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Carta editorial.

No solo fue el terremoto. Sus vidas quedaron destrozadas también por la ausencia de políticas de gestión de riesgo.
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 Cuando las viviendas son de lata, las atraviesan las balas. Un muro de ladrillo no detiene la violencia, pero da más protección. Entre estos riesgos y estas ambiciones viven algunas de las personas que lo perdieron todo tras el terremoto de febrero de 2001 y que todavía esperan que las promesas que les hicieron se cumplan.

Estas realidades de las comunidades salvadoreñas ponen de manifiesto los muchos fracasos de las políticas públicas. ¿Somos ahora menos vulnerables de lo que fuimos en 2001? ¿Se han tomado medidas eficaces para que la siguiente tormenta no nos deje decenas de muertos? ¿Somos más conscientes hoy sobre los riesgos que corremos en este territorio? No, no y no.

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