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La culpa es el eterno acompañante en el crecimiento de la abrumadora mayoría de mujeres en el país y la región.
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Esta es una región en la que debería ser fácil entender por qué es necesario legislar de forma específica sobre esos casos en los que se mata a una mujer por ser mujer. Debería ser fácil apelar a todas las desventajas que el sistema nos ofrece a nosotras para convencer a cualquiera de que estas son muertes por completo evitables si las instituciones funcionaran con equidad. Y no es así. La palabra feminicidio sigue siendo relacionada con posturas radicales y no con un riesgo real que sufre la mitad de la población del país.

Empieza con los cuerpos. Van sobre ellos a edades escandalosas y, para el caso, basta ver que las estadísticas de Salud sobre la entrega de anticonceptivos arranca a los 10 años o que el porcentaje de embarazos en adolescentes lleva lustros clavado en un 30 %. Quiere decir que 30 de cada 100 que están pariendo no se pueden considerar todavía adultas. Sigue con el sensible recorte de oportunidades, las mujeres cobran salarios un 17 % menores que los de los hombres. Y está la culpa. La culpa es el eterno acompañante en el crecimiento de la abrumadora mayoría de mujeres en el país y la región. La culpa de ser víctima de estupro, violada, golpeada o muerta es siempre de la mujer por buscar el riesgo, por no avisar de lo que pasa o por no saber abandonar a tiempo eso que hace daño.

Antes de educar a la población en equidad, se le debería educar para saber identificar las injusticias. No se le puede pedir a ninguna persona que denuncie un delito cuando no se le ha formado, primero, como sujeto de plenos derechos sobre sí misma y, segundo, sobre cuáles son todas las caras con las que se puede presentar ese delito. No se le puede pedir que denuncie de manera oportuna y efectiva cuando las herramientas que se le dan para hacerlo no sirven.

La figura del feminicidio hay que entenderla como una consecuencia del desbalance. Es indispensable reconocer que haber tenido que llegar hasta esta figura es un fracaso. Este es un país de feminicios porque se sigue matando a las mujeres por ser mujeres, porque ser mujer todavía significa estar marcada por una serie de obstáculos de todo tipo y a cualquier escala.

El reportaje de la periodista Valeria Guzmán habla de una derrota doble. Por un lado, la necesidad de institucionalizar el feminicidio y por el otro, lo poco que se usa a la hora de llevar a cabo un proceso judicial. En otras palabras, no hemos podido evitar que maten mujeres y, cuando las matan, no hemos hallado la forma de valorar la situación con integridad.

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