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Cómplices

Preferimos averiguar rumores sobre cirugías estéticas, orientaciones sexuales e infidelidades que planes de acción para resolver problemas de nación que urgen. Nos convence una sonrisa, una cara amigable, una promesa vana.
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OPINIÓN (Desde allá) Estados Unidos

Rumbos confluidos

El escenario político de nuestro país es un reality show de ciclos interminables. Sus participantes –los políticos– se encargan de protagonizar escenas que nos provocan risas, enojos, indignación y hasta enamoramientos platónicos. Como espectadores ávidos de entretenimiento barato, estamos atentos para enterarnos de sus nuevas “aventuras”, aunque nos dé vergüenza aceptarlo.

Somos consumidores de una política de reflectores, chismeríos y morbo. Dirigimos la mirada solo a aquellos funcionarios o aspirantes que son estrambóticos, que hacen ruido y escándalo. Nos acostumbramos tanto a ver al frente de partidos políticos a los mismos rostros momificados que no cuestionamos sus ideas fosilizadas. Nos dan de qué hablar a la hora del almuerzo, y eso basta.

La espectacularización está enquistada en el corazón mismo de la política contemporánea, de acuerdo con el estratega político Daniel Eskibel. Es una afirmación comprobable. ¿Quién podría ganar elecciones y puestos importantes en este tiempo sin orquestar teatralizaciones jocosas, lastimeras y hasta de presunta omnipotencia? Es una práctica que funciona hasta en países primermundistas como Estados Unidos. Durante la contienda electoral que está por terminar, los presidenciables han hecho de sus campañas una telerrealidad de insultos y asperezas que en varias ocasiones ha arañado la calaña de los programas de Laura Bozzo.

Y es que, bajo una lógica de mercado, un producto ha de seguir produciéndose y reproduciéndose si la demanda es robusta. En cuanto a nuestro país, ya demostramos que terminamos por darle poder a quien más ridículos urde. Entonces, ¿somos víctimas o cómplices?

Preferimos averiguar rumores sobre cirugías estéticas, orientaciones sexuales e infidelidades que planes de acción para resolver problemas de nación que urgen. Nos convence una sonrisa, una cara amigable, una promesa vana. Cedemos nuestro poder a quienes nos entretienen con el humo más bonito y cuando ellos sacan sus colmillos y muerden, nos desencantamos, y nada más. Hemos dejado que hagan de nuestro país un pantano pútrido en el que el dinero se ha desaparecido y se han beneficiado solo unos pocos desde hace décadas, y en el que desde siempre las voluntades se han pagado con cuotas de poder.

Hacer uso de la soberanía popular implica mucho más que manchar una papeleta. Nuestro poder ciudadano no debería terminar con el escrutinio de una urna. Tenemos el derecho y la obligación de dar seguimiento a aquellos que hemos elegido para que nos gobiernen. Y podemos, si nos lo proponemos, botarlos de la silla donde los sentamos, cuando demuestren ser incapaces, corruptos o mentirosos.

Debemos entender que en la política no existen mesías, viudas negras, princesas guerreras ni embajadores del infierno –aunque algunos se empeñen en simular tales roles con prodigio. Los que sí son reales son los hombres y las mujeres con intereses personales que buscan poder, y no siempre (casi nunca) para utilizarlo en beneficio del bien común. Es irresponsable de nuestra parte asumir que con nuestro voto acaba nuestro rol ciudadano. Que hayamos consentido que nos gobiernen no debe convertirnos en un rebaño manso.

Tenemos que hacer que nos rindan cuentas. No solo los funcionarios actuales, sino cada uno de los que llevaron las riendas del país desde la postguerra. Si dejamos de ser ciudadanos holgazanes y nos proponemos a contarles las costillas para luego exigir justicia histórica y actual, vamos a demostrar que nos merecemos ser gobernados por buenos líderes. Si no despertamos y le ponemos fin al circo, vamos a seguir siendo cómplices de todas las vejaciones por las que ha pasado nuestro país

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