Centro histórico y Biblioteca Nacional

La gente les llamó los hornos microondas, hirvientes de día y frías de noche. Además eran propensas a ser arrastradas por el viento, pues las llamadas viviendas eran tan livianas que podían ser cargadas por cuatro hombres.
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En el 2000, la cooperación española decidió invertir 7 millones de dólares para apoyar la remodelación completa del edificio de la Biblioteca Nacional. Un ingeniero español estuvo trabajando un año en las oficinas de la biblioteca, y era asesorado por el presidente de la Asociación de Ingenieros de El Salvador. Todo parecía grandioso. No se trataba de construir un nuevo edificio sino de adecuarlo a su nueva función de lo que fue el Banco Hipotecario. Se intervendría las dos fachadas, combinando la estética original con fortalecimiento de su estructura antisísmica que por su medio siglo de edad tiene vulnerabilidades estructurales. También se renovaría el sistema de ascenso a los distintos niveles por medio de una escalera tipo caracol coronada con un domo gigante en la terraza para que los lectores tuvieran luz natural.

Pero vino esa segunda tragedia, en menos de 15 años, para la cultura del libro: los terremotos de enero y febrero de 2001. La primera fue el terremoto de 1986, que destruyó totalmente el complejo edificado de la biblioteca, un edificio especial de nueve plantas. Imagínense las pérdidas bibliográficas, hasta ahora irrecuperables.

Los terremotos de enero y febrero, 2001, no afectaron el edificio; pero tuvimos la noticia que nos pareció justa: no habría contrapartida estatal para renovar la construcción pues los fondos se aplicarían para construir las viviendas de los sectores más golpeados, los sectores pobres. La prioridad era evidente.

Todos recordamos esas viviendas con cuatro láminas de zinc acanalado formando las paredes; y dos láminas de techo sostenidas por cuatro parales. La gente les llamó los hornos microondas, hirvientes de día y fríos de noche. Además eran propensas a ser arrastradas por el viento pues las llamadas viviendas eran tan livianas que podían ser cargadas por cuatro hombres cada uno tomando un horcón para enterrar las cuatro “patas” en el terreno. Lo vi en la televisión. Más humillante no podía ser, pero del lobo un pelo, decía mi abuela. Esto lo narro para el registro histórico. Ignoro si la cooperación otorgó el financiamiento asignado originalmente a la biblioteca y aplicado en los hornos humillantes.

Y aquí viene lo del Centro Histórico: antes de los terremotos del 2001, les propuse a los españoles que con 7 millones se podría disponer de un terreno en el poniente de la ciudad capital y construir un edificio nuevo para dar más fácil acceso de los investigadores y lectores. “Será más atractivo visitar la institución si está situada al poniente de la capital que venir al Centro Histórico”. Alegué razones reales de dicho centro que ya se perfilaba como las 20 manzanas más violentas del, por ese entonces, país más violento del mundo.

Los españoles me dieron una lección digna de grabarla en piedra: “El financiamiento no es para construir una nueva biblioteca sino para remodelar el edificio, una institución que con el Teatro Nacional, el palacio, y la catedral son íconos de la historia salvadoreña”. De esa manera la biblioteca contribuye a dar presencia digna a la marginalidad del sector. “Esta situación no es eterna, algún día el Centro Histórico ocupará el lugar que se merece en el corazón de la nacionalidad salvadoreña”, terminaron diciéndome.

Sí; ese centro será distinto en la medida que se profundicen los conceptos culturales del país. ¿Cuándo? Cuando la comunidad capitalina dé el salto esperado, y defienda los símbolos urbanos emblemáticos de la nación, los paradigmas de un paisaje cotidiano, lugar donde “hemos nacido y amado”, y que saludamos orgullosos. “La familia que amamos, el aire que respiramos”. No el venenoso de la polución de buses vergonzosos. Dicho en otras palabras el Centro Histórico “preserva el testimonio histórico de una civilización en particular”. Es emblema patrio. “No solo las modernas creaciones tienen significado, también están las que conservan valores de identidad”, dicen los urbanistas.

Tampoco se trata de oponerse a la modernización urbana sino de complementar tiempo pasado y tiempo contemporáneo.

Cuando el Centro Histórico se vuelve decadente, parte de esa calificación nos hace responsables a los entes educativos, culturales, civiles y políticos. Los obligados a no permitir que el ombligo nacional sea depósito de los marginados y humillados sociales. Historia y actualidad deben reflejar en paralelo la modernización que necesitamos. La idea es no olvidar dicha zona urbana. Al humanizarla se volverá sostenible.

Pese a las locuras caóticas actuales puedo imaginar las aceras cercanas a la Biblioteca Nacional rodeadas de cafetines al aire libre, transitados por niños y niñas en compañía de sus padres. Comenzando por retirar el tránsito de por lo menos 12 manzanas. Sería un gesto heroico hacer posible lo imposible, como lo han hecho Bogotá y Medellín con aportes de la cooperación internacional. “La crisis urbanas se solventarán partiendo de los centros históricos que replantean el desarrollo integral de la ciudad”, opinan los urbanistas.

Veamos lo que se dice la Wiki de algunos Centros Históricos. En México: “es donde perduran pese a la destrucción del tiempo y de los hombres monumentos extraordinarios donde hablan casi siete siglos de la vida de la ciudad”.

De Ecuador: “Quito forma un conjunto armónico donde las acciones del hombre y la naturaleza se han juntado para crear una obra única y trascendental en su categoría”, dice la UNESCO.

De Perú: “Patrimonio de la Humanidad, el Centro Histórico de Lima es uno de los centros atractivos de Perú”. Pese a tener monumentos fenomenales como Machu Pichu y los dibujos de Nazca, dos maravillas mundiales. También es patrimonio de la Humanidad La Habana Vieja.

Como decía la cooperación española antes de los terremotos del 2001, no abandonen sus emblemas de identidad, restáurenlos, “con ello van a modelar una nueva ciudadanía”. Conservando nuestro pasado aseguramos presente y futuro humano.

De acuerdo: continuemos modernizando el poniente de la ciudad; pero sin olvidar los emblemas urbanos, tan valiosos como nuestros próceres, la bandera, el himno, el escudo nacional. Tratemos de hacer coherentes nuestras pleitesías patrióticas con la realidad. Eduquemos al soberano con proyecciones culturales que dignifican. Será el gran paso hacia la seguridad ciudadana.

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