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Civilización y barbarie

La historia de Walker, basada en esa supremacía, no debe olvidarse, pues pese a enfrentarse a “seres inferiores”, es derrotado por los costarricenses primero y después por los ejércitos aliados de Centroamérica.
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Mario Vargas Llosa, Premio Nobel, ha escrito más de cuatro novelas que difícilmente se olvidan. Se convierte así en un escritor clásico antes de su muerte. Quiero mencionar sus novelas históricas, como “La guerra del fin del mundo”, sobre la guerra de los campesinos canudos, en Brasil, y que algunos quisieron presentarla como un plagio de la documentación histórica de dicha guerra. Otra: “El paraíso en la otra esquina”, novela sobre la vida de Flora Tristán y de Paul Gaugin. Flora, de origen peruano y primera feminista moderna en el mundo (1840), abuela de Gaugin, un artista trágico, gran amigo del suicida Van Gogh.

Vargas Llosa, cuyas mejores obras son estas novelas históricas, también escribió sobre el tema de la dictadura de Leónidas Trujillo, “La fiesta del chivo”. En todas ellas observó el tema relativo al choque entre civilización y la barbarie. En esta última obra la barbarie procede de los nacionales.

Pero me quiero referir a su última obra histórica, titulada “El sueño del celta”. Narra las atrocidades de la civilización europea contra los pobladores del Congo, tema que también fue tratado por un escritor inglés, Joseph Conrad, “El corazón de las tinieblas”, recreada para la pantalla en la película “Apocalypse Now”, Camboya, de Francis Coppola, donde la civilización se manifiesta en helicópteros, napalm, bombardeos, muerte, y los acordes de la cabalgata de las Walkirias, de Wagner, himno preferido por Adolf Hitler en su sueño de superioridad racial para dominar el mundo. Civilizar, como dice Conrad, se resume en una frase: “Exterminad a todas esas bestias”, los bárbaros.

En “El sueño del celta”, la temática es la esclavitud y el genocidio contra los habitantes del Congo, que incluye corte de los miembros, tortura, quemados vivos, miles de miles de africanos. La novela permite conocer la historia recreada por el novelista, divulgando realidades de una historia sangrienta contra los pueblos ubicados en el sector de la barbarie. Los civilizadores se vuelven más atroces en la segunda parte de la novela cuando Vargas Llosa nos lleva a la Amazonia, región del río Putumayo entre Perú y Colombia, esta vez trata de la codicia de las empresas mercantiles que quieren explotar al máximo el caucho, en esa época materia prima civilizatoria, sobre todo para la producción de llantas para vehículos (principios del siglo XX).

Tanto en “La guerra del fin del mundo” como en “El sueño del celta”, en la primera novela finaliza con el exterminio del proyecto utópico de los campesinos brasileños cansados de la explotación, guiados por un líder con atributos de santidad, se enfrentan al poder federal. Y la segunda obra finaliza con la eliminación de quien se manifiesta defensor y denunciante del genocidio africano, el personaje real llamado Róger Casement, un cónsul del Gobierno inglés que lo envía para investigar las crueldades cometidas contra los nativos, entre otras cosas, como nos narra el novelista, cada indígena debe llevar a las compañías caucheras cierta cantidad de caucho, a quien no cumple con la meta se le cercenan las manos o se le quema vivo. Es la realidad cruel de los pueblos originarios en nombre de la civilización. Por sus investigaciones, Casement gana varias condecoraciones de su Gobierno al que se le considera valiente y audaz, defensor de la libertad.

La historia de Casement también termina mal, para detener las atrocidades pidió apoyo a los alemanes. Fue el argumento del poder para condenarlo a muerte, aunque pesó más que le encontraran su diario de vida donde narraba sobre sus relaciones homosexuales, en esa época (1916) el peor delito que podía cometer una persona. Sin embargo, se dice que el diario fue falsificado para condenarlo a muerte. Se agrega que por ser irlandés, apoyaba la rebeldía de estos contra el imperio británico. La acusación de traidor no se hace esperar.

En resumen, “El sueño del celta” narra la lucha de Casement contra las inhumanidades, a varios tipos de poder, como ha sido la constante en todos los personajes de las novelas históricas de Vargas Llosa. Casement es un héroe pero se convierte en enemigo de ese poder. En el Perú, por ejemplo, descubre que los nativos son obligados a trabajar en las caucherías en condiciones infrahumanas, sin pago alguno, y se les ponen marcas con hierro candente como si fuesen ganado, y se narra, además, las torturas más crueles y los asesinatos impunes. Al grado que cuando llegan a viejos o se enferman se eliminan de inmediato.

Un administrador le confiesa a Casement que hacen todo eso para escarmentar a los indios, pero también por diversión o cuando no llevaban a sus dueños los 30 kilos de caucho cada 15 días. Casement descubre que en el Perú los castigos y los crímenes son más espeluznantes que en África. Con la diferencia que los asesinos de este continente son los extranjeros, mientras en Perú lo hacen los mismos peruanos. En África, quienes torturan y matan a los nativos son extranjeros, pero en el Perú “son los mestizos y blancos” de la misma nacionalidad. Pero el efecto es el mismo, dominar al originario en nombre de la civilización hegemónica.

Esta novela me hace recordar la historia de Centroamérica (1856-1060) cuando William Walker decide exterminar a los mestizos, a los “híbridos”, a quienes considera holgazanes y malvados. Es el choque entre los civilizados, basados en la supremacía blanca y los bárbaros latinoamericanos.

La historia de Walker, basada en esa supremacía, no debe olvidarse, pues pese a enfrentarse a “seres inferiores”, es derrotado por los costarricenses primero y después por los ejércitos aliados de Centroamérica. En esa guerra librada en Nicaragua se destacan dos héroes connotados, los salvadoreños generales José María Cañas y Ramón Belloso. Ambos habían combatido 11 años antes al lado de Francisco Morazán. Walker terminó fusilado en su quinta incursión a Centroamérica (1860), al tomarse Puerto Trujillo en Honduras. Quien se consideraba un iluminado por la providencia descansa en una humilde tumba en las arenas del mar Caribe que quiso dominar.

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