Clásicos de literatura centroamericana

“¿Qué talentos escondía esta joven de cuerpo pequeño y mirada ensoñadora para “embrujar a los hombres?”. “Ella es la Sherezade de América”.
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Escribiviendo

En el Día Internacional del Libro recuerdo a algunos clásicos centroamericanos de literatura que promovieron valores regionales. En primer lugar a Miguel Asturias, ganador del Premio Nobel; a Alberto Masferrer y sus ideas visionarias. Salarrué, maestro del criollismo latinoamericano; Claudia Lars, a nivel de Gabriela Mistral o Alfonsina Storni. A los reconocidos costarricenses Carlos Luis Fallas (“Mamita Yunai”) y Carmen Lyra (“Cuentos de la tía Panchita”); a los guatemaltecos Augusto Monterroso y Luis Cardoza y Aragón.

En 1882 El Salvador invita al poeta niño nicaragüense Rubén Darío y se encuentra con Francisco Gavidia, este de 18 años, Darío de quince. Gavidia le lee los alejandrinos en francés para que capte una musicalidad inexistente en la poesía castellana. La lucidez de nicaragüense advierte esas entonaciones poéticas que lo lleva a la renovación lírica. Busca mejores rumbos fuera de Centroamérica y viaja a Chile donde escribe su primer libro “Azul” a los 18 años. El Príncipe de la poesía castellana, ha nacido.

En Costa Rica Joaquín García Monge (1881-1958), cuentista y ensayista publica una de las revistas más representativas de la comunicación literaria continental, el Repertorio Americano (1919-1959). Esto le valió que Alfonso Reyes lo calificara como “Coordinador de América”. “Las historias de América Latina tienen una deuda por la obra de integración cultural realizada por García Monge”, dice Germán Arciniegas. El ecuatoriano Benjamín Carrión lo llama “primer ciudadano de la América Libre, único intelectual que le ha quedado al continente de la estirpe de Andrés Bello”.

En Repertorio Americano escribieron Gabriela Mistral, Pablo Neruda, Alfonso Reyes, José Vasconcelos, Miguel de Unamuno, Baldomero Sanín Cano, Rómulo Gallegos, Luis Cardoza y Aragón, Claudia Lars, José Carlos Mariátegui, Salarrué, Salomón de la Selva, Eunice Odio, Carmen Lyra y Carlos Luis Fallas. Una galaxia pasó por Centroamérica, porque García Monge forma una red de escritores que se integra a “Babel”, de Argentina; “Amauta” de Perú y “Avance” de Cuba. Esta comunicación literaria hizo de la palabra creativa un medio de integración cultural regional.

En Guatemala se destaca Enrique Gómez Carrillo (1873-1927). Carrillo fue un astro de la crónica literaria, incluyendo viajes, que atrajo al mundo intelectual Europeo al grado de calificarlo como “Príncipe de los cronistas”. Con García Márquez, el guatemalteco es de los escritores latinoamericanos de mayores honores y admiración recibidos en Europa. En 1927 se casa con la salvadoreña Consuelo Suncín (1901-1979).

Es nostálgica la descripción iniciando su diáspora al dejar su país Guatemala. “A la 6 de la mañana salí de mi casa sin hacer ruido, con los ojos enrojecidos por el insomnio y por el llanto… mirando las casas cerradas, encontrando encantos imprevistos en todas las esquinas”. (“Enrique Gómez Carrillo”, Harold Alvarado Tenorio, colombiano). Sus emociones encontradas contrastan con la salvadoreña Suncín que más tarde sería su esposa. Ella desde niña quiso convertirse “en una reina”, como lo afirma a los nueve años, (“Crónicas de infancia”, Claudia Lars, El Salvador). Y marcha con alegría desde su Armenia, Sonsonate.

Suncín inicia emigra de 19 años hacia San Francisco, Nueva York, Italia, Bélgica. Pero antes, viuda a los 20 años, llega a México con una carta de recomendación para el Ministro de Educación, José Vasconcelos. El educador y filósofo mexicano expresa, en sus “Memorias”, admiración por Consuelo Suncín: “¿Qué talentos escondía esta joven de cuerpo pequeño y mirada ensoñadora para “embrujar a los hombres?”. “Ella es la Sherezade de América”. “Embrujado”, Vasconcelos la invita a viajar a París; pero ella se casa con Gómez Carrillo, de quien enviuda al poco tiempo.

Viuda del guatemalteco, la salvadoreña se casa con Antoine de Saint-Exupery, quien escribe “El principito”, donde Suncín es el personaje “la rosa”. Al poco tiempo el escritor y héroe francés, en vuelo de observación) es derribado por los nazis (1944). La salvadoreña es marginada en Francia, pese a ser escritora, pintora y escultora. Una de sus exposiciones en Ginebra fue presentada por André Malraux.

Años antes de morir (1979) Suncín organiza en París un homenaje a Saint-Exupery. A la fiesta no llegó ningún intelectual francés, pretenden “castigarla”, no perdonaban su matrimonio con el escritor memorable, “una simiente venida de no se sabe dónde”, dijeron. Incluso el Premio Nobel André Gide revela prejuicio antifemenino, racial y anti extranjero: “desentona en las veladas literarias de la Nouvelle Revue Francaise” (Alain Vedicolet). El guatemalteco-español Francisco Pérez de Anton, comenta: “Nativa de otros mundos, a Suncín la habrían aceptado como objeto de decoración o misericordia, no como ser inteligente influyente del gran escritor”. Pese a que antes de casarse con Saint-Exupery departió con personalidades como Mauricio Materlinck, Premio Nobel, su consejero y amigo; con Gabriel D'Anunnzio, Picaso, Dalí, y Miró.

Pero Gómez Carrillo cayó en el olvido, contrastando con la resurrección de su viuda Suncín con su libro “Memorias de la rosa”. Pasados 21 años de fallecida el periodista francés Alain Verdicolet revela sus archivos y escritos. Dicha obra salió en Francia, España y Estados Unidos, en tres idiomas (2000).

Ya en el siglo XXI la apertura de una democracia en ciernes nos permite aceptar el libro como mejor forma de contribuir al humanismo regional hacia un aprendizaje que nos lleve a ser distintos y tolerantes. Libro y lectura son salvavidas sociales para la sensibilidad y la reconstrucción vital.

Con esos antecedentes del escritor clásico centroamericano, el siglo XXI, encuentra a los escritores en búsqueda de espacio en el mundo de las humanidades y el arte, fundamentos para el desarrollo integral de las naciones

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