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De viejos y nuevos cuentos políticos

El abuso del storytelling en las campañas electorales bien podría ser un nuevo recurso ideologizante, con tendencia a convertirse en envases carentes de ideas.
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No cabe duda de que el país, como nunca antes luego de los Acuerdos de Paz, se encuentra ávido de nuevas narrativas políticas, las cuales resultan imprescindibles para la revitalización de nuestra aún incipiente pero ya reumática y famélica democracia. 

Las narrativas políticas en la actualidad continúan profundamente determinadas por la televisión y sus formatos: espectacularidad, personalización y brevedad, entre otros. Y estos formatos a su vez son propicios para narrativas más centradas en un personaje (el candidato, el presidente) y menos relacionadas con la ideología, la institucionalidad y las propuestas. Propiciando así una fuerte personalización de las narrativas políticas.  

Por su parte, el descrédito de los partidos políticos, la sensación de infructuosidad que generan sus debates en buena parte de la población, así como los lenguajes especializados o innecesariamente complicados por medio de los que se comunican los órganos e instituciones de Gobierno propician la exitosa irrupción de narrativas políticas altamente simplificantes de las complejas realidades sociales. 

Estas narrativas suelen decantarse por la verosimilitud antes que por la solidez y fundamentación de las propuestas y los planteamientos políticos, haciendo más importante el nombre, el eslogan o la extravagancia misma de una propuesta, antes  que el desarrollo de esta. En ese sentido, el vaciamiento programático de las campañas electorales es cada vez mayor, generando una oferta política con muchas historias y sonrisas pero con pocas ideas. 

Al hablar de vaciamiento programático no me refiero una excesiva racionalización de las propuestas políticas, sino a narrativas que llamen a la interacción y al involucramiento ciudadano para una discusión política más permanente sobre sus problemáticas, es decir, una participación más consciente y constante, que vaya más allá del reducido acto de votar.

Tampoco se trata de plantear una falsa dicotomía entre movilizar las emociones o apelar a la razón, teniendo que apostar por una de ambas en la construcción de narrativas políticas. Al contrario, se trata precisamente de impregnarlas correctamente de ambas, pues una comunicación que no logra comprender ni movilizar el sentir ciudadano es estéril, pero también una narrativa vacía de contenido es alienante.     

No es casual que al estudiar las campañas electorales de diferentes países nos encontremos con spots y lemas bastante similares, en algunas ocasiones rayando con el plagio. Esto es resultado de las mismas recetas de un reducido y costoso grupo de gurús del storytelling mundial, vendiendo una y otra vez la misma novela –muchas veces mala- con diferentes actores, pero usualmente efectiva para lograr los objetivos electorales. 

El abuso del storytelling en las campañas electorales bien podría ser un nuevo recurso ideologizante, con tendencia a convertirse en envases carentes de ideas. No es su efectividad electoral la que se encuentra en tela de juicio, sino su aporte en la construcción de sociedades más democráticas, así como su capacidad de poner a la población en sintonía con la acción política y de brindarle un genuino sentido de pertenencia política. 

Las nuevas narrativas políticas que surjan o deban surgir en el país deben cuestionar la vacuidad de las narrativas que actualmente dominan, y para ello deben ser concebidas y estudiadas más allá de la persuasión y la movilización electoral, entendiéndolas como procesos comunicativos por medio de los cuales se construye comunidad política, propiciando una relación más fluida, cercana y democrática entre los representantes y sus representados. 

En ese sentido, los nuevos liderazgos políticos deben contribuir a la construcción de narrativas para la transformación social del país, superando la fórmula cortoplacista del storytelling que ha dominado los procesos políticos de la posguerra, cuyo principio y fin fueron siempre las próximas elecciones. 

Si no lo hacen así, están condenados a ser nuevos personajes de viejos y apestados cuentos políticos. Si lo que pretenden es solo ser candidatos para llegar a un puesto, bastará con que nos cuenten uno de los siempre infalibles cuentos de vaqueros. Pero si lo que quieren es dejar un legado, entonces es importante comenzar a escribir nuevos relatos, usando el ejemplo como su principal metáfora y tinta. 

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