Courrèges, el modisto que llegó del espacio para liberar a la mujer

André Courrèges llegó del espacio en los años sesenta para liberar a la mujer de corsés, popularizar la minifalda o el pantalón, e introducir en el mundo de la moda su peculiar visión futurista llena de geometría e impregnada de arquitectura.
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Criado bajo el ala del gran Balenciaga, Courrèges, fallecido el jueves a los 92 años, subió un palmo faldas y vestidos: el ser humano todavía era entonces capaz de todo, y, tras conquistar el espacio, podía atreverse a mostrar las piernas de las mujeres.

La falda trapecio, el "pantacourt" (pantalón pirata) o sus característicos minivestidos conforman parte del legado de un hombre que, de alguna forma, se hallaba como un pez fuera del agua en el mundo de la moda.

Lo suyo eran las formas y el encanto por la geometría, pasiones nutridas en sus estudios de ingeniería de puentes y caminos, donde se familiarizó con los conceptos básicos de la arquitectura.


Y luego, la luz. El blanco refulgente, el rosa... su paleta de colores siempre estuvo influida por la luminosidad. En el perfil que su propia firma tiene en su página web se le califica, antes de todo, como "deportivo y enamorado de la luz".

Ese blanco con el que Courrèges sorprendió en 1964 en una de sus colecciones más recordadas, "The Moon Girl", la chica de la luna.

Frente al "vestidito negro" de Coco Chanel, el modisto popularizó su "vestidito blanco", auténtico emblema de la marca.

Nacido en Pau, junto a los Pirineos franceses, en 1923, a los 22 años desembarcó en París tras sus estudios de ingeniería y poco después, en 1950, entró en la casa de Balenciaga, donde durante una década aprendió los fundamentos del oficio.


En 1961, movido por su deseo de conectar mejor con las nuevas generaciones y acercar la moda a la juventud, dejó la firma del maestro español junto a su inseparable ayudante Coqueline (con quien acabaría casado) para fundar su propia compañía.

Sin romper del todo con Balenciaga, Courrèges revolucionó el mundo de la moda con propuestas que trastocaron los principios conservadores de la sociedad.

Pero su impacto no se notó solo desde el punto de vista estético: quiso democratizar la moda, para lo que promovió el "Prêt-à-porter" y el uso de materiales menos caros que acercasen sus diseños a la mujer.

Las actrices Catherine Deneuve y Jane Birkin, la modelo Twiggy o la cantante Franoise Hardy fueron algunas de sus más famosas clientas. Courrèges era uno de los diseñadores pop por excelencia.

Por aquel entonces, la fábrica que hizo construir en Pau empleaba a unas 800 personas, hasta que la feroz competencia de las manufacturas asiáticas hizo tambalearse el negocio.


Courrèges vendió en 1984 la firma a un grupo de inversores japoneses, aunque a mediados de la siguiente década su esposa Coquelines enmendó la decisión y recompró la marca para relanzarla.

Tras una breve vuelta de cinco años a la Alta Costura, la casa desaparece en 2002.

Sin embargo, en 2011, Jacques Bungert y Frédéric Torloting, dos ambiciosos publicistas franceses, compraron la marca decididos a recuperar la firma en la que trabajan desde entonces con campañas de colaboración con distintas marcas de belleza o incluso botellas de agua.

En la última Semana de la Moda de París, el pasado mes de septiembre, los jovencísimos diseñadores Sébastian Meyer y Arnaud Vaillant, que se dieron a conocer con su trabajo para Coperni, devolvieron a Corrges a la Alta Costura.


En su desfile, transmitieron el ADN de la marca al añadir un toque de modernidad, con prendas fáciles de llevar y combinables entre sí para permitir que con vestimentas simples se pueda crear un amplio abanico de posibilidades.

Courrèges, aquejado del mal de Parkinson desde hace tres décadas, pudo ver aún en vida el resurgir de un nombre que pasará a la posteridad.

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