Lo más visto

Daniela y el globo terráqueo

Hubiese hecho mal si hubiera decidido ya no viajar más con mi papá. Musculó mi imaginación. No olvido cuando estacionó su carro en el aeropuerto de Ilopango y pagó un viaje en avioneta a San Miguel.
Enlace copiado
Daniela y el globo terráqueo

Daniela y el globo terráqueo

Daniela y el globo terráqueo

Daniela y el globo terráqueo

Enlace copiado
Cruz del rayo

Sobre mi buró he puesto un globo terráqueo. Mi sobrino de dos años cree que es un balón. Mi sobrina de cinco parece más intrigada, esta semana me pidió que le señalara a El Salvador por tercera vez. “¿Y siempre ha sido así de chiquito, tío?”. Y le respondí que no.

Cuando tenía más o menos su edad, El Salvador era inmenso. Cada fin de semana, mi papá me ordenaba subir a su pick up Subaru color gris. A veces no quería ir, porque sabía que el viaje iba a ser largo. Mi papá era entonces un mochilero tan estoico y aventurero que prescindía de una mochila con víveres. Lo suyo era conocer polvaredas, junglas y pueblos hasta donde la gasolina y la luz del día alcanzaran. El almuerzo lo resolvía en el camino.

Un domingo, después de un larguísimo viaje a través de una estrecha carretera, arribamos a Sonsonate. Recuerdo que la llamaban “la ciudad de los cocos”. Y era cierto: sus cocoteros se espigaban por doquier como enormes abanicos. Por esa época –en los ochenta–, muchas de las vendedoras más encanecidas del mercado lucían ropas indígenas. Me embelesaba verlas casi siempre descalzas y murmurando cosas que no entendía. Quizá por eso, mi papá decidió internarse en la carretera de pedruscos y polvo que conducía a un pueblo donde la raigambre indígena era más acusada, Santo Domingo de Guzmán. Y me resultó misteriosísimo.

Vi ranchos pajizos terminados en punta. Vi a varias indígenas horneando comales con sus pechos al descubierto y a una altísima cascada que se despeñaba en medio de una jungla. Y me sorprendía la soledad, la falta de bañistas o ranchos. Sabía que era un fortín indígena, pero ignoraba que era el último del país.

En sitios como Santo Domingo era difícil hallar una Coca-Cola; y así me sabía más extenso el país. Llegué a llorar porque me sentía lejísimos de San Salvador. En otra ocasión, mi papá me condujo hasta el pueblo más recóndito que pudo encontrar: Santa Rosa Guachipilín –entre los departamentos de Santa Ana y Chalatenango–. Para alcanzarlo había que cruzar al río Lempa, que a esa altura y en época de verano era relativamente pacho. El pick up logró vadearlo, pero al alcanzar la orilla se apagó. Y me sentí desconsolado, como en el fin del mundo y lloré junto al Lempa.

Hubiese hecho mal si hubiera decidido ya no viajar más con mi papá. Musculó mi imaginación. No olvido cuando estacionó su carro en el aeropuerto de Ilopango y pagó un viaje en avioneta a San Miguel. Antes de despegar, ya tenía mis ojos bien abiertos y pegados a las ventanillas. En el país cabían tantas cosas: volcanes, lagos, pueblos y cultivos. La campiña usuluteca parecía una alfombra persa rojiblanca de tanto sorgo y algodón; la migueleña lucía erizada de agave –henequén–. Al aterrizar, sé que bebimos unas gaseosas bien heladas marca Embomisa –las siglas de Embotelladora Migueleña S. A.– y volvimos.

Cuando era un niño, tenía otra idea de El Salvador. No tuve un globo terráqueo que me sirviera de talismán de la abstracción. Para mí era grande.

No sé si es peor o mejor, pero ha cambiado mucho en poco tiempo. Me consta que hubo campesinos jóvenes que tenían las manos bronceadas y cuajadas de venas. Del municipio de San Juan Nonualco recuerdo haber tenido que levantar mi mirada para contemplar las uvas que vendimiaba Cosme Spessotto, el padre italiano que había sido asesinado pocos años antes, cuando se inauguró una guerra que no entendía. No sabía quiénes eran los buenos y quienes los malos; quizá fue bendición ser hijo de una madre católica de izquierda y de un padre ateo de derecha. Cátedra de pluralidad.

A veces lamento que mi sobrina sienta tan estrecho al país en la teoría y en la práctica. Nunca ha salido a jugar a la calle porque ahora es muy inseguro. Nunca verá los viñedos viroleños, ni los agaves migueleños, ni los cocoteros sonsonatecos, porque ya no existen. Ojalá y con el tiempo tenga voluntad de querer conocer y rescatar lo mejor de su país. Estoy seguro que así lo sentirá más grande de como se ve en el globo terráqueo

Tags:

  • carlos chavez
  • sonsonate
  • santo domingo de guzma
  • rio lempa
  • el salvador
  • globo terraqueo

Lee también

Comentarios