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Cómo hemos cambiado

Ahora te encuentro maquillada, diferente, excéntrica para una Managua genuina y silvestre como vos. Y aunque han querido uniformarte y hacerte parecer al resto de las ciudades centroamericanas, vos sos única.
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Fue amor a primera vista. Yo me enamoré de vos porque me adoptaste y me diste uno de los regalos más valiosos que una niña puede recibir en el exilio: me diste identidad. Vos, en cambio, te enamoraste de mí porque nos parecemos, somos como familia, compartimos el color de piel, el pelo alborotado como tu vegetación y el mismo ímpetu frente a la vida.

Era una niña cuando te conocí, pero te recuerdo detalle a detalle: sencilla, amiguera, clara, siempre dispuesta para la fiesta, sin maquillaje, sin temor a ser vos. Seguramente vos también tenés recuerdos de nuestro encuentro. Llegué llena de temores y ansiedades, nada que tu campo abierto, tus lagos y tus volcanes no pudieran sanar. Todavía tengo presente los días en los que me abriste los brazos para que jugara y creciera sin miedo.

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  • Rosarlin Hernández
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