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Chibola

Después de tres líneas de mi-ca-si-ta me sentía agotada, así es que me levantaba a ver los objetos en los escritorios de mi padre. Tenía una pequeña figura de metal de un hombre sosteniendo una barra.
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Una de mis escasas alegrías, cuando era una niña de cinco o seis años, era tener que pasar la tarde en la oficina de mi padre. No recuerdo ahora los motivos varios por lo que aquello ocurría, pero cuando pasaba, era siempre una buena noticia para mí.

Mi padre tenía su oficina en un edificio del pasaje Montalvo, en pleno centro de la ciudad. Era una pequeña oficina de representaciones comerciales. Vendía productos extranjeros, sobre todo textiles, a varios de los almacenes del centro. El negocio lo compartía con su hermano, mi tío Ricardo. Él era, precisamente, uno de los motivos de mi alegría.

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  • Jacinta Escudos
  • literatura salvadoreña
  • infancia

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