Dios te salve, patria sagrada

¿Será que nuestra capacidad de proponer se maltrata debido al aire venenoso que respiramos? “El aire tiene un valor inestimable para el piel roja ya que todos los seres comparten un mismo aliento”.
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Escribiviendo

A lo largo de nuestra historia hemos tenido dos enemigos apocalípticos: nosotros mismos y los desastres naturales, aunque estos últimos son también producto de descuido humano. Tal es el caso de la depredación y del vandalismo ambiental que culmina en desastres con repercusiones ya planetarias. Somos los animales racionales que, con la modernidad, ganamos la medalla al mérito por un posible caos de la naturaleza, aunque algunos ven esto como cuento de miedo, incluyendo los que más depredan el planeta. Es la humanidad quien debe reflexionar sobre el destino de esa arenisca como azul que se desplaza como joya por la galaxia.

En ese marco leamos lo que dijo en una carta del jefe indio Seattle al presidente de Estados Unidos: “Cada parcela de esta tierra es sagrada para mi pueblo, cada brillante mata de pino, cada grano de arena en las playas, cada gota de rocío en los bosques, cada altozano y hasta el sonido de cada insecto es sagrado a la memoria y al pasado de mi pueblo”. Y nos recuerda que el Dios de unos es Dios de todos.

La inteligencia racional nos dice que debemos destruir lo que se desprecia. La inteligencia emocional diría otra cosa. Me pregunto lo que hubiera pasado si Alemania después de ver sus ciudades destrozadas no hubiera cultivado la mística de reconstruir la nación; igual los japoneses. Nosotros nos descuidamos, y a cuatro años de haberse firmado la paz alcanzamos un promedio anual de cuatro mil homicidios. Y no es porque no se haya invertido en combatir la violencia. Pero se creyó que la temática no necesitaba abordarse con logística represiva, o construyendo prisiones, o reformando leyes que dada la impunidad se aplica según el cristal precioso con que se mira. Nos faltó consolidar cultura y educación con vista al futuro. Nuestra indiferencia, o impotencia, participativa no permitió ver hacia dónde íbamos, o queríamos ir.

Pero aterricemos en la ciudad amada: la basura es símbolo de humillación y abandono. Esto a su vez atrae vandalismo, es vandalismo, una forma de violencia porque esta no es solo lesión física. Y nos consolamos con hacer estadísticas. Los muertos se contabilizan y la conciencia olvida. Mientras la ciudad permanece trágica sobreviviendo con dignidad y paciencia. Me dice un historiador español: “Lo que más disfruto de San Salvador es su Centro Histórico porque observo su belleza con otros ojos”. Claro, hay cosas que no gustan. Esto puede ser asunto de gusto o de indiferencia.

Hagamos algo entonces, aunque pasemos por tercos. Hacer algo, lo sabemos. Nos deprimimos, nos enfermamos. En miles de “troleadas” diarias nos recreamos leyendo resentimientos, sadismo, ira, violencia gratuita, insultos como desahogo natural. Una caída sin fin. Al no tener alternativa acudimos a la palabra hiriente. ¿Será que nuestra capacidad de proponer se maltrata debido al aire venenoso que respiramos? “El aire tiene un valor inestimable para el piel roja ya que todos los seres comparten un mismo aliento, la bestia, el árbol, el hombre, todos respiramos el mismo aire”, dice el jefe Seattle. El mismo veneno en las ciudades.

A diferencia del delincuente con armas de agresión inmediata, el gas venenoso receta muerte a pausas. Y la ciudad sufre desamparada. Y el único camino es el desahogo violento. Y como reflejo defensivo destrozamos San Salvador en dos ciudades; aunque para el gobierno local y para el Estado es una sola. No logramos apropiarnos de la idea que la ciudad moderna y la marginada contribuyen a la economía nacional. La ciudad histórica y la moderna se complementan para crear entre ambas riqueza material y espiritual.

El aporte del marginado tiene calidad si tomamos en cuenta que este se defiende sin apoyos, y son casi la mitad de los habitantes de San Salvador. Ellos corren un riesgo cotidiano, se exponen porque no tienen guardaespaldas, ni autos blindados, ni casas electrificadas, la que vende frutas en un canasto, los que arrastran una carretilla ofreciendo almuerzos, los que comercializan artículos piratas o baratijas asiáticas. Centavo por centavo hacen circular millones.

Solo se acuerdan de ellos para la foto, porque también rinden réditos políticos.

Toda esta argumentación es para volver a la importancia de rescatar el Centro Histórico. No por acuerdo o deseo, porque la Magdalena no está para cafetanes, pero sí como visión de mediano plazo. Claro, vamos a necesitar sinergias, apoyo internacional, voluntad política y, sobre todo, como decían los antiguos griegos, esforzarnos para que “quienes gobiernan sean las personas más inteligentes”.

La inteligencia en el manejo del Estado permitirá menos humillación social. Porque desde el poder se tiene iniciativa de ley y todos los medios a su alcance. Y si bien todos somos responsables de las irresponsabilidades, es el político quien debe pelearse con la imaginación y la creatividad para alcanzar lo que la ciudadanía sin distinción está soñando hacer de la ciudad un refugio educativo y cultural. Nadie se enojará con estos cambios, porque la “ciudad es la casa de todos”, como decía nuestra narrador Álvaro Menen Desleal.

Mucho de lo antes plateado pareciera una entelequia (imaginación); pero el poder no debe marginarse de esta, sobre todo soñamos con seguridad ciudadana y prevención del delito. Ahora que tenemos consejerías del señor Giuliani sería bueno plantearle las realidades que desconoce si queremos un mejor aprovechamiento de sus experiencias.

Lo expuesto significa cambios de paradigmas, conciencia solidaria, no caer en la política del coyol quebrado, coyol comido, llegar al fondo del problema. Es costoso, claro, pero resulta perdurable. No conformarnos con los discursos que conocemos en estos veintitrés años de paz bélica (solo entre 1994, 95 y 96, tuvimos 78,383 delitos contra la vida, datos de la Fiscalía). Cada período electoral escuchamos la misma canción, pues se considera redituable ganar posiciones con promesas. Comparemos sino esas cifras veinte años después. Difícil prevenir.

Pero en este caso, todos y todas somos ellos para ganar conciencia y exigir sinergia social, solo posible si educamos para la vida, para no seguir en la aritmética fatal de contar cadáveres

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