Contar la postguerra

Las guerras son traumas sociales profundos para una sociedad, pero son los individuos que la componen quienes tienen que hacer un proceso personal de asimilación de las experiencias vividas.
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¿Se ha contado la postguerra en nuestra literatura? ¿Se ha contado en los demás países centroamericanos que también vivieron sus propias guerras durante la década de los ochenta? ¿Cómo se ha contado? ¿Quiénes la han escrito? ¿Es válido encasillar a todos los escritores que publicaron obra después de 1992 como “escritores de postguerra”?

Fueron algunas de las preguntas que me rondaron la cabeza desde el instante en que me propusieron participar en un conversatorio llamado “¿Cómo se contó la postguerra?” Esta fue una de las diversas actividades realizadas durante el Foro Centroamericano de Periodismo 2016 (Foro CAP), organizado por el periódico digital El Faro, que se llevó a cabo del 9 al 14 de mayo en San Salvador. Junto con Carlos Fernando Chamorro, periodista nicaragüense, editor y fundador de Confidencial; Enrique Naveda, director del periódico digital guatemalteco Plaza Pública; y Miguel Huezo Mixco, escritor y moderador de la mesa, reflexionamos sobre este tema, no solo desde el punto de vista del periodismo, sino también desde la literatura.

El punto de partida necesario fue definir y examinar el panorama particular de los países representados en la mesa. Eso dejó claro que en cada uno, el final de su propia guerra planteó retos y estados de ánimo diferentes. En Nicaragua, por ejemplo, el fin de la guerra de la Contra implicó también el fin de la revolución y de la agresión del gobierno de Ronald Reagan. Ese período se vivió en parte con alivio, pero también con mucha incertidumbre, porque la nueva etapa (conocida como “fase de transición” y no como postguerra) implicaba el desmontaje de la revolución y la implantación del neoliberalismo.

En cambio para El Salvador, la firma de los Acuerdos de Paz en 1992 supuso una esperanza colectiva muy fuerte. Los acuerdos hicieron creer que estábamos ante una oportunidad para comenzar de nuevo, con la página en limpio y con el esmero de quien quiere hacer bien las cosas. Demasiado pronto comenzamos a tener la sensación de que la guerra y la violencia solo habían mutado de forma y el júbilo se nos desvaneció en medio de una nueva cuenta de muertos que sigue desangrándonos hasta el día de hoy.

Las guerras son traumas sociales profundos para una sociedad, pero son los individuos que la componen quienes tienen que hacer un proceso personal de asimilación de las experiencias vividas. Esos procesos pueden tardar años, pero hacerlo es necesario para que un escritor pueda retratar un evento con la objetividad que se alcanza cuando se logra tomar distancia emocional de los hechos.

Han tenido que pasar casi 20 años para que nuestros escritores sientan que pueden, por fin, hablar de los años ochenta con la cabeza fría. No es hasta en años recientes que se comienza a ver en la literatura centroamericana propuestas narrativas de buena factura que intentan contar episodios de aquel tiempo, lo cual supone ser un resultado de los procesos individuales de elaboración mencionados.

Pero quizá el principal reto que tiene el escritor al contar episodios históricos de su país es hacerlo de manera que no responda a intereses partidarios de ningún tipo. De lo contrario, no solo limitaría la lectura de los eventos sobre los que escribe, sino que distorsionaría los hechos en función de un objetivo ideológico.

Es de suponer que la postguerra está por ser contada, porque quienes mejor podrán narrarla serán quienes la vivieron o la generación que vivió su niñez y adolescencia en ese período. Un ejemplo es lo que está ocurriendo en Chile y Argentina. Escritores nacidos a mediados de los años setenta han comenzado ahora, en el siglo XXI, a narrar las historias de las dictaduras en aquellos países. El escritor chileno Alejandro Zambra llama a esto “la literatura de los hijos”. No ha sido hasta ahora cuando esos escritores, que ya cumplen los 40 años, han logrado asimilar los hechos ocurridos y lanzan un ojo crítico sobre ellos, muchas veces desde el punto de vista del ahora adulto que desea conectar todas las piezas del rompecabezas para comprender eventos que pasaron durante su infancia o adolescencia. Es una literatura que nace del intento por comprender los acontecimientos del pasado y por hablar de hechos que durante décadas fueron callados debido a la censura, a la cultura del silencio o para evitar mayor dolor emocional entre los implicados.

Al final del conversatorio, alguien del público preguntó si sería posible escribir sobre la postguerra desde la no militancia y quiénes deberían hacerlo, si los escritores jóvenes o los mayores.

En países como los nuestros, donde la polarización política va modificando la narrativa de la historia de acuerdo con los intereses en el poder, el papel de los narradores que vivieron eventos sociales importantes es fundamental. Hay una cita del escritor estadounidense E.L. Doctorow que refleja bien el motivo: “El historiador te cuenta cómo ocurrieron los hechos. El escritor te cuenta cómo se sintió vivirlos”.

Aunque un escritor narre los hechos a través de tramas y personajes ficticios, la sociedad tendría una suerte de testimonio de primera mano de alguien que vivió en carne propia el período respectivo y que, por lo tanto, puede capturar “l’esprit du temps” (el espíritu del tiempo) que le tocó en suerte vivir. Esa información cotidiana, ese factor humano es lo que jamás encontraremos en los libros de historia ni en los discursos de los políticos. Por eso amamos la literatura, porque nos trae noticias de nosotros mismos, desde todos los tiempos y lugares posibles.

Si los escritores tratan con honestidad los temas espinosos del pasado, si los tratan desde los zapatos del ser humano y no desde la militancia o la simpatía política, mayor será la posibilidad de comprender el presente. Porque el enredo de hoy tiene sus raíces en el pasado. Y porque comprender aquellos eventos quizá nos permita vislumbrar alguna manera para que nuestros países encuentren una paz real donde podamos dejar de ver enemigos y rivales en todas partes y podamos, por fin, construir una nación próspera para todos

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