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Crack: la vida hecha humo

El narcomenudeo de esta sustancia va en aumento. Así lo confirman las estadísticas de las autoridades. También ha aumentado el consumo. Las medidas encaminadas a evitar que las cifras del crack sigan abultándose, sin embargo, no han sido lo suficientemente efectivas. En el rostro de Marvin se cuentan las historias de tantos más a quienes la vida se les va en conseguir las piedras.
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El desvencijado encendedor de Marvin se niega a tirar la chispa. Chisporrotea cinco veces en las mugrientas manos de este flacucho cuarentón, hasta que brota una llama pequeña, pero suficiente para encender una bolita amarillenta que yace en una malla metálica, en la punta de un modificado tubo de ensayo. Los labios –llenos de ampollas– succionan el humo que sale al otro lado del tubo; tras el primer jalón, se esparce en la zona un olor dulzón, como a plástico y amoniaco. Desaparece al instante el tufo a podrido –una mezcla de heces, orina y sudor–, que usualmente invade esta acera de la esquina que se forma entre el paso superior de la 25.ª avenida norte y la alameda Juan Pablo II, en la capital.

Lo que Marvin fuma esta mañana de mayo es crack, piedras del tamaño de un centavo de dólar. A simple vista se confunden fácilmente con terrones de azúcar; pero, según expertos en el tratamiento de adictos, se trata de la forma más potente de la cocaína. Resulta de mezclar y cocinar el polvo de coca con bicarbonato. Aunque hay una manera más fácil de obtener esas piedras: la costra que queda en la olla donde se prepara la cocaína se puede mezclar con acetona, ácido sulfúrico y hasta con café. Esta reacción química hace que se cristalicen los alcaloides de la hoja de coca y se conviertan en una pasta dura que luego se puede calentar y fumar. Se le dice crack por el ruido que hace al someterla al fuego mientras se cocina.

Minutos antes de empezar a fumar, Marvin hace un resumen de su vida, de cuando tenía una vida de verdad; porque ahora parece un muerto viviente. Tiene los ojos sumidos y se diferencia de un esqueleto solo porque está recubierto de una piel amarillenta. Recuerda, sentado en un ladrillo de bloque, mientras sonríe y deja ver los ampollados labios quemados por la pipa caliente, que tiene dos hijos “adolescentes y muy bonitos”, a quienes no ve desde hace “unos cinco años”, desde que empezó a desesperarse más por obtener cocaína con el poco sueldo que obtenía como tapicero. Una adicción que le hizo olvidarse de su vida y de los suyos y que lo empujó primero a perder el empleo y después a su esposa. Sus hijos. Su casa. Su hogar. Sus amigos. Todo; o casi todo, porque por ahora aún tiene otra bolita de crack que se dispone a poner en el tubo.

Instrumentos. Un adicto al crack muestra un tubo de ensayo modificado y una serie de alambres con los que consumirá la droga.

Listo. El alambre sirve para presionar la piedra al fondo del tubo de ensayo a un filtro (construido también con alambres) para que esta no se deslice al fumarse.

Después de jalar tres veces el humo de la segunda piedra, Marvin se olvida de sí mismo y de qué hace en esta esquina que ha sido acondicionada para que haga las veces de un dormitorio o una sala de estar, según convenga. Cuenta con un viejo colchón manchado por orina y heces, una pila de ladrillos de bloque acomodados junto a una baranda de cemento que alguna vez el Fondo de Conservación Vial pintó de anaranjado, una colchoneta, un par de almohadas, un viejo sillón y papel, mucho papel periódico esparcido sobre el reventado piso de cemento de la acera. A los pocos minutos, lo que queda de Marvin salta del sillón y forma con los brazos una “V”, de victoria dice, mientras sigue jalando humo con la pipa en la boca. Está en éxtasis, vuelve a la vida, se siente fuerte, potente, vigoroso. Baila y sonríe. Sonríe y baila.

Un médico, que ha tratado a adictos al crack de clase media y que pide el anonimato para este reportaje, dice que el humo que proviene de esa piedra ingresa sin contratiempos al torrente sanguíneo y luego sigue directamente al cerebro, un viaje mucho más rápido que la aplicación intravenosa de la heroína y la inhalación del polvo de la cocaína. Es por eso, agrega, que el crack crea un estado de placer y euforia casi inmediato; pero que dura a lo mucho diez minutos. Se trata, de acuerdo con el médico, de una dependencia psicológica muy destructiva que puede deteriorar a una persona en poco tiempo. En otras palabras, el sueño de un narcotraficante: su producto produce un placer intenso y quien lo consume se vuelve rápidamente en un adicto.

Quince minutos más tarde, Marvin siente pánico y mucha tensión. Tiene una necesidad desesperante por otra dosis y como no ha podido conseguirla, ahora sufre de ansiedad, agresividad y depresión. Busca con necedad infantil debajo de la suela de sus zapatos, de la pila de ladrillos y del papel periódico estrujado sobre el piso una inexistente bolita de crack que supuestamente se le ha caído. Después de remover cuanto objeto ha podido no hay más crack, nunca se le cayó. Es parte del proceso de psicosis que sufren los adictos a esa forma de cocaína tras suministrarse una dosis. Marvin cae rendido en el viejo colchón.


***

Marvin llegó al crack “hace como un año” porque ya no pudo sostener económicamente el consumo de cocaína. En la cadena de producción-adicción de la coca, el crack está en el peldaño más bajo, según quienes se mueven en este mundillo de negociar con droga; pero aún así, representa ganancias jugosas para los narcotraficantes, debido a los beneficios que otorga vender al menudeo. Algo así como desmembrar un vehículo y venderlo en partes. De acuerdo con la Agencia Norteamericana de Regulación de Drogas (DEA, por sus siglas en inglés) a finales de los setenta hubo una sobre saturación de polvo de cocaína entrando a Estados Unidos. Eso causó que el precio de la droga cayera hasta un 80 %. Enfrentados a esa caída de precios, los traficantes convirtieron el polvo en crack, una forma sólida de cocaína que se podía fumar.

Otto, un agente antinarcóticos encargado de investigar el narcomenudeo en el Área Metropolitana de San Salvador, dice que los 28 gramos de cocaína –necesarios para producir 650 piedras de crack con una pureza aceptable– tienen un costo de $340. La venta del total de esas piedras, a $1 cada una, representa una entrada neta de $650, lo que le deja a un narcotraficante una ganancia del 90 % por cada “tortilla”, le llaman así a la forma redondeada que adopta la pasta tras cocinar la cocaína con bicarbonato y de donde se cortan las piedras.

Quienes cocinan las tortillas de crack, según Marco Tulio Lima, exjefe de la División Antinarcóticos (DAN) de la Policía Nacional Civil (PNC) y ahora encargado de la Fuerza Especializada de Reacción (FES), son parte de un negocio que es manejado por familias que por años se han heredado el ilícito y se han arraigado en comunidades populosas. Ahora, sin embargo, las cantidad de gente involucrada en el negocio va en aumento. Lima identifica a cinco de esas comunidades solo en el municipio de San Salvador: en los alrededores del Centro Internacional de Ferias y Convenciones (CIFCO), la avenida 29 de Agosto, en los contornos de la antigua sede estatal de Ferrocarriles Nacionales de El Salvador (FENADESAL) y en tres etapas de la comunidad Tutunichapa, una de ellas ubicada a un costado de la alameda Juan Pablo II, a pocos pasos de donde esta mañana Marvin busca sin acierto su imaginaria piedra de crack que se supone cayó en algún lugar de esta mugrienta esquina. Los informantes le han dicho a la policía que desde esta comunidad se comercializa un aproximado de tres kilos de cocaína al día en forma de crack.



Cocina y bodegas. La DAN tiene perfiladas algunas familias de comunidades del AMSS como productoras y distribuidoras de la droga.

Lima está convencido de que hay un aumento sostenido del narcomenudeo en el país en los últimos años, donde la reina del negocio es la marihuana y en segundo lugar la cocaína. Cree tanto en esa hipótesis que la plasmó en una tesis para ascender en 2013, junto a los todavía inspectores Fausto Antonio Carranza y Rómulo Pompilio Romero, al grado de subcomisionado de la PNC. El exjefe antinarcóticos echa mano de ese documento de 239 páginas, desde su oficina en el cuartel central de la PNC, para dibujar la forma de distribución de droga. Quienes controlan el negocio son redes que contratan, muy parecido a la figura de concesionarios del mercado formal, a otras redes de narcomenudistas que controlan negocios a escala departamental, municipal y comunal, quienes abastecen el mercado con pequeñas cantidades que van desde gramos hasta onzas de cocaína. Estos suministran la droga no solo en cocaína, sino que para efecto de obtener mayor ganancia la cocinan separándola para convertirla en crack. Así, obtienen hasta $52,000 de un kilogramo de cocaína, valorado en $13,000, a una pureza que va del 30 % al 40 %.

Según el exjefe de la DAN, hay tres razones que están impulsando un mayor mercado de drogas al por menor. La primera es la mayor participación de pandillas que migran hacia el narcotráfico. La segunda, el pago en especie de los narcos mayoristas a las “mulas”, quienes trafican con cocaína y marihuana en el cuerpo o en maletas, y a conductores de furgones (a razón de 1 kilo de coca por 10 transportados). Y la tercera, la expansión del mercado hacia otros centros de comercialización.

Un informe de la Oficina de Información y Respuesta de la PNC da cuenta que desde 2011 a la fecha se han detenido a 842 personas vinculadas a los delitos de tráfico ilícito, posesión y tenencia de crack. Además, las incautaciones de ese tipo de cocaína no son tan importantes: 3.95 kilogramos en 2014 y 2.71 kilos el año pasado. El documento consigna que en los primeros cuatro meses de este año, las incautaciones de crack suman únicamente 56 gramos (0.06 kilos).


Narcomenudeo. Un agente realiza una inspección dentro de una casa en la comunidad Tutunichapa 1, donde se encontró pequeñas porciones de droga.

Estos números cambian drásticamente cuando se habla de cocaína en polvo. En cinco años suman 8,500 kilogramos incautados, principalmente en la zona oriental del país, donde está afincado uno de los carteles más importantes del país: Los Perrones, cuyo jefe, Reynerio de Jesús Flores Lazo, fue condenado en 2012 a 80 años de prisión tras comprobársele el uso de furgones para el trasiego de coca. Aunque en los últimos meses, han ocurrido decomisos importantes de cocaína en la costa del departamento de Sonsonate.

Las cifras de la OIR también reafirman que El Salvador es un país que se decanta más por el consumo de marihuana con 779 kilogramos incautados en los últimos cinco años. La mayoría de estos hallazgos han ocurrido en la zona occidental y paracentral del país. Las autoridades tienen una explicación para eso: la marihuana ingresa al país principalmente de Guatemala.

Lima, vestido con uniforme azul de fátiga, busca entre su laptop su tesis sobre narcomenudeo y dice que se trata de un negocio que cuenta con un administrador, que por lo general es alguien contratado por el propietario y dos operadores; uno que realiza las entregas del producto y otro que se encarga de recoger el dinero. Estos dos operadores, además, se encargan de contactar, a diferentes horas, a los cocineros y comerciantes. La consigna del narco es nunca juntar droga con dinero.

Otto, investigador de la DAN, dice que la marihuana y cocaína ya procesadas y listas para el despacho son transportadas desde las comunidades, que sirven de bodegas en pequeñas cantidades a restaurantes, librerías, bares, discotecas, estadios, tiendas, comedores y otros centros de distribución para ser vendidas al menudeo, cuyo principal objetivo son los jóvenes: la DAN tiene identificados 180 centros escolares, entre públicos y privados, que se encuentran acechados por pandilleros u otros comerciantes de droga en busca de potenciales clientes entre los alumnos. LA PRENSA GRÁFICA publicó en julio de 2015 que 181 pandilleros fueron arrestados en el interior o enfrente de escuelas o colegios entre enero de 2014 y junio del año pasado. Uno de los delitos que más se les imputaba era tenencia y tráfico de drogas.


***

Es junio y la esquina donde Marvin bailó por el crack hace una semana luce diferente. Son las 10 de la mañana y un plástico negro cubre la pared y la baranda anaranjada de la acera. Adentro, duerme Germán, un adolescente sin camisa que recién se ha vuelto adicto al crack. Afuera del improvisado dormitorio hay dos mujeres que también parecen esqueletos andantes: Carmen y Lucía. Ambas se pueden describir de la misma forma: delgadas, morenas, ojos profundos y unos cabellos alborotados que se mantienen firmes por la falta de un baño. Las diferencia es la férula de yeso que cubre el brazo derecho de Carmen.

Lucía dice que su trabajo en la vida es ser feliz, a eso se dedica. Y para conseguirlo deambula junto a Carmen entre las calles adyacentes a la comunidad Tutunichapa I, donde más tarde irán por tres piedras de cocaína con los $5 que lograron obtener en el transcurso de esta mañana. Su cotidianidad en busca de la felicidad es simple: acercársele a cualquier cosa que se mueva y pedirle dinero o recoger del suelo todo lo que se pueda convertir en dinero: latas, plástico u otro desecho. Esto lo venden e invierten lo ganado en comprar una piedra de crack, de esa “felicidad” que viene envuelta en papel aluminio para evitar que la dañe la humedad.

A dos metros de la esquina donde duerme Germán, está Antonio, otro adolescente que realiza una función vital para el narcomenudeo en esta zona, según el informante. Antonio debe vigilar a personas desconocidas para estar atento a la llegada de investigadores o agentes policiales. Es delgado y sus grandes ojos grises contrastan con su piel amarillenta y sus cabellos desordenados que le hacen alacranes en las prominentes mejillas. Viste un pantalón deportivo azul con vivos blancos, que una vez fueron blancos y una camisa barata del Real Madrid C.F.

Esta mañana, Antonio se pasea impaciente bajo la sombra de una vieja ceiba que adorna la esquina que une la alameda Juan Pablo II y la 25.ª avenida norte, porque un agente policial recién se ha bajado de una motocicleta al otro lado de la acera, frente al Hospital General del Instituto Salvadoreño del Seguro Social. Pese a que el policía no está allí para indagar sobre narcotráfico, Antonio no aparta sus ojos grises del uniformado, que ha llegado a controlar el tráfico ante el paso de una marcha de ambientalistas que caminan hacia la Asamblea Legislativa mientras lanzan consignas por un altavoz para exigir la aprobación de una ley de agua y de otra que garantice alimentos para todos.


La vía pública. Un trozo de la acera entre la 25 avenida norte y la alameda Juan Pablo II luce acondicionada para el consumo de crack.

Antonio solo se desconcentra ante la llegada de un pick up verde, doble cabina, polarizado que viaja en el carril contrario para evadir a los manifestantes, se estaciona justo en la acera frecuentada por Marvin y compañía. De ese carro se baja un tipo fornido, como de 40 años, viste una camisa celeste a cuadros y un pantalón de lona, no aparenta ser un adicto. No ha visto o no le importa la presencia del agente policial a solo metros de distancia, entra a la esquina y levanta a Germán de un grito. Le hace que se vista una playera amarilla que recoge del piso y le entrega un abultado sobre de manila. Germán sale de la esquina y se pierde tras abordar un autobús de la ruta 3 que en ese momento ha logrado sortear la marcha de los ambientalistas.

Antonio, más allá, tiene los ojos abiertos, luce inquieto y alterna la mirada entre el recién llegado y el agente motorizado. Luce como si presenciara un partido de tenis por la forma en que rebota la mirada entre uno y otro extremo. El hombre del sobre aborda el vehículo y se marcha, siempre en sentido contrario.

Marvin, Germán, Antonio, Carmen, Lucía y otros indigentes adictos a la cocaína y al crack que pululan a diario en la zona donde funcionan hospitales públicos nunca serán tratados por su adicción. El Estado no posee un programa para atender los casos de drogodependencia, pese a el estimado que hace la DAN de un aumento del narcomenudeo.

Una de las pocas caras visibles más organizadas en el tema es FUNDASALVA, una ONG dedicada a la “prevención, tratamiento y rehabilitación del uso indebido de alcohol y otras drogas”.

Luis Hernández, terapeuta de FUNDASALVA, dice que para obtener tratamiento en la institución es necesario que el interesado o alguien cercano al adicto hable para concertar una cita. “Se le llama a una sesión. Evaluamos, se trata de un proceso donde vemos hasta que tipo de gravedad tiene y así lo atendemos”. Los casos de los que habla Hernández son de adictos de clase media, principalmente, que tienen una vida social dentro de los parámetros habituales: cuentan con empleo, casa, hogar o son estudiantes. Entre el 25 % y 30 % de las atenciones son consumidores de cocaína y un 34 % de marihuana.

El terapeuta reconoce que Marvin y compañía no tienen esperanza: “Una persona con ese perfil es bien difícil que busque ayuda, no tiene acceso al tratamiento. Son personas que andan en la calle”.


Deuda. El Estado salvadoreño ha enfocado su política antidrogas en la captura de distribuidores del producto, no en la rehabilitación de adictos.

El grupo de adictos al crack al que pertenece Marvin solo le importa a los cocineros de la cocaína y distribuidores. Un vendedor de droga, al que una vez atrapó la policía y decidió convertirse en soplón para no ir a la cárcel, dice que ninguno de los que frecuenta esta esquina de la 25.ª avenida norte y la alameda Juan Pablo II o algunas adyacentes a las comunidades donde se cocina la cocaína, es un comprador habitual de las piedras, se las ganan: deben llevar escondidas las tortillas de cocaína hasta donde se vende, como la Miramonte, una zona residencial que se encuentra plagada de bares, para que meseros y bármanes puedan distribuirlas a los clientes. Solo así, el encargado les pagará con la cantidad de piedras que él estime conveniente.

El exfeje de la DAN lo escribió más claro en su tesis de grado: “El Estado solo se preocupa por atender el narcotráfico desde la aplicación de la ley, de la represión del delito, la captura y el encarcelamiento de los traficantes y consumidores; pero deja en segunda instancia la atención a la salud pública de los afectados y de las causas sociales y económicas que los empujó a ser drogadictos, a ser indigentes”.

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