Centroamérica en la revista

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Reciba un cordial saludo de mi parte y a todo el equipo de la revista. Quiero felicitar a Moisés por tan atinado reportaje muy a propósito de la reciente celebración del 25.º aniversario de la firma de los Acuerdos de Paz. En la mayoría de los casos solo es un mero acto protocolario, pero está vacío de sentido porque, como lo plasma en su reportaje, la justicia, la reparación a las víctimas civiles inocentes no ha llegado. La impunidad sigue rodeándolas a pesar de que la Sala de lo Constitucional derogó la Ley de Amnistía. Nada ha pasado y me llena de indignación cómo las autoridades eclesiásticas ya no acompañan más a estas personas al cerrar el acceso a los archivos en una forma velada, al poner una serie de requisitos que estos comités conformados por humildes campesinos y analfabetas difícilmente pueden cumplir. Es ahí donde uno se cuestiona que de nada sirve oír discursos bonitos en la Iglesia sobre Monseñor Romero cuando en la práctica han destruido parte de su legado, que fue crear el precedente de esta institución al servicio de los que no tienen voz. Me gusta que salga a la luz esa situación, ya que son de las cosas que se mantienen ocultas a propósito. El otro reportaje que aquí quiero comentar es el de Carmen Quintela, sobre la atención a las víctimas de abuso sexual en Guatemala. Me gustó que ellas tengan un kit de medicamentos, en el que se proporcionan a las víctimas retrovirales y anticonceptivos de emergencia. A pesar de las falencias descritas en el reportaje, hay ya una base. Me pregunto si aquí, en El Salvador, existe un programa como ese. Su revista me aportará varios insumos para trabajar de nuevo con mi proyecto de graduación. Finalmente, me pareció muy bueno que sigan poniendo en relevancia el tema ecológico. Un ejemplo de eso es el trabajo que retrata cómo en Nicaragua existe una red de corrupción que se alimenta de la indiferencia de autoridades y población ante la pérdida de los pinos, dañando así todo el ecosistema.


Resabios de dolor
La radiografía que muestran los familiares de las víctimas de los espeluznantes hechos vividos en carne propia durante el conflicto armado arrastra una deuda sobre la dignidad humana que no se suaviza con palabras, discursos o monumentos. La pérdida de seres queridos a manos de los sanguinarios fusiles y el final impropio de los cuerpos de los interfectos no es un sufrimiento común que se puede soportar fácilmente menos olvidar; luego del paso del tiempo, décadas transcurridas, aún quedan pendientes muchas cosas en ese negro episodio de nuestra historia. Los documentos cautivos subestiman los anhelos de los destinatarios finales que son los familiares de los mártires que necesitan ir conformando el destino concluyente de aquel mal sabor que nadie quisiera conmemorar. La negación del cumplimiento a los derechos de los dolientes es motivo suficiente para sumar frustraciones y el mensaje de unidad y paz se estrella en ese muro de la incomprensión con la complicidad de quienes están llamados a ayudarlos, duele demasiado la indiferencia y más aún cuando esta proviene de la Iglesia. Los reclamos de los familiares por el trágico final de los que ya no están son piezas que han ido quedando marginadas en el camino del tiempo, pendientes para resanar angustias de justicia y empotradas en el corazón de quienes digieren obligados el malestar por los caídos que fueron inmolados en aquella bestial locura. A la gente siempre la han tenido del tingo al tango intrigada con su dolor, sin saber si la justicia esperada puede llegar muchos años después o en el peor de los casos no aparecer nunca. Eso connota el reportaje “Iglesia enreda el acceso a la información de las víctimas”, de Moisés Alvarado, donde se advierte que los peticionarios anhelan, citando un ápice de la carta editorial, “que sus demandas progresen sin ver ideologías o credos, y solo deberían perseguir a quien cometió actos que violan la ley, que sean reconocidos y sentenciados”. La Comisión de la Verdad recogió más de 22,000 denuncias entre ejecuciones extrajudiciales, desapariciones forzadas y actos de tortura, pero al arribar a los tiempos actuales nadie ha sido señalado ni juzgado por crimen alguno; lo que nos compromete a suponer que El Salvador continúa negando justicia como resabios de dolor de aquel nefasto acontecimiento que mantiene las secuelas psicosociales del ominoso evento de los 12 años con el consabido mal sabor en la dignidad del pueblo.

Tutela del arzobispado bajo la lupa
El caso de Tutela de Derechos Humanos del Arzobispado es un tema en el limbo. Es necesario continuar indagando los pormenores de su cierre, que podrían ser obedecer una orden o petición para tratar de no compartir información que afecte a más de algún personaje que se mantiene en la palestra política en turno o de los anteriores gobiernos. Una de las razones aducidas es que el arzobispado tiene desconfianza en las instituciones que llevan casos en investigación, como masacres, y que hasta esta fecha continúan sin resolverse, así como los casos aislados que están pendientes de investigar. Este país necesita que todo desmán cometido, independientemente del bando, debe resolverse. Pero a 25 años de cumplidos los Acuerdos de Paz existen casos sin resolverse y es un tema que causa polémica. Sin embargo, hay que olvidar que es parte de la historia y se debe continuar analizando y estudiando para que a futuro en nuestro país no se sufran hechos como estos. El estado debe proteger a los sobrevivientes de las masacres efectuadas y darles la atención que se merecen, el encontrar los restos de sus familiares desaparecidos ya es un aliciente para sus familias. En el reportaje del periodista Moisés Alvarado, se narran varios casos emblemáticos con sobrevivientes. Ahora que el fiscal general de la República anuncia que ha creado una unidad especial dentro de la FGR. Finalizo este comentario con una cita de Paulo Coelho: “Está bien perdonar a esas personas que nos hicieron daño, incluso si nunca se disculparon con nosotros. No podemos tener nuestros corazones llenos de odio por siempre. Necesitamos perdonar, no porque ellos merezcan nuestro perdón, sino porque nosotros merecemos paz”.
 

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