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Cita con la muerte

Robert Graves acudió a su cita definitiva con la muerte el 7 de diciembre de 1985, a los 90 años, en la isla de Deyá. Murió de una falla cardíaca.
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Alfred Perceval Graves y su esposa, Amalie, recibieron la noticia que toda pareja teme recibir alguna vez. Una carta fechada el 22 de julio de 1916, firmada por el teniente coronel C. Crawshay, oficial al mando del Segundo Batallón de los Reales Fusileros Galeses, les informaba que su hijo Robert había muerto en el campo de batalla.

La carta aseguraba que el entonces teniente Graves había muerto a consecuencia de las esquirlas recibidas en la explosión de un obús lanzado por los alemanes, mientras guiaba a sus hombres al ataque en el cementerio de Bazentin-le-Petit. Decía la carta que el teniente había tenido una muerte rápida y sin dolor. Esto habría ocurrido el 20 de julio, cuatro días antes del cumpleaños número 21 de Robert.

Sus objetos personales fueron enviados a la familia. Comenzaron a hacerse los arreglos funerarios. Pero justo cuando el periódico The Times publicó la esquela correspondiente, el matrimonio recibió otra noticia: su hijo no estaba muerto y había sido repatriado.

Las esquirlas habían impactado un pulmón y el muslo de Graves, dañándolo de tal manera que cuando el médico de la tropa lo examinó, lo dio por muerto de inmediato. Era imposible que alguien pudiera sobrevivir a ese tipo de heridas. Pero alguien notó que el supuesto muerto aún respiraba y fue retirado del campo, aunque nadie daba un centavo por su vida. El herido soportó todavía un penoso viaje de cinco días en tren, durante los cuales no le fueron cambiados los vendajes ni una sola vez. Finalmente llegó a Inglaterra, donde convaleció en un hospital durante meses.

Robert Graves recibió sus heridas en la batalla del Somme, que recién había comenzado el 1.º de julio de 1916. Las fuerzas aliadas habían diseñado un plan para avanzar hacia la línea alemana por varios flancos y poder distraer al enemigo de la batalla de Verdún. Sin embargo, lo que se consideró una estrategia efectiva para romper las filas enemigas se terminó convirtiendo en una de las batallas más largas y sangrientas no solo de la Primera Guerra Mundial, sino también de la historia bélica de la humanidad.

Solo en el primer día de combate las fuerzas británicas contabilizaron 19,240 muertos, 2,152 desaparecidos y 36,000 heridos. Los alemanes estimaron que sus bajas estaban entre los 10,000 a 12,000 soldados, aunque los alemanes solo hacían recuentos de bajas cada 10 días, por lo cual dicho número nunca pudo establecerse con precisión. Después de cuatro meses y siete días, tiempo que duró la batalla del Somme, había más de 1 millón de bajas, entre soldados aliados y alemanes muertos, heridos y desaparecidos.

Las horríficas condiciones de esa batalla fueron plasmadas desde el mismo frente no solo por los corresponsales de guerra, sino también por los soldados participantes, que a través de cartas, diarios, poemas y dibujos detallaron las vivencias de aquellos meses. Muchos de ellos terminaron muriendo en Somme, como fue el caso del estadounidense Alan Seeger, poeta graduado de Harvard, quien se ofreció de voluntario a la guerra y murió cuando él y los miembros de su unidad fueron atacados por ametralladoras alemanas en Belloy-en-Santerre.

Seeger había escrito poco antes un poema llamado “Tengo una cita con la muerte”, uno de los más famosos textos literarios de la Primera Guerra Mundial: “Tengo una cita con la muerte/ en alguna disputada trinchera (...)/ Quizás me tome de la mano/ y me lleve a su tierra oscura/ y cierre mis ojos y apague mi aliento (...)/ Y yo, siempre fiel a mi palabra/ no faltaré a esa cita”.

Antes de enlistarse, Robert Graves ya había escrito algunos versos, pero fue su experiencia bélica la que lo impulsó a escribir múltiples poemas sobre el tema. Su primera colección fue publicada en 1916, aunque años después renegaría de aquellos versos, aduciendo que eran parte de la necesidad literaria de aquel momento, pero no algo con lo que querría ser identificado durante el resto de su carrera como escritor.

Al sanar sus heridas, Graves insistió en regresar al campo de batalla, sobre todo porque la culpa de haber sobrevivido lo obligaba moralmente a retornar al frente y a seguir luchando junto a sus compañeros, cosa que logró hacer en 1917. Sin embargo, las secuelas de las heridas en el pulmón lo afectaron tanto que al poco tiempo de estar de nuevo en Francia sufrió de una bronquitis tan severa que fue retirado del frente. Lo declararon no apto para el combate. Graves se negó a acatar esa decisión, pero el médico que lo dictaminó lo amenazó con una corte marcial si insistía en combatir.

Graves sufrió además de neurosis de guerra, mal común entre los soldados y que también sufrieron Siegfried Sassoon y Wilfred Owen, otros dos escritores que participaron en la guerra y con los cuales Graves entabló una buena amistad. De hecho, Graves abogó por Sassoon cuando estuvo a punto de ser juzgado en una corte marcial por escribir textos antibélicos, convenciendo a sus superiores de que Sassoon estaba afectado psicológicamente y que, por lo tanto, lo que necesitaba era tratamiento médico y no un juicio militar.

Después de la guerra, Graves escribió una autobiografía titulada “Adiós a todo eso” que fue publicada en 1929, cuando tenía 34 años. Más que un libro de memorias, el autor catalogó aquel texto como una ceremonia de despedida y de rompimiento con muchas convenciones personales. La profunda afectación que le produjo la guerra y las experiencias vividas en ella abarcan buena parte del libro.

Ese mismo año abandonó Inglaterra y se mudó a la isla mallorquina de Deyá. Ahí escribiría gran parte de su obra en prosa, entre ella los libros por los que es reconocido a escala mundial, las novelas “Yo, Claudio” y “Claudio, el dios”, así como el ensayo “La diosa blanca”, una gramática histórica del mito poético.

Robert Graves acudió a su cita definitiva con la muerte el 7 de diciembre de 1985, a los 90 años, en la isla de Deyá. Murió de una falla cardíaca

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