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¿Quién aprende agricultura sin tener a la mano ni una maceta con tierra o, en todo caso, un cuaderno y un lápiz para apuntar?
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La gente no desaparece cuando es sentenciada a cárcel. Tampoco desaparecen los problemas que las llevaron a tomar decisiones con las que atentaron contra otras personas. Los centros penales, en términos idóneos, están llamados a ser lugares en donde cumplir una sentencia por los delitos cometidos también signifique ser instruido para abrirse a obtener oportunidades lejos de la actividad delictiva. Y esto no ocurre en el país.

Una sociedad sana no es la que llama a que las cárceles desaparezcan en un incendio o en un amotinamiento. Una que se precie no solo de humanidad, sino también de inteligencia es la que busca soluciones que vayan directo a las causas, a las razones, porque reconoce que atacar al individuo solo provoca que venga otro a tomar su lugar.

Yo Cambio, el programa que se impulsa en algunas cárceles del país, como en el centro penal La Esperanza y el centro de readaptación para mujeres, no es otra cosa que acercar a la población interna una serie de conocimientos. No incluye herramientas ni materiales, ni siquiera implica para el Estado la erogación en papel o, en todo caso, en personal con habilidades pedagógicas certificadas. Son solo internos compartiendo lo que saben con otros internos. Así un hombre sentenciado por secuestro da clases de mecánica automotriz. Y una mujer sentenciada por lavar dinero en su empresa habla a otras sobre cómo emprender un negocio. Lograr cierto nivel de control dentro de los centros penales para poder ejecutar estas actividades ha sido el aporte de las autoridades.
El reportaje del periodista Moisés Alvarado es una incursión en lo poco vinculantes que pueden acabar siendo estas estrategias, a pesar de las buenas intenciones y de lo indispensables. ¿Quién aprende agricultura sin tener a la mano ni una maceta con tierra o, en todo caso, un cuaderno y un lápiz para apuntar? Yo Cambio representa para los internos que no tienen quien les provea de materiales solo una oportunidad para firmar y así garantizarse un sello de buena conducta. Las autoridades no pueden, en este sentido, mantener este autoengaño que les hace pensar que sí están cumpliendo con lo que les toca.

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