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Los casos que al respecto se han confirmado en otros países han servido para colocar al centro del debate las razones por las que la Iglesia acaba convirtiéndose en un refugio cómodo para quienes se ven involucrados en estos delitos.
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La salvadoreña es una sociedad inmadura en la prevención del abuso. Entre los bajos niveles de escolaridad y la tendencia a entronizar figuras, el grado de vulnerabilidad se vuelve grande. El tema que abre la presente edición profundiza en un tipo de abuso que no es fácil documentar en este país. Se trata del abuso sexual en el que los señalados son sacerdotes.

En un abuso de este tipo hay dos características presentes: intimidad y poder. El ámbito religioso reúne ambas. Lo que debería obligar a que haya un estricto control sobre quienes en un ambiente de intimidad ejercen poder sobre otros. Es precisamente sobre estos controles que se echa luz en el reportaje preparado por el periodista Moisés Alvarado. La Iglesia católica salvadoreña todavía no ha logrado dar con un proceso que haga viable que las denuncias y las investigaciones sobre este tema lleguen hasta las últimas consecuencias.

El caso de Jesús Delgado, quien cuando fue señalado por agresiones sexuales en contra de una menor desde los nueve hasta los 17 años ejercía como el vicario general de la Arquidiócesis de San Salvador y biógrafo del beato Óscar Arnulfo Romero, obligó a la institución a hablar sobre las demás posibilidades de que un sacerdote se valiera de su investidura para hacer esta clase de daño. En su momento se habló de la formación de entidades y de rutas para acompañar más denuncias. Pero en la actualidad esos canales siguen sin ser funcionales.

Los casos que al respecto se han confirmado en otros países han servido para colocar al centro del debate las razones por las que la Iglesia acaba convirtiéndose en un refugio cómodo para quienes se ven involucrados en estos delitos y cómo, a su vez, quien más se ve desacreditada en un proceso de denuncia es la víctima.

Cabe también destacar como pieza de este debate, tan pendiente en El Salvador, todo el trabajo que hace falta hacer para disminuir la cantidad de personas vulnerables. Una tarea que pasa por la educación y el reconocimiento de los derechos individuales, al margen de las creencias religiosas. Este trabajo del periodista Alvarado es un aporte –construido con no pocas dificultades dado el hermetismo del medio– a esa discusión necesaria acerca de las amenazas que se crecen cuando no se instruye a la población en el reconocimiento de las agresiones. Saber identificarlas en etapas iniciales es el primer paso para poder detenerlas.

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