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Ciudadanía fantasmal (14)

EL BUEN SAMARITANO
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Después de un peregrinaje en el que casi siempre tuvo que pernoctar a la intemperie, hubiera lluvia, viento o frío, aquel forastero llegó un buen día al lugar con toda la facha de ser turista peregrinante. Aunque se trataba de un hombre a todas luces en la primera madurez, por algún motivo no evidente despertaba la sensación de ser un recién llegado al plano de la aventura. Se hospedó en una sencillísima posada donde todo era casi simbólico, desde la comida hasta el mobiliario, pasando por los utensilios de alcoba, y concluyendo en el costo diario de la habitación. Pero en esta había algo que mostraba de inmediato una condición protectora inesperada: el mosquitero que pendía del techo sobre la tijera de lona.

Y cuando el forastero percibió aquel detalle, todas sus energías interiores se activaron de inmediato. Unió las palmas de las manos en un gesto de gratitud y el susurro fue como el leve canto ceremonial de un pájaro sagrado:

—¡Gracias, gracias, gracias…, tú eres para mí un benefactor providencial, que viene a recordarme que la bondad espontánea todavía existe sobre la tierra!

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