Lo más visto

Darío, la Centroamérica universal

Rubén Darío fue quien universalizó a los centroamericanos, es el príncipe de la poesía castellana. Pero no le dimos seguimiento a su vanguardismo humanístico.
Enlace copiado
Darío, la Centroamérica universal

Darío, la Centroamérica universal

Darío, la Centroamérica universal

Darío, la Centroamérica universal

Enlace copiado
El centenario de Rubén Darío no deja de celebrarse con libros. De pronto me doy cuenta de que cada año que pasa continúa su vigencia, la importancia de su legado se vuelve más consistente, a pesar de que la poesía latinoamericana en la segunda mitad del siglo XX no estuvo muy cerca de él. Las presencias de César Vallejo y Pablo Neruda lo neutralizaron como influencia.

Muchos de los poetas salvadoreños del siglo pasado nunca descubrimos la grandeza de Rubén Darío. Ese es mi caso, a pesar de que gané, en 1967, un premio de poesía que llevaba su nombre. Hubiera sido el momento propicio de entrar a su palacio verbal, que no solo fue de malaquita y cisnes. En esos momentos me pasé a la novela, que me lanzó hacia otros autores. De él solo reconocíamos sus poemas divulgados por la declamación tradicional.

De esa generación de salvadoreños, solo el poeta Roberto Armijo le dedicó un ensayo, “Rubén Darío y su intuición del mundo”. Nos conformamos con regodearnos en el hecho de que fue nuestro Francisco Gavidia quien le abrió las puertas de esa suntuosa musicalidad en sus versos, inexistente en esos tiempos en la poesía castellana y en que el poeta y general Juan José Cañas (autor del himno nacional de El Salvador y capitán en la guerra contra los filibusteros en Nicaragua) le recomendó dejar Centroamérica para desarrollar su talento literario.

“Vete, aunque sea a nado”, le dijo. Y bien que lo hizo. Cañas no se limitó al consejo y le dio cartas de recomendación al que apenas había dejado la adolescencia para dirigirse a Chile, país en el que había sido diplomático, considerado en ese tiempo, y ahora, pionero en América Latina de una educación que trasciende en riquezas humanísticas.

En Chile Darío escribió el libro que le abrió las puertas a la universalidad, “Azul”, cuando apenas contaba con 20 años. Era explicable que el ángel del destino literario lo estaba esperando en ese país. Su genialidad temprana despertó numerosas simpatías hacia el poeta excepcional que llegaba desde un trópico lejano para impresionar a una élite que propiciaba el arte y la cultura, opuesta a esa cultura de encomenderos de la que provenía.

Por algo Darío buscó en edades tempranas a El Salvador. Incluso después de su regreso de Chile, donde lo recibió el constitucionalista Francisco Menéndez. Antes lo había acogido Rafael Zaldívar, cuando el poeta apenas contaba con 17 años y huía de su Nicaragua natal.

El gobernador de Managua declaró: “He oído decir que es un poeta, y para mí poeta es sinónimo de vago. Declaro que lo es”. Y fue condenado a barrer las calles en una cadena de presos, “por ejercer la libertad de palabra”, afirma Sergio Ramírez en referencia a que una de las razones de su persecución fue la publicación de una crítica al gobernante de la época, uno al que nadie recuerda, excepto por su patanería antihumanística.

Hay otro detalle interesante sobre su vida en El Salvador. En 1889 la Imprenta Nacional le publicó un libro en primera edición sobre uno de los grandes amigos que había hecho en Chile: Pedro Balmaceda Toro, hijo de un famoso presidente de ese país. El joven, quien murió a los 21 años, no solo le abrió las puertas de la Casa Presidencial chilena, sino que editó el primer libro publicado por Darío: “Abrojos”. Este texto se titula “A. de Gilbert”. Era el seudónimo literario del muchacho malogrado a temprana edad. Esta obra la tenemos digitalizada en la Biblioteca Nacional, prologada por Juan José Cañas.

Darío también tuvo una faceta como periodista, que comenzó, como no podía ser de otra forma, en Chile. Tras apenas aterrizar en Santiago trabajó como reportero en La Época y luego en El Heraldo, de Valparaíso. Aquí hay una paradoja: el director lo despidió por escribir bien. “Nuestro periódico necesita otra cosa… Y por escribir bien me quedé sin empleo”, dice Darío en su autobiografía. Sin embargo, en La Época fue ascendido como segundo redactor, según le escribió a Juan José Cañas.

Gracias a esta faceta también se conectó con El Salvador, pues a su regreso a este país fue nombrado director del periódico La Unión. Volvió a Suramérica y fue contratado por La Nación de Argentina, cargo en el que duró todos los años de su vida como periodista, aun desde Europa. “No existe publicación periódica en lengua española donde no apareciera su firma en un espacio destacado”, dice Noel Rivas Bravo, estudioso de la obra de Darío.

Rubén Darío fue quien universalizó a los centroamericanos, es el príncipe de la poesía castellana. Pero no le dimos seguimiento a su vanguardismo humanístico. Por el contrario, fuimos retrocediendo en este campo para desmedro de un desarrollo educativo integral.

Su nombre resuena hoy a 100 años de su muerte, por lo que se ha querido honrar su memoria en todo el ámbito de la lengua castellana. Parte de esos homenajes ha sido la publicación de dos libros que recomiendo a los investigadores literarios: “Rubén Darío, del símbolo a la realidad” (Academia de la Lengua, Alfaguara, 2016) y “El último año de Rubén Darío” (2015).

El segundo es una rica investigación de 700 páginas de Francisco Bautista Lara. El autor nos revela cómo vieron en la prensa y las revistas de Centroamérica el paso del poeta en Europa y Nueva York hacia su descanso final. El regreso lo hizo cuando sus poemas ya eran universales: había descubierto un lenguaje inusual, inédito en la poesía de España.

“Con Rubén Darío resucitó la lengua española”, dice el mexicano Emilio Pacheco. “Fue el nuevo poeta que necesitaba la América y que España no tenía… nada hay en verso castellano que vaya más lejos que el mejor Darío”, afirma el catalán Pere Gimferrer.

En esa misma época de mi paso a la novela fui director de la Editorial Centroamericana (EDUCA, Costa Rica), donde tuve el honor de publicar la que quizá sea la biografía más exhaustiva del poeta: “La dramática vida de Rubén Darío”, de don Edelberto Torres, una edición de pasta gruesa, la única que se hizo en toda la existencia de esa editorial, para lo cual solicité contribución de honor a amigos costarricenses y nicaragüenses. Es una edición que, por desgracia, no conservo. En los créditos salen los nombres de los contribuyentes. Don Edelberto, en esa obra de detallada investigación, fue el primero que me reveló la grandeza de quien fue reconocido como príncipe de la poesía castellana.

A nosotros nos antecedió una época en la que varios grandes poetas y escritores de España no quisieron reconocer su valor, sobre todo por prejuicios raciales. Así, Luis Cernuda señaló defectos en los poemas darianos por “llevar en sus venas sangre india”. Y el reconocido Leopoldo Alas se excedió al afirmar que nuestro poeta centroamericano “no tiene en la cabeza más que una indigestión cerebral con desvaríos de la poesía francesa de tercer orden”, y otros insultos que no valen la pena citar aquí. Miguel de Unamuno fue un poco menos grosero con el gran poeta cuando solo pudo ver en él plumas en la cabeza. Años más tarde, Darío, ya con conquistada gloria, le dedicó al bilbaíno un soneto famoso. Admirado, el humanista hispano le preguntó al nicaragüense cómo hizo para escribirlo. Darío le respondió con una elegante punzada: “Gracias a las plumas de mi cabeza”.

Tags:

  • manlio argueta
  • rubén darío
  • francisco gavidia
  • legado
  • el príncipe de los poetas
  • modernismo

Lee también

Comentarios