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Cultura ciudadana y aprendizajes

Borremos de la mente que debemos ahorrar a costa de la educación y la cultura. Ese ahorro salió caro. Las pérdidas del potencial humano son dramáticas.
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El día del partido de fútbol entre El Salvador y México viajaba en un vehículo manejado por mi hijo, en el que también viajaban mi nuera y un nietecito, junto al que yo iba en el asiento de atrás. De pronto, el niño se puso serio, apretó su mano contra el pecho, en el lugar que decimos es el corazón.

“¿Qué le pasa a Andrés?”, pregunté. Yo no había escuchado que su padre tenía encendida la radio a bajo volumen y estaba comenzando el acto protocolario del encuentro futbolístico. “No le pasa nada”, dijo mi hijo después de girar la cabeza hacia atrás para mirarlo. Andrés tiene dos años cinco meses, es de carácter risueño y alegre. Me llamó la atención su seriedad y su mano contra el pecho.

“Va a comenzar el partido de fútbol y están tocando el himno nacional”, intervino la madre desde el asiento del copiloto. “Él ya sabe que al escuchar el himno debe ponerse la mano en el corazón”, agregó. Me reí de mi inocencia.

¿Por qué relato esto? Para convencerme de lo fácil que se vuelven los aprendizajes si se les pone interés de fondo. Para esto es importante conocer los contextos, la realidad. Una de las grandes fallas de las prácticas ciudadanas es creer que la verdad se esconde en las gavetas y sillas del escritorio, lo que crea un síndrome de la inmovilidad. Hemos adquirido actitudes pasivas e isla, nos angustiamos al pensar que hemos tocado fondo en el manejo de los problemas sociales. El aislamiento produce ansias, nos desespera el hecho de no poder encausar los comportamientos: valores cívicos, éticos y culturales. Nos acomodamos justificando que “si otro lo hace, yo también puedo hacerlo”.

Aceptemos, cambiar tal patrón cultural no es cosa de un día para otro, por eso las acciones educativas deben ser la estrategia vital del Estado. “¿Si fulano no se esmera y no cumple con las funciones que le corresponden, por qué voy a esmerarme yo, por qué voy a trabajar si otros no trabajan?”. Es el síndrome del escritorio.

Lo peor es cuando concluimos que todo lo negativo del presente es invariable. “Tal como vamos, en menos de 10 años nos habremos liquidado los unos a los otros”, me dice un lector. Aun en acciones simples como irrespetarle al peatón el derecho a cruzar la calle. Entiendo, por eso propuse no usar las pasarelas, y otro lector me dijo que estaba propiciando los atropellos vehiculares. Respondí que mi idea era usar semáforos con numeración retroactiva. Esto educará al ciudadano y al automovilista. Anula ansiedades enfermizas y da seguridad. “Jamás quienes manejan vehículo van a respetar a quien cruza una boca calle, ya nos acostumbramos a pensar que el vehículo es superior a la vida del peatón”, me reitera el lector. ¿Síndrome caníbal?

Otro me dice: “Estoy de acuerdo con usted, ¿pero vamos a ver estos cambios los que ahora tenemos 50 años o vamos a morir soñando?”. Es posible verlo si facilitamos transformaciones educativas y culturales desde ayer. “Lo que propone es una locura, si no subimos las pasarelas, esos adefesios que usted dice, habrá más muertos, por favor ya no promueva eso”. Le reconfirmé mi desacuerdo. Esa obligación es inconstitucional e inhumana. Debemos promover la cultura de respeto al otro, y las pasarelas son inhumanas, una arbitrariedad que desprecia al prójimo. Pero los aprendizajes si se imponen desde arriba hacia abajo se vuelven indiscutibles, cuando esa relación debe surgir desde arriba hacia abajo y viceversa, con transparencia y democracia participativa. Escuchar al ciudadano.

Recuerdo que John Sununu, de madre salvadoreña, aunque pocos lo sabemos, fue jefe de gabinete (chief of staff) del presidente George H. W. Bush, presentó su renuncia cuando fue cuestionado por aceptar un pasaje gratuito de una compañía aérea comercial, en Washington a Chicago. Esto arriesgaba la imparcialidad de responsabilidades presidenciales de un alto funcionario, aunque se tratara de una personalidad de alta preparación científica, “un cerebro” como decimos. Aunque estamos lejos de esos aprendizajes democráticos, es justo aspirar a ello. No sucederá si nos cruzamos de brazos.

Lo desaprendido lo están pagando caro los jóvenes, y el país entero, porque no se prestó atención a las exclusiones, hubo indiferencia para desarrollar nuestras potencialidades humanas. Por años hemos dejado todo a la “buena de Dios”. Descuidamos la escuela y la preparación docente porque no hubo presupuesto. Relegamos la meta estratégica que podría reinventarnos, la educación tuvo que apretarse los cinturones. Desaparecieron los instructores de deporte, los profesores de música; el tiempo destartaló algunas escuelas, no hubo dinero para repararlas. Fue la política del “sálvese quien pueda”, a sabiendas de que la mayor parte de los habitantes del territorio común carecen de salvavidas. Todos constituimos la nación. Malos y buenos, honestos y deshonestos. Con sinergia podemos reconstruir una mejor legitimidad democrática, comenzando por satisfacer necesidades culturales al cultivar creatividad y valores nacionales. Además, no hay democracia sin facilitar accesos culturales y educativos, tolerancia a las ideas, promoción de obras literarias y artísticas, investigación científica.

Sin embargo aprendimos, a partir de normas dadas, desde posiciones de poder que no repararon en que se aprende a través de una doble vía, tomando en cuenta las necesidades provenientes de los excluidos. Esta subcultura no va a solventarse de la noche a la mañana, tampoco vamos a esperarlo como esperar el maná del cielo.

Reflexionemos: un niño y una niña de dos, tres, cuatro años son patria y nación; en menos de dos décadas serán ciudadanos. Es poco para nuestra historia dramática, rendimos culto a quienes exigieron y firmaron el acta de independencia, aunque nuestros próceres la declararon con una prevención: “Antes que la haga el pueblo”. Debemos dispensarlo porque aconteció hace dos siglos y es manifestación respetable de la historia patria.

Concluyo: borremos de la mente que debemos ahorrar a costa de la educación y la cultura. Ese ahorro salió caro. Las pérdidas del potencial humano son dramáticas. Promovamos el derecho a imaginar, aprendamos saliendo a la vida. Si Andrés –con menos de tres años– aprende, ¿por qué no los adultos?

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