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De volcanes en cerros

Uno piensa que ha logrado desligarse de su tierra, o lo intenta, para el día a día. Y termina uno viendo volcanes donde no los hay.
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OPINIÓN (Desde allá) México

Copilco 503

*Escritora y economista salvadoreña radicada en México, D. F.

Han pasado casi tres semanas de un muy breve viaje que hice a Monterrey, la capital del estado de Nuevo León. Monterrey es una ciudad industrial que de alguna manera se me hacía muy familiar. No era solo su diseño de vialidad exclusivo para gente que se transporta en automóvil ni la idea de la plaza o mall como centro de recreación, ni siquiera era el exceso de franquicias para comer. Esas cosas que me recordaban también un poco a San Salvador.

Tampoco era el clima un poco más cálido que el de la ciudad de México. Ni siquiera sus casas con algún acabado parecido. Ni aun su puesto 43 entre las ciudades más violentas del mundo (San Salvador está en el cercano puesto 40, según el último informe del Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y la Justicia Penal, publicado en la segunda semana de febrero).

Me seguía intrigando que esa ciudad industrial, que se duerme en horario laboral (las calles se vacían de 9 de la mañana a 6 de la tarde), que en cada esquina mantiene una parrilla con carne asada, que posee dos pequeñas líneas de metro y está situada a un viaje de cuatro horas en autobús de Estados Unidos, me recordaba tanto a San Salvador. Esa ciudad muy poblada, capital de un país que mantiene a más de dos millones de salvadoreños en Los Ángeles, pero que está a muchos kilómetros de ahí. San Salvador fue esa única ciudad para mí durante 24 años, porque nunca salí de ella. Y había algo en ese lugar lejano regiomontano que me daba la sensación de estar en casa.

Me di cuenta después, luego de haber regresado al Distrito Federal. La vuelta a la ciudad llena de edificios, donde la mirada se hace corta, porque siempre hay mucho que ver. Edificios llenos de gentes, túneles subterráneos llenos de personas y el movimiento constante.

Era una cosa sencilla y no tan sencilla: el paisaje. La omnipresencia del emblemático cerro de La Silla que me recordaba al señor volcán de San Salvador. El cerro de La Silla tiene cuatro picos (Antena, Norte, Sur y La Virgen) y parece una silla de montar por la forma entre ellos. Y no es casual mi paralelismo: está visible desde cualquier punto de la ciudad y está a una altura similar que el volcán de San Salvador (ambos están casi a 2000 metros sobre el nivel del mar). Y vigila la cotidianidad de la segunda urbe mexicana.

Me da la impresión de que las montañas son ese ahínco de lo que permanece. Y no es la primera vez que busco entre todas las montañas a mis montañas. Siempre ando buscando la casa. Uno piensa que ha logrado desligarse de su tierra, o lo intenta, para el día a día. Y termina uno viendo volcanes donde no los hay. Esperando que la omnipresencia esa de ser sansalvadoreño lo persiga a uno en la sombra de lo que es. Esa vigilancia de la consciencia de lo que siempre ha sido y no se mueve; la idea de fondo, el paisaje diario.

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