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De la huella ecológica, el consumo y la falta de datos

Más tarde que temprano, uno se da cuenta que es parte del problema, aunque no pueda solucionarlo. Uno pone foquitos de LED en la casa y respira un poco más tranquilo. Pero no es suficiente.
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La primera vez que leí de la huella ecológica, pensaba que era algo bastante comunitario. Ya saben, la raza humana dejando su atroz huella. Por ejemplo, un artículo que leí hace cinco años de un estudio de Nature England calculaba que en los últimos 200 años de la era “humana” habían desaparecido 500 especies. ¡Qué terrible la especie humana! Dice uno, como si uno pudiera desprenderse de su propia humanidad.

Más tarde que temprano, uno se da cuenta que es parte del problema, aunque no pueda solucionarlo. Uno pone foquitos LED en la casa y respira un poco más tranquilo. Pero no es suficiente. En mis intentos por prescindir de mi cualidad humana, me centré en la industria alimentaria, la cual es atroz. Uno come y puede tomar decisiones a diario. Ya se nos olvidó “hijito, comete las verduras” y comer es ya una cuestión también de estatus. Hay que comerse una hamburguesa enorme con todo grande, porque me siento bien de pagarlo. Pero la industria cárnica es mucho más contaminante que otras, en términos de emisiones de CO2. Y no, hoy no mencionaré nada en términos de salud.

Hace poco más de cuatro años dejé de comer carne, luego pollo y así he ido disminuyendo consumo de cosas. Después de muchos encontronazos sociales (pero y ¿sí comés bien? ¿Y sí te llenás?), aquí sigo en esto. No, no cambio el mundo, pero sí me informo cada día más. Entre qué cosas uno puede comer para tener proteínas hasta evaluar todo el consumo que uno hace. Por ejemplo, eso de consumir local a lo mejor no es solo por ser hippie, quizás un poco nacionalista o por creer en el desarrollo hacia adentro. Es que a lo que consumimos debemos pegarle toda esa cantidad de combustible (que contamina) para que no los traigan a nuestro plato. Me sigue dando miedo mi huella ecológica, porque cada día me doy cuenta de tantas maneras en que contaminamos.

Estuve buscando qué poder decir de El Salvador y sus hábitos de consumo, así en macro. Algo que fuera más allá de una narcisista anécdota. Pero no se puede. No hay información de qué comemos y cómo comemos más o menos actualizada. No hay encuestas que nos hablen de nuestros hábitos alimenticios. A veces nos podemos acercar a esto a través de cuánto se gasta en esos hábitos. Pero tampoco, la última Encuesta Nacional de Ingreso y Gasto de los Hogares (ENIGH), que pudiera decirnos más o menos cómo El Salvador divide su presupuesto en comida, es la de 2005-2006. Ya ha pasado una década. Seguro me dirán que viene al ritmo de los censos. A lo mejor en la próxima foto del país seremos un poco más fotogénicos.

Deje usted a un lado mi perorata del medio ambiente, es muy útil, sí. Pero hay cosas apremiantes en El Salvador que se pudieran conocer con tener una actualización de la ENIGH. Por ejemplo, la ponderación de los índices de precios, con los que se miden muchas variables económicas, como la inflación. Haga un ejercicio de reflexión, ¿a dónde se le iba el dinero que gastaba en 2005 y a dónde ahora? Así es. Piense hoy ese cambio en grande, en más de 6 millones de habitantes. ¿Nos estamos midiendo bien?

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