Con $0.85 en la bolsa

Karla González representa el único ingreso formal para alimentar a 10 bocas. Gana un salario mínimo. En las últimas dos semanas, mientras un posible aumento de esa base salarial ha tomado protagonismo, esta joven de 26 años ha tenido que sacrificar sus pasajes con tal de que su familia tenga qué comer. Los miembros del Consejo Nacional del Salario Mínimo reciben dietas mensuales de $228.56 por reunirse una vez por semana. Karla, en cambio , recibe $224.10 por limpiar baños durante ocho horas cada día laboral. A veces, la dieta de los suyos se resume en pan francés con café. En otras, ayunan.

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Un cuarto en esta vecindad cuesta $50 daolres mensuales Sandra vive en un meson de la Cuarta calle oriente de San Salvador su extrema pobreza la llevo a vender todo lo que ella y sus tres hijas tenian y se pasaron a vivir a este meson del Barrio San Esteban  Fotos Borman MARMOL 21 DE MARZO DE 2013 ---------- 28 base

Un cuarto en esta vecindad cuesta $50 daolres mensuales Sandra vive en un meson de la Cuarta calle oriente de San Salvador su extrema pobreza la llevo a vender todo lo que ella y sus tres hijas tenian y se pasaron a vivir a este meson del Barrio San Esteban Fotos Borman MARMOL 21 DE MARZO DE 2013 ---------- 28 base

Con $0.85 en la bolsa

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Si la vida de Karla González dependiera de cuánto dinero tiene en su monedero, estaría condenada. Esta mañana se fue a limpiar los baños de un centro comercial con un capital de $0.85. Gastó $0.60 en transporte y $0.25 en cuatro tortillas que le ayudaron a que el arroz con crema que llevó para almorzar la dejara un poco más satisfecha. Está cansada. Se truena los dedos porque los siente rígidos. Ya tiene hambre.
 
Hoy es miércoles y son las 9:15 de la noche. Todavía hay gente en los alrededores del parque Zurita, en San Salvador. Hace 10 minutos, cuando vino a la casa de su suegra después del trabajo, Karla encontró dormida a su hija de dos años. Sus otras dos hijas, de siete y nueve años, corrieron a abrazarla y le preguntaron como casi todas las noches: “¿nos trajo algo, mami?”.
 
La respuesta de Karla fue la misma de todos los días. Con su voz tan dulce y suave, que hace que sus palabras siempre se escuchen susurradas, les prometió que cuando le paguen esta quincena les comprará una cajita de cereal y un litro de leche. Ahora, antes de hurgar en la cacerolas de la cocina de su suegra, dice que procura con rigor guardar $2.75 cada quincena —$1.40 para una caja pequeña de cereal y $1.35 para un litro de leche. Eso, el cereal con leche, es lo más suntuoso que dice poder ofrecerles.
 
Karla es una de los 57 de cada 100 citadinos en edad de trabajar que tienen un empleo formal de ocho horas, según el último informe de la Dirección General de Estadística y Censos (DIGESTYC). Su salario mensual es de $224.10, el mínimo vigente para el sector comercio y servicios. Como le descuentan Seguro Social y AFP, recibe $102 cada quincena. Ese dinero es el único capital seguro con que cuenta para alimentar a diario a 10 bocas.
 
Esta tarde Karla limpiaba inodoros, pisos y espejos cada 10 minutos. Al mismo tiempo, no dejaba de pensar en comida y en dinero. Comida y dinero también tuvieron que ser temas figurados en la reunión de esta tarde del Consejo Nacional del Salario Mínimo, el comité que decide cuándo es prudente fijar un aumento salarial. Karla ignora hasta la existencia de esa comisión, menos sabe que desde hace algunos días se ha discutido que los salvadoreños como ella, que ganan el mínimo, reciban un posible aumento. En unos minutos, Karla dirá que no le interesa conocer los rostros de ese consejo, y que tampoco quiere saber de qué hablarán en las próximas reuniones que tengan a puerta cerrada. Dirá que lo único que le interesa es que faltan dos días para que le paguen la quincena y que en el monedero no le quedan ni cinco centavos para sobrevivirlos.
 
Esta noche, ya que confirmó que sus hijas cenaron, solo quiere comer. Halla una porción exigua de casamiento. Raspa la cacerola y con tres cucharadas vierte todo su contenido en una paila. Antes de su primer bocado asegura que, por más estrategias que ha improvisado para que su familia no tenga que saltarse tiempos de comida, no siempre logra saciar el hambre de los suyos.
 
Un tortuoso olor a pan dulce recién hecho es el despertador de Karla todas las mañanas. Entre risas y bocados apresurados de casamiento con tortilla —de las 20 tortillas que compraron por $1, le guardaron tres— dice, como poseída por el más cruel de los humores negros, que sabe distinguir cuando frente a su pieza de mesón han horneado queiquitos de vainilla, o pastelitos de piña. “Ese olor es escandaloso, pero ahorita solo eso podemos sentir”, menciona. Guarda su destello de sarcasmo y vuelve a sacar su timidez. Dice que esta noche su felicidad se resumiría en un pedazo de semita “mieluda”, pero que ha aprendido a ser conforme. Termina su cena. Bebe agua, porque no le quedó café. Recuerda que la última porción de pan dulce la comió en enero. Fue un salpor de arroz.
 
Karla trabaja en una empresa que ofrece servicios de limpieza a oficinas y establecimientos como centros comerciales. Es la única de su familia, de 10 integrantes, que tiene un empleo formal. Gana los $224.10 que corresponden al salario mínimo. Ese dinero, que con los descuentos de ley se convierte en un aproximado de $204, es el único capital seguro con el que pueden contar cada mes. El resto de ingresos es tan irregular que ni Karla ni su esposo Ernesto lo pueden promediar con certeza.
 
Ernesto, está desempleado desde enero y consigue dinero solo cuando logra hacer algún trabajo esporádico como panadero o mozo. La suegra de Karla depende de las remesas que le envían dos hijos que residen indocumentados en Estados Unidos, y en los últimos meses esas dádivas han estado escuálidas o inexistentes. La cuñada vende blusas cuando logra conseguir dinero para comprar mercadería. A cuentagotas, mientras lava el plato en que comió, Karla repara en que los ingresos totales de todos los adultos de esta familia casi nunca llegan a $400 mensuales, incluyendo el apoyo que reciben de la expareja de Ernesto que les entrega, en efectivo o en especie, un promedio de $70 al mes.
 
“Cuando hay, se come; y cuando no hay, se aguanta. Lo que tratamos es que aunque sea las niñas tengan algo de comer”, menciona. Y las niñas de las que habla son seis. A las tres pequeñas que ha procreado con Ernesto, se suman otras tres comensales, de la primera relación que tuvo su esposo.
 
La cantidad de dinero mensual que Karla y su familia de 10 necesitan para satisfacer sus necesidades básicas de alimentación asciende a $464.39, según las estimaciones que la DIGESTYC registra hasta enero de 2013. Esa canasta básica incluye carnes, leche fluida y frutas. Y esos alimentos casi nunca llegan a las bocas de Karla y los suyos. Después de las tres libras de pollo que hicieron para las fiestas de diciembre —a $1.35 cada libra—, esta familia no ha vuelto a probar ni pollo, ni res, ni cerdo. Lo más cercano a un pedazo de carne han sido las salchichas en tomatada —a $1.10 el paquete de 10 salchichas, más $0.25 por cuatro tomates pequeños, más $0.25 por dos cebollas— que han comido de vez en cuando.
 
Antes de seguir con el recuento, decide irse a la pieza que alquila por $55 mensuales en un mesón que está frente a la panadería de la que mana el olor que la despierta. La casa de su suegra es demasiado pequeña. Consta de dos cuartos y unos pocos muebles viejos. Si ella y sus hijas se sumaran a su suegra, cuñada e hijastras, no cabrían. De hecho, las cinco personas que ya viven en esta propiedad quedan bastante apretadas.
 
Karla sale de la casa de su suegra. Ernesto —28 años, trigueño, delgado y con mostacho— la acompaña y carga a la más pequeña de sus hijas. Después de una cuadra de recorrido llegan al mesón en el que duermen. Desde la fachada hasta su interior, este lugar podría ser el símbolo del deterioro. Latas viejas, madera picada, pintura curtida y olor a orines que mana de los baños colectivos, integran el ambiente que Karla, su esposo y sus tres hijas deben llamar hogar. El cuarto es un espacio de cuatro metros cuadrados en los que no se alcanzan a dar con holgura ni 10 pasos. Ahí solo caben dos camas, un sillón, una juguetera y una cocina que les regalaron por descompuesta. Aunque hoy la reparara, de todas maneras cocinar se le haría difícil. No tiene tambo de gas.
 
Si Karla viviera sola con su esposo e hijas, necesitaría $215.58 solo para la alimentación de un mes, porque es el costo estimado de la canasta básica para una familia de cinco personas –$1.41 diarios por persona–. Todavía necesitaría unos $11.58 más de lo que ahora gana y este es el cálculo se hace solo tomando en cuenta la comida. Mañana por la noche, Karla reparará en otros gastos de los que no se podría escapar. Debería gastar al menos $110 en pagarle a quien le cuide las niñas —asegurará que por cuidar a tres niñas no cobran menos de $5 diarios—, más $17 en pasajes, más $55 por el alquiler de este cuarto diminuto. Solo para sus gastos más básicos necesitaría $182 más. Reconocerá que su suegra le permite ahorrar $110 y le da la seguridad de que, aunque no haya dinero para comida, buscará la manera de alimentar a sus hijas cuando ella esté en el trabajo.
 
Es una incógnita si los miembros del Consejo Nacional del Salario Mínimo reparan, tan de cerca, en realidades de familias como la de Karla. Desde hace una semana se ha intentado conocer los rostros de sus miembros, y los parámetros de discusión que utilizan en sus reuniones. Sin embargo, en al menos tres ocasiones, han dicho que “prefieren no dar declaraciones hasta que se tome una decisión sobre la propuesta del Ejecutivo de aumentar un 10% al salario mínimo”.
 
Karla y Ernesto han acomodado a sus tres niñas en una de las camas. Encienden un televisor que sacaron por cuotas cuando Ernesto tenía empleo y se sientan en el colchón a pensar. Su realidad –sea visible o no ante el consejo– es que no tienen ni un cinco para el desayuno de mañana.
 
Karla y Ernesto han guardado silencio un rato. Ahora las niñas están dormidas. La pareja sigue pensando en alternativas para conseguir la comida de mañana.
 
—¿Y si vendemos el televisor?— rompe el silencio Karla.
 
—¡No’mbre! Si ya es lo único medio de valor que nos queda— refuta Ernesto.
 
—Pero ¿y entonces?
 
—Yo creo que mañana va a venir aquella a dejarles algo a las niñas.— Ernesto se refiere a su expareja— Le voy a pedir que me dé para tus pasajes.
 
— ¿Y aquel señor no te ha dicho nada del trabajo que te iba a conseguir?
 
—Nada. Y todavía no he podido conseguir para sacar la solvencia (de la PNC).
 
Karla mira hacia el suelo. Ernesto pierde la vista en la pantalla del televisor que les costó $100 el año pasado. Ya han vendido mucho. En estos tres meses se deshicieron de algunos artículos que lograron comprar dos años atrás, cuando tenían una panadería y no se imaginaban que tendrían que trabajar en esa empresa de limpieza. Dieron en $25 un equipo de sonido que les costó $150, en $15 una bicicleta que les costó $100 y en $10 un reproductor DVD que les costó $50. Con los $50 que resultaron de esas ventas comieron —los 10— durante una semana. Recuerdan que cuando ambos trabajaban era más probable que comieran los tres tiempos. Karla tenía un turno de cuatro horas y por las tardes y en días libres salía a las calles del centro a vender blusas. Ernesto, además de su jornada de ocho horas por las que le pagaban un salario mínimo, hacía pan francés por encargo. Sus ingresos sumaban casi $400.
 
Diciembre de 2012 fue el último mes que Ernesto trabajó en la misma empresa que Karla. Creyó que al siguiente día de haber renunciado estaría contratado en la institución de Gobierno a la que le prometieron ayudarle a ingresar. Han pasado tres meses desde entonces y lo único que ha conseguido es que la comida se les haga más difícil de alcanzar.
 
Ernesto dice arrepentirse de haber soltado su trabajo antes de tener seguro el que le habían prometido. Anhela trabajar para el Gobierno, porque, además de tener una mejor paga, terminaría su jornada en un horario que le permitiría estudiar de noche. Quiere terminar el bachillerato, porque solo estudió hasta séptimo grado. “Yo me rebuscaría para meterla a ella también —se refiere a Karla— y así que también estudie.” Karla llegó hasta cuarto grado.
 
La hija mayor de Ernesto, de 13 años, cursa un grado superior al que pudo llegar su padre. Ella y sus otras cuatro hermanas van a una escuela que está a pocas cuadras del parque Libertad. La única que no estudia es la pequeña de dos años. “Si no fuera porque en la escuela les han dado uniformes y cuadernos, no las hubiéramos puesto a estudiar este año”, afirma Ernesto. También asegura que agradece que les den un refrigerio cada día de clases. Saber que tendrán algo qué comer en la escuela le disminuye la culpa cuando no ha podido garantizarles el desayuno en casa.
 
Karla agrega, todavía con una expresión atribulada, que lamenta no poder enviar a ninguna a los paseos escolares. “No podemos darles los $2 que valen las excursiones. Y si fueran, ¿qué comieran?”, dice. También recuerda que el último paseo familiar fue en diciembre. Peregrinaron hasta las piscinas públicas de Don Rúa. Compraron $2 de pan francés, una libra de arroz —$0.50—, y dos paquetes de salchichas —$2.20. Karla sonríe cuando recuerda que las niñas no querían salir de la piscina. Si su situación sigue como hasta ahora, un nuevo paseo en familia seguirá siendo una quimera.
 
Hoy fue día de pago y Karla tuvo libre. Es viernes por la noche. De no haber tenido que gastar en comida el dinero de un préstamo que realizó para comprar mercadería, ahora habría ido a vender al centro. El menú de este día estuvo surtido porque la expareja de Ernesto llevó la despensa. Los 10 miembros de su familia desayunaron plátanos fritos —los consiguen a 20 por $1—, frijoles salcochados —compran 10 libras a $0.50 cada una cada dos semanas— y tortillas. Almorzó macarrones con tomate —hacen dos paquetes que compran en $0.40 cada uno— y cenó casamiento, como hace dos días.
 
Aprovechó la mañana para lavar ropa y para pasar un rato con sus hijas. En la tarde fue a cambiar el cheque de su salario. De los $102 que recibió en el banco, piensa usar $55 para pagar el alquiler de su cuarto, y guardar $8 para pasajes. De los $39 restantes usará $2.75 para comprarles cereal y leche a sus hijas, y con los $36.25 restantes piensa comprar comida.
 
Tiene preparada su lista de necesidades. Si los precios no se han elevado por sorpresa en estos días, ya tiene un parámetro de cuánto podrá comprar: $5 de frijoles —10 libras—, $3 de plátanos —60 plátanos—, $2 de tomates —32 tomates pequeños—, $2 de cebollas —16 cebollas medianas—, $2.20 de azúcar —cuatro libras—, $3.90 de huevos —30 huevos—, $2.20 de salchichas —dos paquetes de 10 unidades—, $2.70 de aceite —dos botellas—, $2 de consomé —20 sobres— y $2 de macarrones —5 paquetes–. En total planea gastar $27. Los $9.25 que queden serán para comprar tortillas —$1 de cada día–. Le ha encargado a Ernesto que haga las compras en el mercado La Tiendona. Karla asegura que ahí consiguen los mejores precios.
 
Los precios son uno de los tópicos principales que el Consejo Nacional del Salario Mínimo revisa en sus reuniones. Deben congregarse, como norma, 48 veces en un año, una vez cada semana. Dentro de cuatro días, luego de que los miembros sean juramentados para un período de dos años, Alfredo Rosales, el presidente del consejo dirá que a esas reuniones de regla se agregan las extraordinarias que sean necesarias. Este año se han reunido 11 veces, hasta el 22 de marzo. Rosales dirá que los miembros del consejo reciben una dieta de $57.14 por cada reunión ordinaria que dura en promedio tres horas —para que Karla gane esa cantidad necesita trabajar un poco más de 61 horas–. Como no pueden cobrar más de cuatro reuniones por mes, los miembros del consejo obtienen $228.56 en concepto de dietas ($4.46 más de lo que gana Karla al mes por limpiar baños cinco días y medio por semana).
 
Además de la propuesta del Ejecutivo de aumentar el salario mínimo, el consejo ha recibido otras cuatro iniciativas de diferentes sindicatos de trabajadores. Eso aseguró ayer Israel Huiza, el vicepresidente del consejo y uno de los representantes del sector trabajador. Aseguró que tiene más de 25 años de ser un líder sindical a tiempo completo y que por “defender los derechos de los trabajadores” recibe un aproximado de $1,000 mensuales, lo que Karla acumula en casi cuatro meses y medio de trabajo.
 
“No nos atrevemos a decir que no vamos a aprobar nada. Pero por lo pronto no hay decisión. No va a haber un salario mínimo que resuelva el problema”, aseguró Huiza respecto a las negociaciones que han estado orquestando desde hace unas semanas. Huiza acaba de iniciar su segundo período, de dos años, en el consejo. Aseguró que antes de ser sindicalista de tiempo completo, fue profesor normalista durante 23 años. Hace 25 años dejó de escribir en pizarrones y desde entonces se ha dedicado a dar asesorías a un buen número de sindicatos. Sentado frente a un escritorio atisbado de papeles, también hizo énfasis en que lo que quiere el consejo es evitar un alza de los precios de la canasta básica.
 
Hoy Karla ve televisión con la cara menos compungida. Ernesto la acompaña. Todas las niñas están en casa de su abuela. Esta pareja dice que lo mejor que les podría pasar es un aumento salarial. Pero ese esperado aumento, aunque pudiera permitirles comprar unos cuantos paquetes extra de macarrones, tiene doble filo de acuerdo con algunos especialistas.
 
Hace dos días, Roberto Rubio, director de la Fundación Nacional para el Desarrollo (FUNDE) aseguró que El Salvador carece de estudios sobre el impacto de los salarios. También consideró, contrario a lo que algunos sindicatos de trabajadores creen, que la economía no se activaría tanto al aumentar el mínimo. “Los niveles de endeudamiento de la gente son bastante altos. Más que aumentar la demanda, en este contexto, lo que puede hacer (el aumento al salario mínimo) es reducir los niveles de mora”, agregó. También reconoció, que el salario mínimo no permite vivir con dignidad.
 
“No todas las personas se benefician del aumento del salario mínimo. Algunos perderán el empleo, a otros les será más difícil encontrar un empleo formal”, aseguró hoy por la mañana Álvaro Trigueros, el director del Departamento de Estudios Económicos de la Fundación Salvadoreña para el Desarrollo Económico y Social (FUSADES). También mencionó que es necesario que el país tenga crecimiento económico, inversión y adecuadas políticas sociales.
 
Hasta el momento, las únicas políticas sociales que han beneficiado a la familia de Karla son los uniformes y el refrigerio que sus hijas e hijastras reciben en la escuela. Esta noche repara en que, aunque sus tres hijas tienen derecho a ser beneficiarias del Seguro Social, no las ha podido registrar. Para hacerlo necesita contar con $16.50 para sacar fotografías y partidas de nacimiento —las fotos cuestan $2.50 y cada partida de nacimiento $3–. Y por no contar con ese dinero ha tenido que llevarlas a una clínica pública cuando se le han enfermado.
 
Karla sí está en control médico. Tras su último embarazo, le detectaron principios de cáncer de cérvix. Llevó un control escueto en hospitales públicos, y se atendió con más rigor cuando entró a la empresa para la que sigue laborando. El año pasado le hicieron una cirugía para extraerle la parte del útero que estaba lesionada. “Me dieron día y medio de incapacidad pero no me los tomé. Es que acababa de entrar a la empresa y si faltaba quizás me iban a echar”, menciona. Recuerda que se levantó de la camilla, se vistió y salió corriendo al trabajo. Solo se tomó una acetaminofén y siguió trapeando pisos y limpiando baños cada 10 minutos. No le importó el dolor, ni el leve sangrado posoperatorio. No podía arriesgar la comida de sus hijas.
 
A Karla le suena el teléfono. Es la mujer que le prestó $75 para que sacara venta —pero Karla no tuvo más remedio que gastarlo en comida–. Se levanta del colchón desvencijado sobre el que está sentada y sale a la calle. Regresa después de 15 minutos. Trae la boca hecha un puchero y sus ojos están a punto de desbordarse.
 
—Me quitó $50 y me dijo que le debo $17 por mora— le dice a Ernesto con la voz quebrada. Se limpia un par de lágrimas y se queda con la mirada perdida en una pared de su cuarto-hogar.
 
—No te sintás mal. No se nos ha caído el mundo. Seguimos con vida y respirando. Ya vamos a ver cómo salimos. Pensá que ya cenaste— intenta consolarla Ernesto. Si no encuentran una manera de reponer ese dinero, la comida se les hará más inalcanzable.
 
A lo lejos se oye pasar el vía crucis de la iglesia La Merced. Ernesto y Karla escuchan varias voces que cantan al unísono “piedad, Señor, piedad”. Y piedad será la que pedirán a la dueña del mesón, para que les deje pagar los $55 hasta la próxima quincena. Ahora solo se han quedado con $52 para la comida de los 15 días que faltan para llegar a fin de mes. Dicen que no saben cómo harán para que coman las 10 bocas de su familia.
 
Karla y Ernesto harán ayunos involuntarios. Este lunes Karla no podrá desayunar, ni llevar almuerzo a su trabajo. Tratará de disimular el dolor de cabeza que le llega cuando no come. Esperará encontrar al menos tres cucharadas de casamiento cuando llegue a casa de su suegra. El martes, hará lo mismo. Lo único que comerá serán tres tajadas de plátanos fritos con tres panes. Ernesto seguirá insistiendo a la persona que prometió ayudarle a conseguir un mejor empleo, y solo recibirá por respuesta que tenga paciencia. El miércoles ya no habrá dinero ni para dar a las niñas el desayuno.

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