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Las personas que han participado no solo se han llenado de conocimiento, sino que también han contribuido a reparar el tejido social que tanto sufrió durante el conflicto armado.
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El inicio de la vida sin el conflicto al que se habían dedicado marcó un reto al que era difícil entrarle. No se trataba solo de qué hacer como ocupación o para obtener ingresos. Lo complicado era ajustar también los tiempos internos, las heridas y en el camino intentar llegar a una reconciliación. Ese fue el momento en el que el teatro fue haciendo eso que tan bien sabe hacer.

El periodista Moisés Alvarado hace en esta, que es la primera edición del año en que los Acuerdos de Paz llegan a su vigésimo quinto aniversario, un recuento de cómo diferentes grupos de teatro comunitario se han ido consolidando como motores de dinámicas sociales importantes ahí en donde han ido apareciendo.

No se trata de manifestaciones masivas, pero sí son muy auténticas y se han ido puliendo con el paso del tiempo y de las presentaciones. Las personas que han participado no solo se han llenado de conocimiento, sino que también han contribuido a reparar el tejido social que tanto sufrió durante el conflicto armado. Desde sus propias plataformas han hecho eso a lo que debieron dirigirse todas las instituciones: enseñarles a las personas a enfrentarse con sus propios procesos y, una vez completa esta operación, a convivir con los demás al margen de polarizaciones.

El arte hace posible la convivencia genuina que nace de la aceptación de las diferencias de todos. Los grupos de teatro que se describen en este texto han aprendido a deslazarse muy bien entre la diversidad que les ofrece la misma comunidad que les sirve de nido. Se han convertido en los verdaderos artesanos de paz.

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