero de todos al mismo tiempo que más de la mitad de los centros escolares ni siquiera tienen un terreno.

El aprendizaje no es un proceso unidireccional. En este tienen que ver muchísimas variantes, entre ellas el lugar en el que se ejerce. Y no se trata de lujos, se trata solo de contar con escuelas que cuenten con servicios básicos y que ofrezcan la suficiente seguridad. Lo mínimo como para que un docente no piense que sería mejor dar clases bajo un árbol. Solo en la medida en la que se garantice que la educación tiene lo suficiente como para ser considerada digna, se puede pensar en que el país tiene esperanzas de disminuir la desigualdad y todas sus consecuencias.

Tags:

  • carta editorial
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