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Colección privada

Merece recordarse a las monjitas del extinto colegio y convento de Santa Imelda de Suchitoto. Durante la guerra, habrían rematado hasta a los santos.
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Hace cinco años, el MARTE montó una exposición sobre el bicentenario de la primera gesta independentista centroamericana (San Salvador, 1811). Exhibieron columnas y baúles, pinturas y un primoroso crucifijo que le perteneció al prócer José Matías Delgado. La UCA prestó el crucifijo, el resto provenía del acervo de varias familias o coleccionistas particulares.

No condeno a los coleccionistas privados –salvo los que se aprovechan del libre mercado para adquirir bienes históricos robados. Sin embargo, confieso, esa exposición me destempló, ¿cuánta de la historia colectiva es propiedad de pocos? ¿Queda conformarse con el museo nacional, el MUNA?

En el MUNA escasean ejemplos de la colonia y el bicentenario. Ojalá tuviera un fondo anual para adquirir bienes históricos, como los que acumuló –en vida– María Cristina Zelaya de Alvarado. En 1993, este periódico describió que su ahijado, Efraín Avilés, era el centinela de todo lo que barroquizaba la casa tecleña de María Zelaya: un escritorio labrado de Manuel Barraza, el creador del escudo nacional (1879-1948). Una sala, estilo Jorge II, que fue propiedad del expresidente Francisco Menéndez (1830-1890).

Efraín velaba también unas sillas coloniales de los hermanos Aguilar. Utilería del expresidente Santiago González (1818-1887). Crucifijos del siglo XVII. Porcelanas y gobelinos. Y lo que más robaba la atención: un enorme lienzo del purgatorio que antes había sido propiedad de la capitalina iglesia del Rosario. Dios sabrá su paradero actual.

El arte precolombino también ha gustado. En 1968, este periódico describió la colección de Luis Federico Mathies. En su casa, del barrio santaneco de Santa Lucía, acumulaba más de mil piezas precolombinas, muchas extraídas del Tazumal. Mathies se endilgaba haber descubierto esas pirámides en 1915 y de haberlas puesto en el mapa de la arqueología gringa –decía que por eso vino Francis Richardson en 1938–.

En 1972 aparece otra nota que asegura que un señor llamado Godofredo Sol Mixco se apropió de La piedra milenaria de Chiltiupán. Este municipio de raigambre indígena, y encaramado sobre la sierra del Bálsamo, lleva décadas lamentando el extravío de una “piedra solar”. ¿Sería esa? ¿Dónde está?

A diferencia de Godofredo, el empresario Pablo Tesak (1920-2009) expuso al público parte de su colección de más de 800 piezas arqueológicas. Estableció un museo cerca de Apopa. Sin embargo –y según una publicación de El Faro–, la INTERPOL localizó allí dos fragmentos de estelas mayas con reporte de robo en Petén. Guatemala lleva años suplicando su repatriación.

En teoría, Tesak compró muchas de estas piezas con la asesoría de Stanley Boggs, un arqueólogo estadounidense que timoneó el Departamento de Arqueología del Museo Nacional hasta su muerte en 1991. La viuda de Tesak ha dicho que ignoraba que esas piezas fueran parte del intenso tráfico ilícito de patrimonio cultural –que este año ha esquilmado las parroquias de Coatepeque, Cojutepeque y Alegría–.

Además de los anticuarios (rara vez supervisados), otra fuente de piezas han sido algunos religiosos católicos. ¿Si no, cómo adquirió María Zelaya ese enorme purgatorio de la iglesia del Rosario? En Apastepeque, el escultor José Sabas ha formado su propio museo comprando los retablos y columnas que algunos párrocos cercenan de sus templos al “modernizarlos”.

Merece recordarse a las monjitas del extinto colegio y convento de Santa Imelda de Suchitoto. Durante la guerra, habrían rematado hasta a los santos. El cineasta Alejandro Cotto decía que fue así como adquirió varias imágenes que volvió a heredarle a su pueblo a través de su casa-museo.

Para bien o mal, mucho patrimonio histórico es privado. Esta realidad fue sintetizada en un libro gordo que publicó el Banco Agrícola en 1997: “La huella colonial de El Salvador”, la mayoría de lo mostrado era de particulares. De hecho, el Arzobispado capitalino también resguarda sus cosas. El siglo pasado decían poseer “el cáliz de plata de José Matías Delgado”.

Cerca del MUNA me consta que hay hogares que atesoran más imaginería colonial que el museo. Sé de un pequeño atril de Jayaque con el águila de los Habsburgo, de vajillas presidenciales, retablos, espadas, alhajas izalqueñas, carruajes, cruces, atriales, grabados, secreteres, cuadros de Salarrué... Sé que también sería incorrecto imitar a Hugo Chávez: “¡Exprópiese!” Ojalá los dueños de estas piezas terminaran haciendo lo que Floritchica Valladares –la hija de la escritora Matilde Elena López–: donó hasta el último de los libros, esculturas y pinturas de su madre. Sintió que serían más útiles a este país que lleva siglos padeciendo crisis de todo tipo, sobre todo de identidad cultural

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