Carta editorial

Cualquier protesta que busque llegar a CAPRES se topa con una barrera metálica con púas a media calle.
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A este país no le sale un grito a una sola voz. La polarización política ha dividido y ha marcado con prejuicios también la toma de los espacios públicos para expresarse. El resultado es que las manifestaciones dan más de qué hablar por el tráfico vehicular que provocan, que por los motivos que las convocan. 
Y no es que falten razones, sobran. Pero el ejercicio cívico y protegido por ley no acaba de instalarse más allá de los intereses puntuales de algunos. Casa Presidencial, pese a la pérdida de popularidad de las manifestaciones de este tipo, ya tiene redactado y oficializado un protocolo de actuación en caso de que alguna protesta se acerque demasiado. 

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