Ciudad, casa de todos y de nadie

“En San Salvador los mejores urbanistas han sido el fuego y los terremotos”. Eso nos ha dado “una ciudad marchita, desconsolada” (cito a Menén Desleal).
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Escribiviendo

Este trabajo lo inspira Álvaro Menén Desleal, creador con Ítalo López Vallecillos de la llamada Generación Comprometida. Álvaro escribió el libro “Ciudad, casa de todos”, Premio Certamen Nacional de Cultura 1966; además, fundó el primer “Tele-Diario salvadoreño”, 1956, que le costó persecuciones y más de una detención policial. “Cho gusto y cho cuidado”. Así terminaba sus noticias.

Pese a que va a cumplir medio siglo de haberse escrito el libro de Menén Desleal, señala una estadística curiosa: en el París de esa época la superficie circulante de automóviles era superior a la superficie circulable. ¿Llegaremos nosotros en la actualidad a esa proporción? Con las tantas posibilidades de tener auto, sería interesante tener esa estadística parisina para San Salvador.

Porque pese a que nuestra ciudad capital se planificó para habitantes peatonales, ahora pertenece a los vehículos, que se fueron adueñando de las vías y convirtiéndose en los homicidas de la modernidad. “Súbete a la pasarela o muérete”. “Camina por la zona segura o muere”.

Son las recomendaciones dirigidas al peatón, y no al supermacho automovilista. Propongo dirigirlos a estos: “No invadas la zona de seguridad”. “No irrespetes la luz roja”. “Da tiempo a la persona que cruce la calle, respeta su vida”. “No la aplastes”. A propósito, el libro de Menén Desleal tiene un capítulo titulado: “El auto… asesino de la ciudad”. ¡Y fue escrito hace medio siglo!

O sea que las violaciones son matusalénicas. Veamos estadísticas: en 2011 hubo 670 fallecidos, en 2012 fueron 691. En 2015, en 12 días de enero hubo 30 muertos; en proporción no científica pero aritmética, Dios no lo quiera, daría 900 homicidios vehiculares en 2015. No tomo en cuenta los muertos en los hospitales por gases tóxicos.

¿Cómo y cuándo lo solucionaremos? Respondo con palabras del poeta chino Li Tai-Po, hace más de 1,250 años: “Cuando el más inteligente gobierne y sea sustituido por otro más capaz”. También lo reitera el filósofo y poeta Tomás Campanella (siglo XVII): “Cuando haya una administración honrada y de moral admirable”.

A propósito de utópicos, hace años, un amigo muy inteligente me puso esta trampa: “En un futuro, ¿crees que vamos a viajar más en vehículo privado o en los colectivos? (bus, tren)”. Como el futuro se sueña con comodidades individuales, respondí rápido: “En transporte privado”.

No, me respondió, será en colectivos. “¿Puedes imaginarte el infierno de vehículos inundando la ciudad?”

Su argumento se basaba en que es más fácil optimizar la ciudad con transporte público construyendo vías rápidas, cómodas y transitables. Cuarenta años después apruebo su razonamiento: el futuro debe traernos medios colectivos y saludables, respetuosos. No humillantes.

Las películas de ficción en que los héroes viajan en su auto aéreo es creación artística. Aunque la tecnología da saltos increíble, a lo mejor creará espacios terrestres elásticos o emigraremos a otros planetas. Pero por ahora defendámonos de los homicidas motorizados.

Dice la filosofía humanista: la ciudad pertenece al hombre, a la mujer, al niño, a la niña. Sin embargo, pese a señalizaciones y luces tricolores, los vehículos se han convertido en propietarios de vidas ajenas y de las calles, como prolongación de una malinterpretada cultura del poder: quien viaja en vehículo es amo de las vías, por tanto puede atropellar y aplastar al prójimo. Algo parecido al derecho de pernada de otros tiempos.

No exagero. Incluso los ciudadanos inocentes se pelean por más pasarelas. Y todo porque los mismos funcionarios capacitados en tránsito urbano repiten ante un cadáver en la calle: “Él tuvo la culpa por cruzar la calle habiendo pasarelas”. Esto lo he escuchado de altos funcionarios, empresarios y educadores.

Por ejemplo, hay un anuncio repetido una y 1,000 veces que suplica al peatón caminar por las zonas de seguridad, y aparece una foto a página completa y a colores con decenas de pies caminando en esas zonas rayadas. Quien paga tal publicidad no anda a pie, ignora que dichas zonas seguras son bloqueadas por los vehículos que estorban el paso y no dejan pasar; si pasas por delante, el motorista distraído, al tener vía libre, dispara su arma homicida. Ese tipo de publicidad es insultante y deforma; además, es “gastar pólvora en zope”. Recomiendo que se ahorre ese pistillo para contratar más agentes de Tránsito o cambiar el contenido publicitario.

No me estoy oponiendo a la comodidad individual, pero respecto de que en el futuro prevalecerá el vehículo colectivo y público, recuerdo algunas visitas a Manhattan, lo difícil de trasladarse en automóvil para viajar desde los suburbios al centro de la ciudad: en tren se ocupa media hora, en auto dos horas. Y como para el neoyorquino el tiempo es oro, prefiere viajar en tren. Pregunto a mis amigos gringos: “Entonces, ¿para qué tienen automóviles?” Responden: “Para salir los fines de semana con la familia”.

Para nosotros el tiempo es de cobre, pero el vehículo, sea de hojalata o de oro, no pierde su comodidad oronda y opta por atropellar, olvidando respetar y defender la vida.

Aclaro: estamos cambiando poco a poco, no somos malos, pero los atropellados continúan por falta de urbanistas. “En San Salvador los mejores urbanistas han sido el fuego y los terremotos”. Eso nos ha dado “una ciudad marchita, desconsolada” (cito a Menén Desleal). Quizá por eso un alto funcionario ahí por esos años decidió quemar la universidad, el correo, el Cuartel de Artillería. Quiso hacer un favor a San Salvador, aunque algunos lo compararon con un moderno Nerón (ver periódicos de la época), porque asistía vestido de gala a contemplar los incendios.

Y miremos lo que dejó el terremoto de 1986: fósiles de edificios mastodontes, peligrosos, en un Centro Histórico abandonado, humillado. Olvidamos que la ciudad necesita humanización, sensibilidad, y a lo mejor políticos inteligentes, como decía el poeta Li Tai-Po.

Nota: Agradezco al personal del Hospital Amatepec (Seguro Social) por su atención esmerada y profesional, a toda hora, no solo conmigo sino con quienes compartíamos habitación. Un deber cumplido con eficiencia y nobleza

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