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La larga trayectoria como país sin institucionalidad lo ha convertido en este rincón perfecto para delitos como el lavado de dinero.
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El Salvador está acostumbrado a premiar el ingenio, la suerte. Esas cosas que pasan a pesar de que todo está dispuesto para que no pasen. Y las celebra como si fueran triunfos. Como si tener un fiscal general de la República que persiga el delito al margen de la posición económica de los sospechosos fuera una novedad, una especie de bendición o de, claro, suerte. Hace falta, para entender esta actitud, partir de que no somos un país acostumbrado a tener derechos y menos a que esos derechos se respeten. No somos un país de gente que sienta la obligación de pararse y reclamar cuando algo no funciona como debería funcionar. Somos más de “esto es El Salvador, ¿y qué se puede esperar de El Salvador?” Así, la corrupción encuentra una puerta enorme por la cual entrar y hacer hogar de una manera cómoda.

El Salvador se ha ganado a escala internacional un título de refugio. No es refugio para los perseguidos por su sed de justicia, ni lo es para quienes huyen de la violencia. No es un refugio para quienes tengan en su cuenta luchas a favor de los desprotegidos. Es todo lo contrario. La larga trayectoria como país sin institucionalidad lo ha convertido en este rincón perfecto para delitos como el lavado de dinero.

Así lo decía ya en 2013 la Oficina Internacional de Narcóticos y Aplicación de la Ley del Departamento de Estado. Esa institución describió a El Salvador como un “refugio ideal para el lavado a grupos transnacionales de tráfico de drogas, contrabando y tráfico de personas”. Entre las principales razones para la calificación estaban la economía dolarizada y la ubicación geográfica.

El reportaje del periodista Moisés Alvarado se ocupa de las formas y también del fondo, de esas características que hacen de este un país en el que el crimen se siente cómodo. Porque, como lo apuntan las fuentes consultadas, aquello que logra acabar en un proceso es apenas una pequeña muestra de lo que en realidad está pasando. Y esto es solo uno de los tantos síntomas que derivan de apoyar con tan pocos recursos a las instancias encargadas de detectar los delitos.

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