“De la hamaca al trono y al más allá”

El martes, en la Universidad Tecnológica, se presentó el libro “De la hamaca al trono y al más allá: críticas de la obra de Manlio Argueta”. Esta es una recopilación de ensayos que se arrancan de los libros publicados por el escritor salvadoreño que ha sido traducido a más idiomas. Este que les presentamos hoy es uno de esos textos y fue escrito por Linda J. Craft, de la Universidad de North Park, Chicago; Ana Patricia Rodríguez, de la Universidad de Maryland; y Astvaldur Astvaldsson, profesor de la Universidad de Liverpool, Inglaterra.
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“De la hamaca al trono y al más allá”

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Ilustración de LA PRENSA/ Salomón

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i se toman en cuenta los títulos de las seis novelas de Manlio Argueta, se puede establecer un movimiento que va desde lo humilde hacia lo hegemónico en el desarrollo de los temas. En efecto, desde “El valle de las hamacas” (1970) hasta “El poder tras el trono” –el primer título de “Siglo de o(g)ro”–, el lector encontrará una transformación emblemática de la experiencia del autor. Criado en una pobre pero cariñosa familia de provincia, rodeado de “madres” protectoras, Argueta se trasladó a la capital, San Salvador, en 1956 para matricularse en la Universidad de El Salvador. Ahí prosperó como escritor hasta irse al exilio en 1970. Volvió en 1992 después de la firma de los Acuerdos de Paz, e inspiró respeto como director de la Librería Universitaria de la Universidad de El Salvador, y en otros cargos en la misma universidad: director de Comunicaciones, director de la Editorial Universitaria, secretario de Relaciones Nacionales e Internacionales y director de Arte y Cultura. De ahí pasó a la Biblioteca Nacional, puesto que mantiene actualmente.

Sin embargo, el paralelo termina ahí. En realidad, cuando se considera el contenido, el estilo o la forma de las novelas tempranas en contraste con las posteriores, se encuentra una inversión. El ambiente urbano, las técnicas sofisticadas vanguardistas y la nueva narrativa de “El valle de las hamacas” (1977) y “Caperucita en la Zona Roja” (1977) ceden a una expresión más directa y telúrica en las novelas testimoniales, como “Un día en la vida” (1980) y “Cuscatlán, donde bate la Mar del Sur” (1986), a medida que Argueta relata las luchas políticas de los campesinos, especialmente de las mujeres, para realizar una vida de justicia y dignidad. Finalmente, en las últimas novelas “ Milagro de La Paz” (1994) y “Siglo de o(g)ro” sigue con su interés en los residentes humildes de las provincias, pero al mismo tiempo da un giro hacia adentro para explorar los temores, las pesadillas, los sueños y las esperanzas de un niño, en una prosa más lírica y sencilla. El “trono” no es nada más que un refugio de Alfonso XIII –el niño con nombre pretencioso– para leer: la copa del árbol de naranjo de su patio, la letrina donde se escapa para disfrutar de su pasatiempo predilecto.

Fijándose en “la evolución literaria, intelectual y política” de Argueta y su maduración a lo largo de los años, el crítico australiano Roy C. Boland escribe: “Tras un principio como epígono hábil, sofisticado, extrañablemente salvadoreño, Manlio Argueta llega a convertirse en la voz comprometida que narra, canta y mantiene viva la gesta heroica del campesino salvadoreño, desde la época precolombina de lo que fue Cuscatlán hasta el cruento fratricidio de la última guerra civil”. “El valle de las hamacas”, solo el primero de una serie de textos que, en las palabras del mismo Argueta, es una novela larga sobre El Salvador (1994), cuyo propósito fue sacudir el país y crear un concierto entre el pueblo que se movilizaría en contra de las injusticias.

La profesora Kathryn Kelly ha notado cómo conviene la forma a la función: “La interrupción de su narrativa con diálogos y documentos, y el salto rápido de una escena a otra presentan una realidad más verídica que una simple descripción y narración de la vida salvadoreña moderna”. El caos del texto capta el caos de los tiempos.

De este modo Argueta hasta incorpora una carta del conquistador Pedro de Alvarado, en la cual el español se queja de la ferocidad de los pipiles, pueblo indígena de El Salvador. El texto nos dice que los salvadoreños tienen una noble historia de resistencia.

La segunda novela es “Caperucita en la Zona Roja” que, como “El valle de las hamacas”, surge del contexto de los sectores medios de la capital. Se sirve de las mismas características de la nueva narrativa para seguir denunciando los abusos de poder y para llamar la atención y despertar la conciencia popular. La novela es importante porque abre el campo a una variedad de actores en la ciudad; la participación de las mujeres en la resistencia es imprescindible, como la de los campesinos y el clero. El papel de la mujer es cada vez más importante en las novelas, es como otra manera de invertir el orden socio-político tradicional. El crítico Jack Zipes explica que la caperucita de Argueta tiene más agallas y es más lista que la protagonista pasiva del cuento de hadas de los Grimm, es más fiel a la caperucita de la tradición oral: “Es más directa, brava y hábil. Sabe servirse de su inteligencia para escaparse de las bestias”. Lo que a primera vista parece irreverente puede ser más irreverente que el original, porque valoriza a la mujer más que como un receptáculo pasivo de gracia divina. Las mujeres de “Caperucita en la Zona Roja” están comenzando a descubrir su vitalidad y su voz en el nuevo futuro de El Salvador.

Las mujeres siguen dominando el mundo de las dos novelas “testimoniales”, “Un día en la vida” y “Cuscatlán, donde bate la Mar del Sur”; pero vienen del campo en vez de la ciudad. Estos dos textos dan una visión más esperanzadora para El Salvador que las otras dos novelas anteriores (“El Valle” y “Caperucita”). Las mujeres de “Un día en la vida” deben “desaprender” (o perder) la costumbre de sumisión y resignación.

Como decíamos, los dos textos son mucho más accesibles al lector que “El Valle” y “Caperucita”. Una gran parte de su poder se encuentra en el discurso testimonial que organiza la estructura narrativa, una estructura narrativa más directa y aún lírica, menos vanguardista y experimental. Argueta ha explicado que no ha tenido que inventar ni imaginar mucho, ya que los mismos participantes le dieron sus historias de lucha. En muchos casos él las incluyó, palabra por palabra, en la novela.

Se ha considerado “Cuscatlán” como una continuación de “Un día”, aunque Argueta explica que su intención fue que fueran autónomas (Craft, Entrevista, 1992). En otra parte se ha escrito que un lirismo sencillo y directo y la incorporación de voces testimoniales e historia oral en “Cuscatlán” mantienen el acceso fácil ya establecido para el lector en “Un día”. La polifonía narrativa y las rupturas de tiempo y espacio colocan a “Cuscatlán” dentro de las corrientes de la nueva narrativa, lo suficiente para “democratizar” el texto, pero no para divertir la atención de la realidad salvadoreña a la gimnasia textual y lingüística (Craft, 1997).

De nuevo, varias generaciones de protagonistas-mujeres llenan la novela, pero el enfoque ahora cambia a los miembros de la Guardia Nacional. Pedro Martínez, el caporal que tortura a José en “Un día en la vida”, resulta ser el tío de la narradora-activista política Beatriz/Ticha. A veces, el texto explora la mente y los motivos de Pedro, siguiendo la conexión con su familia campesina a quien ahora maltrata como parte de sus responsabilidades “profesionales”. Mientras Pedro cree que su deuda a su sangre es la violencia (237-238), el texto nos dice algo distinto. Astvaldur Astvaldsson ha notado el llamado en “Cuscatlán” a un profundo cambio: la cultura de violencia engendrada por la guerra civil debe ser reemplazada por una cultura de paz. Un cambio bien difícil, pero necesario tanto para los izquierdistas como para los derechistas (611). Es el momento de poner fin a la mentalidad de “un ojo por un ojo” e iniciar la reconciliación. Ticha perdona a su tío Pedro en un acto de misericordia no merecida. Él tendrá que vivir con su conciencia, se está despertando poco a poco a su culpabilidad y a su lugar dentro de la familia.

Hasta cierto punto, las novelas más recientes de Argueta –las “dos novelas del desexilio” (Roy Boland)– han pasado más allá de la guerra civil y la función testimonial. Claro, una capa de violencia todavía subyace tanto en “Milagro de La Paz” (1994) así como en “Siglo de o(g)ro” (1997). Pero posiblemente, ya que puede gozar de una apertura política y cultural, Argueta ha cambiado de rumbo, dirigiéndose hacia adentro del universo más íntimo y psicológico de la niñez, a veces penetrando los sueños y las pesadillas de sus personajes en monólogos. Mientras las novelas de Argueta siempre han incluido elementos poéticos y rupturas narrativas —lo que resulta en alguna divagación alucinante—, “Milagro de La Paz” y “Siglo de o(g)ro” destacan más por el lirismo y el fluir de la conciencia y menos como “letras de emergencia”.

En “Milagro de La Paz”, Argueta sigue narrando las vidas de las mujeres y los niños de las provincias: aislados, pobres y desamparados. El cuento intercalado mágico-realista de la niña Lluvia le da un toque de misterio a la novela (Edward Hood), pero un miedo general a lo desconocido y al futuro sigue dominando las vidas de los personajes. Están obsesionados por los sonidos de la noche que oyen “como si estuvieran dentro de la casa”: “los perros coyotes”, “los seres desconocidos”, “los asesinos”, y “los hombres que se disfrazan de animales” (87). Argueta ha explicado que esta novela le permite un espacio espiritual para hacer las “evocaciones poéticas” y para hacer preguntas sobre el sacrificio, la inseguridad y la muerte (Craft, Entrevista 1995). De todos modos, no abandona completamente la política: las mujeres de “Milagro” siempre están conscientes de la presencia amenazante de los militares en su pueblo. Oficialmente están allá para “mantener la paz”, pero en realidad se convierten en quienes contribuyen al ambiente de inquietud. Edward W. Hood sugiere que el niño Juan Bautista “podría ser la conciencia del autor”. Se da cuenta de la ironía del título: “el milagro de la paz es que la paz, en un país donde reina la injusticia, puede ser tan violenta, o aún más violenta que la guerra que la precede” (125). Hood concluye, no obstante, que esta novela nos ofrece un rayo de esperanza. Los ecos del Ave María, himno a la mujer-madre en “Caperucita”, se repiten en “Cuscatlán” en el himno a la tortillera: “La tortillera es la reserva para que a nadie le falte la tortilla... La tortillera del poblado hace el pan de Dios. Es como el cadejo blanco... Es la mamá de todos los salvadoreños. Desde hace siglos es así. Es la Virgen María de los pobres”.

“Siglo de o(g)ro”, como “Milagro de La Paz” que lo precede, es una memoria ficcionalizada. Argueta se da el lujo de redescubrir sus raíces de poeta, explorando la imaginación y los sueños de su joven protagonista Alfonso XIII. La novela es una novela de aprendizaje (“bildungsroman”) en que Alfonso crece en un hogar pobre, rodeado por sus “madres”, gastándoles bromas a sus compañeros de clase y, lo más importante, leyendo todo lo que puede conseguir. Este niño de orígenes humildes se siente como el rey del mundo, entronizado en el naranjo de su patio con sus libros preferidos. Alfonso escandaliza a las mujeres cuando no quiere bajar para satisfacer las necesidades naturales. “Todo es posible concebir”, explica, “desde la fantasía y mi trono, incluyendo orinar y defecar con entera libertad. Pero nunca dejé el suelo sucio para que mis abuelas lo limpiaran” (182). Lo escatológico y el humor del baño, que nos recuerda a los “Cuentos de barro” de Salarrué, se entretejen con los pensamientos altivos y los discursos literarios del escritor en ciernes. “Destronado” por las madres, Alfonso tiene que buscar otro santuario y lo encuentra en la letrina, con más libros y más “mundos desconocidos”. En una entrevista con Hood, Argueta explica que iba a nombrar a esta novela como “El poder tras el trono”, pero que “el nombre no tiene mucho que ver con la novela”. A nuestro parecer, sí se puede justificar el primer título bajo la tesis de que el poder tras el trono es la literatura.

“Siglo de o(g)ro”, cuyo subtítulo es “Bionovela circular”, juega tanto con el tiempo lineal de la historia como con el tiempo circular del cuento de hadas para evocar los recuerdos nostálgicos de una niñez dorada porque estuvo llena de amor, cuentos y libros, pero completamente vacía de otras posesiones materiales. Aunque “Siglo de o(g)ro” es una tregua encantadora de las brutalidades del conflicto civil, la violencia no está lejos: los soldados patrullan las calles polvorientas cerca de su casa, las noticias del frente europeo de la Segunda Guerra Mundial llegan a Alfonso por medio de los periódicos y el horror del holocausto se empieza a revelar. Para Argueta, esta novela atestigua el poder de la literatura para seducir, levantar, transformar, rescatar y redimir. Un soldado se acerca a Alfonso una tarde para preguntarle que qué es lo que está haciendo en el estadio de fútbol: “Estoy leyendo,” contesta. “¿No tenés nada que hacer?”, demanda el soldado. Este no tiene la menor idea de los pensamientos nobles que están tomando forma en la mente del joven lector, ni la menor idea de la existencia de otro mundo. “Siglo de o(g)ro” propone una inversión de prioridades, un mundo donde las bibliotecas siempre estén llenas de libros, los alumnos reciban suficientes recursos para alimentar su curiosidad y su imaginación y que así el Gobierno no tenga que reclutar legiones de jóvenes alienados a las Fuerzas Armadas para controlar al pueblo.

“Siglo de o(g)ro” evoca el mundo de sueños del niño por medio de una variedad de estrategias, como la de servirse de expresiones y lenguaje popular de los cuentos que los salvadoreños oyen desde una edad temprana (“La Siguanaba”, “Chinchintora, la culebra”, “La gota del coral” y más). En muchos aspectos, Argueta está lejos de sus días como joven novelista, del que seguía las aventuras de los revolucionarios urbanos en textos abstrusos de la nueva narrativa.

Desde la hamaca de la ciudad al trono de la fantasía de un lector voraz del campo, desde el testimonio y el drama político adulto a los sueños líricos de la niñez, desde lo masculino a lo femenino, desde la rabia a la introspección y la esperanza, Manlio Argueta –más que cualquier otro autor– ha escrito la “gran novela salvadoreña”.

El hecho de que haya expandido su enfoque a los niños no nos debe sorprender. Consciente de que más de una quinta parte de los niños salvadoreños viven fuera de su país, ha estado trabajando recientemente para alcanzar a los jóvenes salvadoreños de la diáspora para que no pierdan las tradiciones orales ricas, ni las historias que han definido la identidad cultural del pueblo. Como director de la Biblioteca Nacional, Argueta está dedicado a la idea de que los libros, no las armas, tengan la última palabra.

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